Beato Miguel Rúa

Se acercaron a Jesús algunos fariseos que le dijeron: Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte.
Él les respondió: Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!
¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía.
Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el viene en nombre del Señor!

Jesús sigue su camino a pesar de la amenaza. Sabe que su misión tiene riesgos, pero no deja que el miedo decida por él. Tiene una misión que cumplir dada por el Padre y la llevará adelante.
También nosotros encontramos situaciones que nos tientan a retroceder: una crítica, una oposición, el cansancio, la sensación de que nuestros esfuerzos no son valorados. Es necesario discernir cómo actuar y cuidarnos, pero sin renunciar al bien que podemos hacer.

Después, las palabras de Jesús se vuelven un lamento lleno de ternura: «¡Jerusalén, Jerusalén!». Habla desde el dolor de quien ama y encuentra cerradas las puertas. La imagen de la gallina que reúne a sus pollitos muestra cuánto desea Dios acercarnos, protegernos y hacernos sentir en casa. Dios quiere reunir, cobijar, dar vida. Y, sin embargo, escucha el rechazo: «Tú no quisiste». Su amor se ofrece sin imponerse; espera nuestra respuesta.

Podemos preguntarnos cuántas veces deseamos que Dios nos ayude, pero nos resistimos a dejarnos conducir por él. Pedimos paz y alimentamos resentimientos; pedimos comunidad y nos encerramos en nuestras razones; pedimos que las cosas cambien, pero nos cuesta revisar nuestras actitudes.

«La casa les quedará vacía» es una advertencia que nos toca muy de cerca. Revisemos nuestra vida para ver qué hace que nuestras comunidades se vacíen de sentido, de jóvenes, de gratuidad para llevar adelante la misión.

¡Qué pocos son los que desean sincera y ardientemente la propagación de la fe, la extinción de los errores, la sumisión de los espíritus soberbios e indómitos, la renovación de la piedad, la conversión de los pueblos! Normalmente somos fríos e indiferentes sobre todo esto, o por lo menos lo vemos con indiferente curiosidad. ¿Qué digo yo? Nos preocupamos mucho más por un pequeño acontecimiento familiar, por una discusión parroquial, por los rumores de la ciudad, que por la suerte que corre la religión y sus combates. Igualmente ignoramos lo que sus enemigos hacen contra ella y lo que se podría hacer para defenderla, por extender su reino, acelerar su éxito, por detener el curso de los escándalos que la asolan; no nos molestamos siquiera en informarnos, y frecuentemente hemos visto, con profundo dolor, que los sacerdotes tienen menos celo por hacer el bien o remediar el mal que los simples laicos. (A los novicios de la Congregación de S. Méen)


Sígueme, soy el camino