Santo Domingo de Guzmán

Deuteronomio 4, 32-40  
Salmo 76, 12-16.21 
 

Jesús dijo a sus discípulos: El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.
Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino.

Jesús nos enseña que Él siendo verdaderamente hombre y viviendo nuestra condición humana, no le escapó al sufrimiento, al contrario, lo abrazo, lo asumió, lo aceptó, hizo eso que tenemos que aprender por ser sus discípulos, mientras vamos madurando en nuestra fe: aceptar que hay muchas cosas en la vida que no podemos cambiar, que tenemos que aceptar, aunque sean sufrimientos.
Benedicto XVI llegó a decir algo así: “El hombre que no sabe sufrir, no sólo no llega a ser cristiano, sino que no llega a ser plenamente hombre”. Si te pones a pensar andamos muchas veces escapándole al sufrimiento y en el fondo le escapamos al amor. Porque amar es también sufrir.

Por eso hoy te propongo, no que busques el sufrimiento, sino que empieces a aceptar las pequeñas cosas que te hacen sufrir y no te gustan, pero te hacen amar. Todo tipo de sufrimientos, los físicos, pero especialmente los sufrimientos morales y espirituales, que a veces nos hacen vivir como “enojados”. Acepta que el clima no es como te gustaría que sea, acepta que a veces viajas incómodo, acepta que el trabajo no es de lo mejor, acepta que tu jefe no tiene la mejor cara, acepta que las cosas son diferentes…Carga con la cruz del amor, la de seguir el mismo camino que Jesús. Acepta que tienes tus debilidades, que estás cansado, que tienes cosas que mejorar, que no vas a poder mejorar todo en tu vida, acepta que tu hijo es diferente, que no elige lo que tú quieres, acepta que tu marido/tu mujer es diferente. Acepta la realidad. Ése es el primer gran paso para aprender a cargar la cruz: aceptar la realidad, aceptar lo que no puedes cambiar es uno de los primeros sufrimientos que no nos gustan.
Ojalá que hoy cada uno abrace su cruz, su pequeña cruz para aprender un día a abrazar la gran cruz que será la entrega de nuestra vida, cuando Dios Padre nos llame”. (Padre Rodrigo Aguilar, Algo del Evangelio)


MÁXIMA
Acepta la realidad


Cuanto mayor sea tu fe, menos penas tendrás. Un religioso debe aceptar todo como venido de la mano de Dios y no preferir un lugar a otro; y, cuando crea que tiene razones para quejarse de los hombres, para consolarse de todas sus desgracias, le basta recordar el ejemplo de Jesucristo y mirar su crucifijo. (Al H. Cesario Nicoul, 28-10-1845. Carta 3779)

En la cruz tú te entregaste por mí.
En la cruz abriste tu corazón, oh Jesús,
y ahora vivo gracias a Ti.

En la cruz quisiera permanecer junto a ti,
entrar en tu corazón y ser fiel,
en los momentos de oscuridad.

Quiero estar contigo, aunque todo sea gris.
Quiero estar contigo firme y no desistir;
tomar la cruz y caminar contigo, Señor.

En la cruz es tan difícil poder comprender,
pero tu amor me sostiene en pie,
y aunque te falle tu siempre eres fiel.

Igual que tú,
hoy me dispongo a abrazar mi propia cruz.
Esta que bien tu conoces, Señor,
y que me une a tu pasión.


DOMINGO DE GUZMÁN (1170-1221) fue un presbítero castellano, fundador de la Orden los Predicadores o Dominicos. Nació en la provincia de Burgos y recibió muy buena formación desde joven. Ordenado sacerdote fue profesor y vicario de la diócesis. Después de un viaje a Dinamarca y a Italia y con clara conciencia de su vocación misionera, se instaló en el Languedoc como predicador entre los cátaros. Allí comenzó a formar la orden de los predicadores, que pronto contó con numerosos miembros. Cuando murió en 1221 la orden contaba con más de 60 comunidades distribuidas en varios países. La tradición dice que Domingo tuvo una visión de la Virgen con un rosario en la mano, que le enseñó a usarlo y le pidió que extendiera su práctica. Fue canonizado en el año 1234 por el papa Gregorio IX.