Miqueas 7, 14-15. 18-20Salmo 84, 2-8
Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.Jesús le respondió: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
Jesús ya no está solo. El cumplimiento de la voluntad del Padre, nos hace parientes de Dios; somos de su familia. El verdadero discípulo no es el que dice “Señor, Señor”, ni tampoco el que está emparentado genéticamente, sino el que tiene el Espíritu del Hijo y cumple la voluntad del Padre. De esto depende nuestra identidad, más allá de las barreras de la raza y cultura, tanto en el tiempo de Jesús como ahora. Al escuchar y vivir su Palabra recibimos el amor del Padre, participamos de su misma vida, somos su hermano, su hermana y su madre.“Al señalar a sus discípulos como su madre y sus hermanos, Jesús nos enseña que los lazos de la familia de la fe son no sólo más profundos, sino que transcienden hasta la misma eternidad. Sólo la familia de la fe permanece para siempre. Todos los demás lazos terminan en la muerte, pero no los lazos de la familia de la fe…La iglesia es una familia que permanece para siempre. Nadie debe sentirse solo, porque todos nosotros somos hermanos, hermanas y madres los uno de los otros. Esta es una de las glorias del evangelio: aquellos que no éramos pueblo de Dios por la sangre de Cristo hemos sido adoptados en la familia de Dios. Y aquellos que no merecíamos recibir compasión por nuestro pecado, Dios por su gracia en Cristo ha derramado su compasión y nos ha salvado. Nos ha adentrado en su familia. Nos ha hecho uno de sus hijos. Todos somos hijos por la fe sin importar la raza, la nacionalidad, la condición económica, ni la educación.Y ahora que somos hijos de Dios, familia de Dios por la fe en Cristo Jesús, qué nos queda sino vivir como lo que somos: la familia de Dios”. (Roberto Quiñones)
MÁXIMASomos la familia de Jesús
Así pues, aunque Jesús haya subido hacia su Padre, no nos ha dejado huérfanos. Por un milagro continuamente renovado, permanece realmente con nosotros todos los días, lleno de gracia y de verdad, según su promesa. No menos dichosos que sus discípulos, todos los días y en cada instante del día, podemos acercarnos para adorarlo, como si lo viésemos con nuestros propios ojos, para conversar familiarmente con Él como con un amigo, como con un hermano, títulos tan hermosos que se ha dignado tomar”. (Sobre el Santísimo Sacramento)
Un nuevo modo de caminar,de ser Iglesia que sale a buscaruna nueva comunidad,en donde todos encuentren lugar.Que los más rotosencuentren en la Iglesiauna familia que los pueda abrazar.Todas las vidas, sin que nadie quede afuera.Somos un puebloque empieza a despertar.Que los que lleguenreciban un abrazo,una caricia contra la soledad.Todas las vidas, sin que nadie quede afuera.Somos un puebloque empieza a despertar.Que las mujeresnos muestren el caminode la ternura y el abrazo maternal.Todas las vidas, sin que nadie quede afuera.Somos un puebloque empieza a despertar.En esa vidaque llega como viene,Dios nos visita, nos quiere abrazar.Todas las vidas, sin que nadie quede afuera.Somos un puebloque empieza a despertar.Que el Evangelionos lleve al compromisopor los sin tierra,sin trabajo y sin hogar.Todas las vidas, sin que nadie quede afuera.Somos un puebloque empieza a despertar.