San Antonio María Zaccaría

Génesis 27, 1-5.15-29
Salmo 134, 1-6

Se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?
Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!

Un día dijo Jesús que “la ley y los Profetas llegaron hasta Juan Bautista; a partir de entonces se anuncia el Reino de Dios” (Lc16,16). Según este principio los discípulos de Juan, al igual que los fariseos, vivían sometidos a la Ley. Por eso, lógicamente, tenían sus días de ayuno. El ayuno es una de las obligaciones que no pocas religiones imponen a sus fieles.

Los discípulos de Jesús estaban recibiendo otra educación: lo determinante para ellos no era someterse a la Ley, sino vivir la experiencia del Reino de Dios, que, a juicio de Jesús, es la experiencia del gozo y de la vida. La experiencia que se simboliza con el gran banquete del reino, en el que entran todos, “los buenos y los malos”; y en el que hay alegría para todos por igual (Mt 22, 1-10; Lc 14, 15-24)

De acuerdo con lo dicho, el ayuno es luto de muerte, en tanto que los discípulos de Jesús viven en la fiesta de una boda sin fin. Y que conste que la apelación a que “un día se llevarán al novio y entonces ayunarán” es texto redaccional, es decir, añadido por Mateo, seguramente para justificar la costumbre de ayunar que, ya en aquel tiempo, se había introducido en alguna comunidad cristiana.

El problema que se plantea en este evangelio no se limita al ayuno, que es bastante secundario en la vida. Lo que Jesús enseña aquí, con las metáforas del remiendo y de vino, es que los cristianos no deben hacer componendas o buscar fórmulas de compromiso entre lo viejo y lo nuevo, entre la Ley y el Evangelio. Lo que define a los discípulos de Jesús no es la privación, sino la alegría compartida.


El corazón del hombre de bien es una fiesta continua (Prov 15,15). Eso es verdad pues para él los dolores son alegrías: saborea con delicia las amarguras de la vida; para él la eternidad está ya presente y al perderse en Dios, sumergiéndose en la verdad, en el amor, entra en el cielo, donde goza de una paz inefable. (Memorial 89)

Basta de preguntarse por la vida,
basta de quererla comprender.
Tan sólo has de meterte en ella
y descubrirte
en la grandeza de su sencillez.

En un beso, una caricia,
en el agua por los pies,
en el olor a unas tostadas,
la mirada de un bebé.

Sal de ti, que todo te afecte,
ríe, duerme, sufre, siente.
No te das cuenta,
vive el presente.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan,
basta de compararse con el otro,
basta de no amarse en el caer.
Tan solo has de ser tú y si me dejas
me volverás a ver.

En la canción de una sonrisa,
en las arrugas de la piel,
en el blanco de la nieve,
en el hambre y en la sed.

Sal de ti, que todo te afecte.
Llora, quiere, grita, calla.
No te das cuenta, la vida pasa.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Son los fracasos de una vida entregada
sin los límites del tiempo y del espacio,
lo que irá transformando tu existencia
en una plenitud enamorada.

Es tan sencillo, es muy sencillo, muy sencillo
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que todo un Dios parezca ser un pan.
Que nuestro Dios se haga aquí presente
convirtiendo el ahora en toda la eternidad.
¡Un, dos, tres!