San León Magno

Jesús dijo a sus discípulos: Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado.
Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: «Ven pronto y siéntate a la mesa»?
¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después»?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».

En el evangelio de hoy Jesús nos muestra un camino más profundo de conocimiento propio: el saber que estamos para servir. La llamada universal a la santidad consiste en identificarnos con Jesús y no debemos olvidar que “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.
Si somos conscientes de que estamos para servir, al llegar el final del día y ver que hemos ayudado y estado a disposición de las necesidades de los demás, podremos concluir en lo que Jesús nos dice “Somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”.

El ser cristiano implica aprender del Señor, procurar seguir su ejemplo, él va por delante enseñándonos el servicio. Luego de lavar los pies a los doce apóstoles les dice “les he dado ejemplo para que, como yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan”.
El ejemplo de Jesús nos puede iluminar para entender la vida como servicio, vivir para amar, y amar para servir. Podemos imitar a Jesús y servir en mil detalles concretos que hacen la vida agradable a las personas con las que convivimos. Desde el cumplimiento cuidadoso y detallado de nuestro trabajo a rezar por quienes lo necesitan.


La salvación de un hermano, como la de un sacerdote, está ligada a los demás; cuando al final de nuestros días, estemos allí, delante del supremo tribunal, ¿cuál serán nuestras excusas si vemos caer al infierno una sola alma que hubiéramos podido salvar por nuestros caritativos cuidados y por el esfuerzo de nuestro celo? ¿Qué vamos a responder cuando esos desgraciados nos digan: Dios te había encargado instruirme y me has dejado en la ignorancia; te había encargado socorrerme en mi miseria y has sido sordo a mis gritos; viles motivos de interés, placer, orgullo o ambición te han alejado de mí cuando pedía tu ayuda y tu compasión, tú debías alimentarme y no lo has hecho; por lo tanto, tú me has matado; mi condenación es tu obra? (Retiro a los hermanos)

Un nuevo día nos llama al encuentro;
en nuestra casa hay brazos abiertos.

Sonrisas atentas, latidos cercanos,
miradas fraternas: Dios solo en los lazos.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu para servir y amar.

Su viento nos mueve a amar al hermano;
sirviendo a su modo, se enciende el milagro.

En cada paso forjamos caminos;
en pequeños gestos hay un fuego vivo.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Seguiremos a Jesús, viviendo como hermanos;
un pueblo que camina y escucha su llamado.


San León Magno fue papa en el siglo V y uno de los grandes defensores de la fe y de la unidad de la Iglesia. Nació hacia el año 400, probablemente en Toscana, Italia. Siendo diácono en Roma, se destacó por su preparación, su prudencia y su capacidad para resolver conflictos. Fue elegido papa en el año 440, en una época marcada por las controversias religiosas y la desintegración del Imperio romano de Occidente.
Su enseñanza se centró especialmente en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Fue un pastor atento a las necesidades de su pueblo. Promovió la ayuda a los pobres, insistió en la limosna y recordó que el ayuno debía ir acompañado de misericordia y de una vida coherente con el Evangelio. Sus sermones muestran una fe profunda y una gran capacidad para comunicarla.
Uno de los episodios más conocidos de su vida ocurrió en el año 452, cuando participó en una delegación que se encontró con Atila, rey de los hunos, para pedirle que abandonara la invasión de Italia. Atila se retiró.
En el año 455, cuando los vándalos de Genserico llegaron a Roma, León salió nuevamente a negociar. No pudo impedir el saqueo, pero, según la tradición histórica, logró moderar la violencia y evitar que la ciudad fuera incendiada.
Murió el 10 de noviembre de 461. Por la importancia de su enseñanza y la firmeza de su servicio recibió el título de «Magno», es decir, «Grande». En 1754 fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIV.