San Pedro Crisólogo

Éxodo 34, 29-35
Salmo 98, 5-7. 9

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

Con estas comparaciones, Jesús pone de relieve sobre todo una cosa: Quien ha descubierto a Dios en su vida y lo que Él propone, es tal la alegría que experimenta, que todo lo demás se relativiza tanto, que por recorrer el camino de felicidad que Jesús propone, está dispuestos a cualquier cosa, a dejarlo todo si hace falta. Es decir, el camino de Jesús no es un camino de renuncia; el camino de Jesús es, sobre todo, un camino de felicidad. Y por alcanzarlo, todo lo que hagamos nos parece poco.

Obviamente esto implicará algunas renuncias, pero, ¿acaso todo lo verdaderamente importante no supone renunciar a algo? ¿Acaso un estudiante no tiene que renunciar a muchas cosas para sacar adelante su carrera, o un padre de familia para dar de comer a sus hijos, o un deportista para ganar una competición? Por eso, el secreto está en la alegría que se experimenta. Todo lo demás es mera consecuencia.

¿Qué matiz añade la parábola de la perla? Añade el matiz de la búsqueda. En el caso del tesoro, da la impresión de que aquel hombre se lo encuentra por pura casualidad. En cambio, en el caso de la perla, se trata de un mercader que anda buscando perlas finas. Por tanto, es alguien que busca algo y que, además, es capaz de reconocer cuando algo tiene verdadero valor. Pero, en todo caso, el resultado es el mismo: Una vez encontrado aquello tan valioso, vende todo lo que tiene con tal de conseguir lo que tanto buscaba.

Ambas parábolas, por tanto, aluden al hallazgo de algo importante. En unos casos, por casualidad, en otros, como resultado de una búsqueda. ¡Qué más da! Lo verdaderamente importante es haber encontrado aquello por lo que vale la pena hacer cualquier cosa, pues es mucho más lo que recibimos a cambio.

Cabría preguntarnos: ¿Es para mí Jesús y su evangelio algo realmente valioso? ¿Es su propuesta de vida algo que en mí produce alegría, hasta el punto de renunciar a cosas con tal de seguir su camino?
Parafraseando a san Francisco de Sales, yo diría: «Un cristiano triste es un triste cristiano». Vivamos nuestra fe con alegría. La mejor manera de anunciar el evangelio es que todos vean en nosotros que, seguir a Jesús, es un camino de felicidad (acordarse de las Bienaventuranzas) y no porque no tengamos dificultades, sino porque, teniendo a Jesús con nosotros, todo se vive de manera muy distinta. (Jacqueline Rivas, Hesed)


MAXIMA
Dios es el gran tesoro


La herencia de ustedes es Dios y los tesoros de su eternidad. (Renovación de promesas sacerdotales)

En el viaje de la vida
me despojas de mentiras
y vas dando a tantos grises su color.
Cruzo valles y colinas,
caminando hacia la cima.
Ni la lluvia puede hacer
que no vea el sol.

Desde que guías mis pasos
no hay errores ni fracasos,
ni desiertos ni sequías
que me agoten de temor.
No hay montañas congeladas,
ni lágrimas derramadas
que me impidan avanzar
hacia tu amor.

Y hay tesoros en el Cielo
esperando mi llegada
y en cada paso doy gracias,
aunque la distancia es larga.
Y sonríes al mirarme,
cuando busco algún descanso
y alivianas mi equipaje,
para ir a un lugar más alto. 

En el viaje de la vida
tu promesa me cautiva
y lo amargo se hace dulce
por tu amor.
Pones luz a cada día
y si el silencio me lástima
Tú haces una sinfonía con tu voz.

Desde que guías mis pasos,
no hay errores ni fracasos,
ni desiertos ni sequías
que me agoten de temor.
No hay montañas congeladas,
ni lágrimas derramadas
que me impidan avanzar
hacia tu amor.