San Martín de Tours

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pesaba a través de Samaría y Galilea.
Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Al verlos, Jesús les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes. Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: ¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? Y agregó: Levántate y vete, tu fe te ha salvado.


Los diez supieron pedir, pero sólo uno volvió para agradecer. Jesús se muestra extrañado porque sólo uno, que era extranjero, le dio las gracias.
A nosotros nos puede pasar que buscamos a Dios cuando una dificultad nos angustia, cuando hay una enfermedad, un accidente, etc. Pero ¿nos acordamos de agradecer cuando todo se soluciona?
Este hecho nos enseña a detenernos, reconocer el bien recibido y volver a su fuente. No sólo a Dios, también a quienes nos dan una mano en el camino.

Otro hecho remarcable de este relato es que todos confían en la palabra de Jesús y se van sin tener certezas de ser curados. Confían en su palabra, no esperan ver enseguida el fruto de su esperanza. Y en el camino quedan curados.
¿Es así nuestra confianza en el Señor? ¿O somos con Tomás, si no vemos no creemos?

Tengamos una fe agradecida por todos los bienes recibidos en nuestra vida, por los que vemos y por los que no nos damos cuenta que están presentes.


Cuando recibieron esa gracia, no estaban en condiciones de conocer el valor ni de agradecer al autor. Sintieron el efecto de la misericordia de Dios antes de que pudieran desearla. Pero hoy que conocen ese inefable don, muestren a Dios toda su gratitud, renovando con su propia boca y con la elección de su voluntad, los votos que sus padrinos han hecho por ustedes en su nombre. (Renovación promesas del bautismo)


San Martín de Tours nació hacia el año 316, en la actual Hungría, y creció en Italia. Su padre era militar y, siendo joven, Martín ingresó en el ejército romano, aunque ya se sentía atraído por la fe cristiana.
El episodio más conocido de su vida ocurrió en Amiens, Francia: al encontrar a un pobre que temblaba de frío, cortó su capa con la espada y le entregó la mitad. Según la tradición, aquella noche vio en sueños a Jesús vestido con el trozo de capa que había compartido.
Recibió el bautismo y más adelante abandonó la vida militar para dedicarse a Dios. Fue discípulo de san Hilario de Poitiers y fundó en Ligugé una de las primeras comunidades monásticas de Occidente.
En el año 371 fue elegido obispo de Tours, en la actual Francia. A pesar de su cargo, conservó una vida sencilla y austera. Fundó el monasterio de Marmoutier, atendió a los pobres, visitó las comunidades rurales y anunció el Evangelio en lugares donde todavía no había llegado el cristianismo. También procuró reconciliar a las personas enfrentadas y se opuso a que se ejecutara a quienes eran acusados de herejía.
Murió en Candes el 8 de noviembre de 397, después de haber viajado para resolver un conflicto entre miembros del clero.