San Eusebio de Vercelli – Nuestra Señora de los Ángeles

Levítico 25, 1.8-17
Salmo 66, 2-3.5.7-8  

En aquel tiempo, la fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: Éste es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.
Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.
Instigada por su madre, ella dijo: Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre.
Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.

En el Capítulo 13 de Mateo, Jesús nos habla del Reino de Dios en el mundo, un reino de justicia, amor y respeto por la vida humana. Sin embargo, en los primeros versículos del capítulo 14, nos encontramos en las antípodas de esa visión, en un espacio que podemos llamar el anti-reino, donde dominan la prepotencia, el orgullo desmedido y una profunda falta de respeto por la dignidad y la vida de las personas.

Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, es un claro ejemplo de este anti-reino. Herodes el Grande, recordado por su brutal orden de matar a los inocentes en Belén, dejó un legado de violencia y deshumanización que su hijo continuó perpetuando. Herodes Antipas, en su afán de mantener su poder y prestigio, siguió las huellas de su ‘ilustre’ padre en la opresión y en la indiferencia hacia la vida de sus súbditos. La historia nos muestra que Juan el Bautista, valiente y profético, le reprochaba su casamiento con Herodías, una relación que contradecía las leyes y valores de Dios. Como consecuencia, Herodes lo encarceló, pero no solo por la crítica, sino también por miedo a perder su autoridad. Mateo nos dice que Herodes quería matarlo, pero temía la reacción popular, que consideraba a Juan un profeta. Marcos añade que fue la misma Herodías quien odiaba a Juan y, en un acto de venganza, instó a su hija a pedir la cabeza del profeta.

Este mismo Herodes, en la narrativa de Lucas, aparece durante el juicio a Jesús, donde se burla de él, ridiculizando su dignidad y mostrando una actitud de desprecio hacia la vida y la justicia (Lc 23, 11). La familia de Herodes representa a un sistema político-social donde la vida humana no valía mucho; la vida de los súbditos, en ese contexto, parecía ser solo un medio para mantener el poder y los privilegios de unos pocos.

Este relato nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de un poder basado en la prepotencia, la arrogancia y la deshumanización. Nos recuerda que, en contraste con el Reino de Dios, donde cada vida es sagrada y digna de respeto, existen estructuras y familias que, por el contrario, menosprecian y amenazan esa dignidad. Nos desafía a luchar por un mundo donde la vida humana sea valorada y protegida, y donde el poder se ejerza con justicia, humildad y amor.

A continuación de este relato aparece Jesús multiplicando los panes. Para él sí que la vida vale, tanto que no los dejó irse con hambre, sino que partió y repartió pan y pescado en abundancia, enseñándoles a compartir, a cuidarse mutuamente, a armar la mesa común. Es la realidad del cielo y el infierno en la tierra. Es lo que vivimos cada día: Gente que genera reino y gente que lo destruye. Identifiquemos en nuestra vida, en nuestra comunidad, los gestos que producen vida y los que generan muerte. El Reino del amor es posible, si todos lo queremos.


Vengan y unamos nuestras fuerzas; pongamos nuestros corazones el uno en el otro; y siguiendo la expresión de la Sagrada Escritura coloquémonos como ejército en orden de batalla delante de los enemigos de Cristo; la cruz sobre el pecho avancemos contra ellos; venceremos por este signo. (S. VII, p. 2316)

Si todo es de todos,
la deuda del mundo es una injusticia.
Si todo es de todos,
los que tienen tanto que no pidan más.
Si todo es de todos,
¿por qué hay tanta gente que no tiene nada?
Si todo es de todos,
las deudas eternas tendrán un final.

Todo es de todos, todo es de todos.
Todo es de todos, todo es de todos.