Beatos Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas

Jesús dijo: ¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo?
Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas.
Dijo también: ¿Con qué podré comparar el Reino de Dios? Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa. ​


Con esta parábola Lucas ilustra el modo que Jesús va viviendo la experiencia de Dios como Padre y la forma como esa experiencia debe ir enraizando en cada persona y en cada sociedad.

El reino glorioso de los últimos tiempos comienza, ya desde ahora, en la humildad de los corazones de los creyentes. Las dos imágenes de la mostaza y la levadura se complementan para darnos una idea del dinamismo de crecimiento y de trasformación del reinado de Dios.  

En la minúscula semilla de mostaza se encierra algo inmensamente grande. Dios sabe valorar la dimensión de lo pequeño frente a la mentalidad del tiempo de Jesús donde solo contaba lo grande y poderoso, y esta mentalidad se había convertido en la medida de todo juicio. Jesús reacciona contra ese modo de ver la vida, de aquel tiempo y de nuestra actualidad, y en esta bella parábola nos describe otra realidad.   
De una minúscula semilla brota la vida más exuberante: un árbol que crece y da cobijo a otros seres, adonde “vienen las aves del cielo y anidan en sus ramas”.
Por eso miremos desde lo pequeño de nuestra vida la grandeza y el poder.

El relato que me hacen de todo el bien que se realiza en nuestras escuelas me llena de una dulce alegría, es para nosotros un nuevo motivo para esperar que esta obra crecerá como el grano de mostaza del evangelio, que se convirtió en un gran árbol. Pero es necesario un poco de paciencia y saber esperar los momentos de Dios. (Al H. Arturo, 2 de abril de 1843)

Como un grano de mostaza
que se siembra con amor,
es pequeña la semilla,
pero encierra al Creador.

Va creciendo poco a poco,
sin hacer ningún rumor,
hasta abrir sus ramas fuertes
para dar vida y calor.

Crece, Reino de Dios,
crece en nuestro corazón.
Haz de nuestra vida
tierra buena para Ti.
Crece, Reino de Dios,
como trigo bajo el sol.
Que el mundo descubra
tu presencia y tu Amor.

Como el pan que se transforma
por la fuerza del fermento,
así cambia nuestras vidas
tu Palabra y tu Evangelio.

Haz de nosotros levadura,
haznos signo de unidad.
Que anunciemos con la vida
tu justicia y tu verdad.

Crece, Reino de Dios,
crece en nuestro corazón.
Haz de nuestra vida
tierra buena para Ti.
Crece, Reino de Dios,
como trigo bajo el sol.
Que el mundo descubra
tu presencia y tu Amor.

Tu Reino no hace ruido,
pero nunca deja de crecer.
Donde hay fe,
donde hay esperanza,
donde hay amor,
allí estás Tú.

Crece, Reino de Dios,
crece en nuestro corazón.
Haznos luz del mundo,
sal y bendición.
Crece, Reino de Dios,
hasta la eternidad.
Toda nuestra vida
te quiere anunciar.


El beato Pedro Ortiz de Zárate fue un sacerdote jujeño y misionero, conocido como uno de los mártires del Zenta.
Nació en San Salvador de Jujuy, en una familia acomodada. De joven se casó con Petronila de Ibarra y tuvo dos hijos; también desempeñó cargos públicos, entre ellos el de alcalde. Al enviudar, dejó a sus hijos al cuidado de su abuela materna y siguió su vocación sacerdotal. Fue ordenado hacia 1657.
Durante muchos años sirvió como párroco en Jujuy. Se destacó por su vida de oración, la atención a los pobres y enfermos y la defensa de los indígenas frente a las injusticias. Recorría grandes distancias para atender a las comunidades y utilizaba sus propios bienes para construir capillas y sostener la evangelización.

El beato Juan Antonio Solinas fue un sacerdote jesuita y misionero italiano. Nació en 1643 en Oliena, en la isla de Cerdeña. A los veinte años ingresó en la Compañía de Jesús. Durante su formación manifestó el deseo de anunciar el Evangelio a los pueblos indígenas de América. Fue ordenado sacerdote en 1673, en Sevilla, y al año siguiente emprendió el viaje hacia el actual territorio argentino.
Pasó por Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe, y trabajó en las misiones de Itapúa y Santa Ana, en Paraguay. Se distinguió por su caridad hacia los indígenas y por su dedicación a la evangelización.
En 1683 se unió a Pedro Ortiz de Zárate para llevar adelante una misión en el Chaco. El 27 de octubre, después de celebrar la misa, ambos sacerdotes y dieciocho laicos fueron asesinados en el valle del Zenta, en el actual territorio salteño.
La Iglesia reconoció que murieron como mártires de la fe. Fueron beatificados el 2 de julio de 2022, en San Ramón de la Nueva Orán.