Solemnidad de todos los santos y santas

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban a Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de todos los santos y santas. Los santos o santas más significativos, populares, con una fuerte incidencia en la Iglesia y en la humanidad de todos los tiempos tienen un día en particular. Hoy es el día de ellos y de esos otros santos más hogareños, menos trascendentes, poco populares. Hoy la Iglesia se viste de fiesta, pues celebra el triunfo de Cristo en cada uno de ellos.

La encíclica Gaudete et Exsulate nos dice:
“Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo con las bienaventuranzas. Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ‘¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?’, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas.
La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha.
Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo”. (n° 63-65)


Las ocho Bienaventuranzas forman una solemne apertura del ‘Sermón de la Montaña’. En ellas Jesús define quien puede ser considerado bienaventurado, quien puede entrar en el Reino. Son ochos puertas que la Comunidad tiene para entrar en el Reino. ¡No hay otras! Quien quiere entrar en el Reino tendrá que hacerlo por una de ellas.

Cada vez que en la Biblia se intenta renovar la Alianza, se empieza estableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Sin esto, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían los profetas, así hace Jesús. En las bienaventuranzas, anuncia al pueblo el nuevo proyecto de Dios que acoge a los pobres y a los excluidos. Denuncia el sistema que ha excluido a los pobres y que persigue a los que luchan por la justicia.
La primera bienaventuranza de los ‘pobres en espíritu’ y la última de los ‘perseguidos por causa de la justicia’ reciben la misma promesa. Y la reciben desde ahora, en el presente, pues Jesús dice ‘¡de ellos es el Reino!’.
Entre la primera y la última bienaventuranza, hay tres grupos de personas que reciben la promesa del Reino. En estos tres dúos se refleja un nuevo estilo de relaciones: con los bienes materiales (1er dúo); con las personas entre sí (2º dúo); con Dios (3er dúo).

La comunidad cristiana debe ser una muestra de este Reino, un lugar donde el Reino empieza a tomar forma desde ahora. El reino no es algo futuro. Acontece aquí y ahora. Y hoy celebramos la memoria de muchísimos santos porque vivieron durante su peregrinar en la tierra el estilo de relaciones propuesto por Jesús en las bienaventuranzas. Y hoy la Iglesia nos las trae a la memoria afectiva de todos sus hijos e hijas, que quieren anhelan vivir según ese ideal.

En esta línea la encíclica Gaudete et exsultate nos dice: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (n° 7)

Jesús y el pueblo:
El proyecto político de Jesús en el verdadero sentido de la palabra es poner a los pobres y excluidos en el centro y desde allí articular todas las respuestas porque para Dios son los predilectos. No hay alianza posible, no hay paz posible, no hay humanidad posible, al margen de ellos. Y los santos supieron volcar su vida al servicio del ‘más pequeño de sus hermanos’.
Yo, ¿hacia quiénes me estoy volcando?


Si interrogo a los sabios de este mundo y les pregunto qué debo hacer para ser feliz, los unos me invitarán a buscar los bienes presentes, a saborear las flores de la estación, a cubrirme de perfume y a coronarme de rosas antes de que se marchiten.Los otros me asegurarán que el camino de los honores y de las riquezas, es el único que conduce a la felicidad. Otros me aconsejarán que tome a la indiferencia por compañera, si quiero atravesar sin inquietudes ni turbaciones el mundo y sus ilusiones. Pero ninguno, ni uno sólo me dice: ¡bienaventurados los que lloran! Esto sólo te pertenece a ti, Señor, hablar así y hacernos encontrar la alegría en lo más profundo del dolor; sólo tú puedes enseñarnos a ver en las privaciones más penosas, en nuestras mayores penas, la preciosa seguridad de nuestra futura felicidad. (Sermón sobre el sufrimiento, S. VI 1981-82)

Felices aquellos, los de puro corazón,
los que en cada mañana te sonríen con pasión
y te dicen, mirándote con gozo:
«Tenga usted un día hermoso
más amable, más dichoso».

Felices los de limpio mirar,
que no saben de envidias,
los de nunca condenar,
los que nunca te cargan de tristeza
ni te enrostran tu pobreza,
que conocen tu belleza.

Felices los que nunca descansan
en la lucha por la paz,
una paz verdadera, de justicia y libertad;
los que entregan su vida sin medida
por un mundo sin heridas,
sean felices cada día.

Felices los que buscan verdad,
los que luchan por dar
a cada hombre dignidad;
los que al miedo salvaje dan derrota,
dan su sangre gota a gota
y en la tierra son semilla que brota.

Felices los que dicen: «hermano»
con nobleza y sin doblez;
los que saben que el barro
se ha pegado a nuestros pies;
que conocen la pena más profunda,
la alegría donde abunda
y la entrega más fecunda.

Felices los que olvidan tu error
y te saben distinto
y te abrazan sin rencor,
porque ven que tu corazón palpita,
que en tu alma siempre habita
algún sueño que se agita.

Felices los que saben sufrir junto
a tu lado en el dolor
y te dan una mano
que te aprieta con calor;
los que nunca se ríen de tu llanto,
porque sólo un nuevo canto
es su alegría y su encanto.

Felices
los de gran corazón,
que comparten la vida,
regalando un nuevo don;
Y te dan de su pan
y te dan de beber
y a su mesa te sientan
y te llaman hermano.