3º lunes de Adviento

Jeremías 23, 5-8
Salmo 71, 1-2. 12-13. 18-19

Este fue el origen de Jesucristo:
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros».
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

A diferencia de Lucas que otorga todo el protagonismo a María, Mateo sitúa a José en lugar central: es Él quien recibe el anuncio y a quien se le entrega el nombre que habrá de poner al niño.”Yeshu” parece ser una contracción de “Yeoshua”, es decir, José, y significa “Dios salva”. Pero, junto a él, se le añade otro nombre: “Emmanuel”, como consecuencia de haber recurrido a la cita del profeta Isaías.

Los textos de la infancia de Jesús – en los evangelios y otras biografías de la época – son relatos legendarios, construidos por el autor, como un medio de transmitir un contenido considerado valioso. Hemos de superar toda lectura literal superando el nivel mítico, sin tener que “forzar” nuestra inteligencia, ni “violentar” el sentido común. Cuando lo leemos en clave simbólica, percibimos la

hondura y belleza de su mensaje.

En el anuncio a José, se nos dice que Jesús nace “del Espíritu Santo”, y que por eso salva y es “Dios- con-nosotros”. Pero eso mismo vale para todo ser humano: todos estamos naciendo del Espíritu, nuestra fuente y nuestro núcleo son divinos, todos somos formas que la Divinidad adopta.

Jesús, María y José, la trinidad terrestre, nombres sagrados que el hombre de fe, no pronuncia nunca, más que un vivo sentimiento de amor y la más tierna piedad. (Memorial 20)

Hoy de luz se ha llenado el cielo,
muy cerquita de aquí, en Belén,
en un pobre lugar, un pesebre,
un Niño divino pronto va a nacer.

Mira allá, al final del camino,
ya se ven luces, es Belén.
Tú aguanta un poquito, María,
respira tranquila, todo saldrá bien.

Una cama, señor,
se aproxima un bebé,
no sabemos dónde va a nacer.

¡No puede ser verdad!
No te apures, José.
Esta noche, dentro de poquito
estaremos los tres.

Y rompió la luz,
un llanto se oyó,
el niñito por fin nació.

El amor llegó,
mi mundo cambió.
Navidad en mi corazón.

Se hace tarde, el Sol ya se ha ido,
ya parece que muere el día.
El pequeño quiere nacer ya
solo estamos tú y yo
en esta humilde guarida.

Abre bien tus manos, José.
ellas tendrán esa gran dicha,
pues serán las primeras en dar
el calor de un hogar
al ansiado Mesías.

El momento llegó,
no te apures José,
a tu lado tranquila estaré.
Desde lejos vendrán,
a adorar a su Rey.
Jesús llena nuestros corazones
el mío también.

En los brazos de un carpintero,
ahí es donde lo encontrarán.
Jesús quiso elegir a su padre,
y no tuvo duda, mi fiel San José.