Génesis 32, 23-33Salmo 16, 1-3d.6-7.8b.15
Le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: Jamás se vio nada igual en Israel. Pero los fariseos decían: Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.Entonces dijo a sus discípulos: La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
Lo que impresiona en la actitud de Jesús, aquí y en todos los cuatro evangelios, es el cuidado y el cariño con las personas enfermas. Las enfermedades eran muchas, y no existía la seguridad social. Las enfermedades no eran sólo corporales: mudez, parálisis, lepra, ceguera y muchos otros males. Estos males eran apenas una manifestación de un mal mucho más amplio y más profundo que arruinaba la salud de la gente, a saber, el abandono y el estado deprimente y no humano en que se veía obligada a vivir.Las actividades y las curaciones de Jesús se dirigían no sólo contra las deficiencias corporales, sino también y sobre todo contra ese mal mayor del abandono material y espiritual, en que la gente se veía obligada a pasar los pocos años de su vida. Además de la explotación económica, que robaba la mitad de los ingresos familiares, la religión oficial de la época, en vez de ayudar a la gente a encontrar en Dios la fuerza y a tener esperanza, enseñaba que las enfermedades eran un castigo de Dios por el pecado. Aumentaba en la gente el sentimiento de exclusión y de condena.Jesús hacía lo contrario. La acogida llena de ternura y la curación de los enfermos formaban parte de un esfuerzo más amplio para rehacer la relación humana entre las personas y reestablecer la convivencia comunitaria en los poblados y en las aldeas de su tierra, Galilea.Ante la curación del endemoniado mudo, la reacción de la gente es de admiración y de gratitud: “¡Nunca se vio cosa semejante en Israel!” La reacción de los fariseos, en cambio, es de desconfianza y de malicia: “Por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios”. No pudiendo negar los hechos que producen la admiración de la gente, la única manera que los fariseos tienen para neutralizar la influencia de Jesús ante la gente es atribuir la expulsión al poder del maligno.Marcos trae una larga argumentación de Jesús para poner de manifiesto la malicia y la falta de coherencia de la interpretación de los fariseos (Mc 3,22-27). Mateo no trae ninguna respuesta de Jesús a la interpretación de los fariseos, pues cuando la malicia es evidente, la verdad brilla por sí misma.El Evangelio presenta luego a un Jesús incansable, recorriendo los poblados. En ello se manifiesta la doble preocupación a la que aludimos: la acogida llena de ternura y la curación de los enfermos: “Jesús recorría todas las ciudades y poblados enseñando en las sinagogas, propagando la Buena Nueva del Reino, y curando todo tipo de dolencia y enfermedad”. Los que debían ser los pastores no eran pastores, no cuidaban del rebaño. Jesús, entonces, trata de ser el buen pastor. Jesús transmite, además, a los discípulos la preocupación y la compasión que lo animan por dentro: “La mies es mucha y los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” Es todo un programa de vida para nosotros, seguidores de este buen Pastor, que incansablemente busca el bien de su rebaño. (Cf Joan Miguel López, Cristonautas)
MÁXIMASeamos compasivos como Jesús
Somos aún su pueblo, somos las ovejas que su mano conduce; El escuchará nuestro gemidos, porque está lleno de bondad, de dulzura, de compasión, para con aquellos que le invocan; y según el bello pensamiento de san Juan Crisóstomo, espera a dar a luz su misericordia con el mismo ardor que una mujer espera dar a luz. (ATC I p. 330)
Queremos seguir tus huellas,caminar por tus caminos,sembradores de estrellas,y norte de lo divino.Desde la infancia tu mirada se pobló,de urgencias, mares, primaveras y de sed,son muchas sombras que llenar del sol de Dios,así pensaste, Juan María la Mennais.Amor ardiente, la esperanza vertical,el pulso tenso, siempre indómita la fe,proa al futuro y a sembrar de fuego el mar,tal navegaste, Juan María la Mennais.Como familia que se anuda en el amor,honda la entrega y soterrada en sencillez,los ojos altos, la mirada en «Sólo Dios»tal nos soñaste Juan María la Mennais.Extenderemos tu palabra germinal,combatiremos sin jamás desfallecer,seremos yunque, hoguera, viento, manantial,como tú fuiste Juan María la Mennais.