San Ignacio de Loyola – Santa María Natividad Venegas

Éxodo 25, 8-9; 40, 16-21. 34-38
Salmo 83, 3-6. 8.11

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?
Sí, le respondieron.
Entonces agregó: Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.

Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.

En el capítulo 13 hay varias parábolas, donde se habla del Reino de los cielos que se hace presente en el mundo; Reino que no es tan fácil de instaurar, porque exige disponibilidad y nuestro corazón no siempre es dócil. Al contrario, hay resistencias muy fuertes.
Ese Reino no es identificable con una comunidad o un territorio específicos. Más bien es una nueva situación, un nuevo estado de cosas, una forma de ver la vida y de actuar en ella, que nos viene de Dios a través de Jesús.
Ese Reino surge débil, pequeño, hasta imperceptible al inicio, pero crece y al final transformará todo. Es la presencia silenciosa pero fecunda de Dios en la vida humana, que exige del hombre una decisión, una aceptación pero que no todos comprenden y aceptan.
Por eso se habla de lo bueno y lo que no sirve, los malos y los justos, lo nuevo y lo viejo. Y un poco antes habla de trigo y de cizaña. Y no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta que nuestro mundo es un campo donde ambas realidades se dan entremezcladas. Que el mal existe es una constatación diaria. Que ese mal está en el corazón de cada uno de nosotros, también. Somos capaces de hacer mucho bien, pero también mucho daño. Es la realidad y hay que aceptar, sin dejar de luchar por mejorarla, pero sabiendo que sólo Dios tiene en sus manos la purificación definitiva.


MÁXIMA
Reina, Señor, en nosotros


Desear todo lo que Dios quiere y desearlo para siempre, en todo, sin reservas: he ahí el Reino de Dios, del cual le pedimos el advenimiento cada vez que recitamos el Padrenuestro. (Al H. Méloir-Marie, 1834)

Tú has venido a la orilla.
No has buscado ni a sabios ni a ricos.
Tan sólo quieres que yo te siga.

Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca:
Junto a Ti buscaré otro mar.

Tú sabes bien lo que tengo:
En mi barca no hay oros ni plata,
tan sólo redes y mi trabajo.

Tú necesitas mis manos,
mis cansancios que a otros descanse,
amor que quiera seguir amando.

Tú, pescador de otros mares,
ansia eterna de almas que esperan,
amigo bueno que así me llamas.


MARÍA NATIVIDAD VENEGAS DE LA TORRE (1868-1959) fue una monja mexicana, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús Sacramentado, conocida por su espíritu de caridad en el trato a los enfermos. Trabajó primero como enfermera, secretaria y encargada de farmacia. En 1905 entró formalmente a la vida religiosa y en 1910 hizo sus votos perpetuos. Venegas y su comunidad se dedicaron principalmente al cuidado de los enfermos en el Hospital del Sagrado Corazón de Guadalajara. También trabajó por las necesidades de los sacerdotes y seminaristas. Fue canonizada por el papa Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000.

IGNACIO DE LOYOLA (1491-1556) fue un sacerdote español fundador de la Compañía de Jesús, de la que fue el primer general. Fue primero soldado y cayó herido. Durante su convalecencia se dedicó a leer libros religiosos y a profundizar en su fe. Viajó a Tierra Santa en peregrinación y al volver se dedicó al estudio y la predicación. Estudiando en París, junto con sus compañeros Pedro Fabro y Francisco Javier decidieron hacer voto de pobreza, ayudar al prójimo y a estar a disposición del papa. Se instaló en Roma donde se dedicó a llevar adelante los ejercicios espirituales. Estuvo al frente de la Compañía durante 15 años y a su muerte ya había más de mil jesuitas trabajando en colegios, centros de estudios y parroquias. Sus ejercicios espirituales, publicados en 1548, ejercieron una gran influencia en la Iglesia. Fue canonizado en 1622.