Santos Judas y Simón – San Rodrigo Aguilar

En esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Al bajar con ellos se detuvo en una llanura.
Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades.
Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados.
Y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Antes de llamar, Jesús ora. Al amanecer, Jesús llama a doce por su nombre. Cada uno tiene una personalidad, un pasado, capacidades y límites. Entre los elegidos hay hombres muy diferentes. Aprender a vivir juntos también sería parte de su misión. Tendrán que escucharse, superar prejuicios y descubrir que el llamado compartido es más profundo que sus diferencias.

También nuestras comunidades crecen cuando cada uno encuentra un lugar y aprende a reconocer al otro en sus dones y en sus fragilidades. Todos tenemos algo valioso para ofrecer y algo en lo que necesitamos ayuda. Pedir perfección es iluso y, muchas veces, termina por desgastar los vínculos: nos acostumbramos a señalar lo que falta y dejamos de agradecer lo que cada uno aporta.

El gran desafío es construir comunidad y llevar adelante proyectos con las personas concretas que somos. Esto exige descubrir las cualidades de cada uno, darles espacio para desarrollarse y procurar que sus limitaciones encuentren apoyo y posibilidades de mejora. Cuando aprendemos a complementarnos, lo que uno no puede hacer solo se vuelve posible entre todos.

Esta es una tarea fundamental de quien anima o lidera una comunidad: conocer a las personas, reconocer sus capacidades y confiarles responsabilidades que puedan asumir y desarrollar. También le corresponde limar asperezas, facilitar el diálogo, corregir con respeto y evitar que las diferencias se conviertan en enfrentamientos. Para eso necesita paciencia y una mirada capaz de descubrir posibilidades incluso donde otros sólo ven dificultades.

Aceptar las fragilidades también exige discernimiento. Hay limitaciones que debemos acompañar con paciencia y conductas que necesitan una corrección clara porque dañan a los demás. La comprensión debe ir unida a la responsabilidad: cada uno está llamado a ofrecer lo mejor de sí y a trabajar aquello que dificulta la convivencia. Quien conduce también tiene que reconocer sus propios límites, escuchar y dejarse ayudar.

La presencia de Judas Iscariote nos enfrenta al misterio de la libertad. Haber sido llamado y haber estado cerca de Jesús no asegura la fidelidad. El amor recibido necesita una respuesta que se renueva cada día. Todos debemos cuidar el corazón, revisar nuestras motivaciones y volver al Señor cuando nos alejamos.

Este Evangelio nos deja una certeza esperanzadora: Jesús cuenta con personas frágiles para llevar adelante su obra. También cuenta con nosotros. Nos llama por nuestro nombre, nos invita a estar con él y nos envía a acompañar, servir y despertar esperanza.

Sería absurdo esperar que en un gran grupo de hombres no haya nunca enfermos. No lo sería menos el suponer que en una Congregación no existan caracteres difíciles, a pesar de las precauciones tomadas para elegir a los sujetos que entran en ella. (Sermón 674. Espíritu de la Congregación)

Cristo te llama, nos llama,
te envía, te pide
que no le aflojés.

Cristo necesita mis manos
para dar un abrazo
al pobre de hoy.

Cristo necesita mis labios
para dar testimonio
que Él vive aquí.

Cristo necesita mis brazos
para dar un abrazo
al joven de hoy.

Cristo necesita de un joven
que entregue su vida
hasta darla por Él.


San Simón y san Judas Tadeo fueron dos de los doce apóstoles de Jesús. La Iglesia los celebra juntos. Sabemos poco de sus vidas, pero sus figuras nos dejan un mensaje valioso.
Simón, llamado el Zelote o el Cananeo, no debe confundirse con Simón Pedro. Su sobrenombre expresa celo o fervor religioso; podría indicar una vinculación con las corrientes que buscaban la liberación de Israel, aunque no podemos asegurarlo. Es significativo que Jesús lo llamara a compartir la vida con Mateo, que había sido recaudador de impuestos: personas de ambientes muy distintos pudieron formar una comunidad alrededor del mismo Maestro.
Judas Tadeo tampoco debe confundirse con Judas Iscariote. En la Última Cena interviene preguntando por qué Jesús se manifestará a sus discípulos y no al mundo. La respuesta de Jesús lo conduce al corazón de la fe: quien lo ama y guarda su palabra recibe la presencia del Padre y del Hijo en su vida (Jn 14,22-23). A Judas se le atribuye tradicionalmente la breve carta del Nuevo Testamento que lleva su nombre.
La tradición sostiene que ambos anunciaron el Evangelio en Persia y murieron mártires, aunque los detalles históricos son inciertos. Judas Tadeo es especialmente querido en la devoción popular como intercesor en las causas difíciles.

San Rodrigo Aguilar Alemán fue un sacerdote y mártir mexicano. Nació en Sayula, Jalisco, el 13 de marzo de 1875. Fue párroco de Unión de Tula y se destacó por su sensibilidad de poeta y su profunda devoción a la Virgen de Guadalupe.
Durante la persecución religiosa en México tuvo que abandonar su parroquia y refugiarse en Ejutla, donde finalmente fue detenido por las tropas federales. El 28 de octubre de 1927, a los 52 años, fue llevado a la plaza de Ejutla para ser ahorcado en un árbol de mango. Sus verdugos lo sometieron repetidamente al suplicio y le preguntaron quién vivía. Él mantuvo hasta el final su profesión de fe: «¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!» Fue canonizado por san Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000, junto con san Cristóbal Magallanes y sus compañeros mártires mexicanos.