Santa Teresa Benedicta de la Cruz – Beatos Tomaszek y Strzalkowski

Deuteronomio 6, 4-13  
Salmo 17, 2-4.47.51ab  

Cuando se reunieron con la multitud se le acercó un hombre y, cayendo de rodillas, le dijo: Señor, ten piedad de mí hijo, que es epiléptico y está muy mal: frecuentemente cae en el fuego y también en el agua. Yo lo llevé a tus discípulos, pero no lo pudieron curar.
Jesús respondió: ¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo aquí. Jesús increpó al demonio, y este salió del niño, que, desde aquel momento, quedó curado.
Los discípulos se acercaron entonces a Jesús y le preguntaron en privado: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?
Porque ustedes tienen poca fe, les dijo. Les aseguro que, si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: «Trasládate de aquí a allá», y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes.

Este milagro acontece inmediatamente después de que el Señor Jesús estuvo con sus tres discípulos en el monte de la transfiguración. Allí habían visto al Señor hablando con Moisés y Elías. Habían visto sus vestidos blancos y resplandecientes y admirado su rostro que resplandecía como el sol. También escucharon la voz de Dios. A los discípulos les hubiera gustado quedarse allí en el monte, alejados de los problemas terrenales; pero Dios tenía otro propósito para ellos.

Cuando llegaron abajo vino un hombre que tenía un hijo enfermo y que los discípulos no habían podido sanar. Ellos tenían buenas intenciones, pero, según el Señor, les faltaba la fe suficiente para llevar adelante el milagro. Y Jesús se muestra muy molesto por ello. Sus mismos discípulos, a quienes educaba a diario, que habían visto sus milagros y escuchado su palabra, eran incapaces de ayudar a ese hombre. Parece que a Jesús se le vino el alma al suelo, ¡tanto esfuerzo para nada!
Sus amigos hicieron experiencia de la fragilidad, la misma que hacemos nosotros todos los días. “Si tuvieran fe…”, pero no la tenemos. Nos cuesta confiar, mantener la esperanza, abandonarnos en sus brazos.

El papa Francisco explicaba este texto de este modo:
“La fe como un grano de mostaza no es una fe grande, segura de sí, quien la tiene no presume de ser un gran creyente, no aparenta. No. Es una fe que en su humildad tiene una gran necesidad de Dios y, en la pequeñez, se abandona con plena confianza a Él. Es la fe que nos da la capacidad de mirar con esperanza a los sucesos de la vida, que nos ayuda a aceptar incluso los fracasos y los sufrimientos, en la conciencia de que el mal no tiene la última palabra». (06-10-2019)


El hombre no es grande más que por sus contactos con su Creador, y el más hermoso privilegio es el de poder hablar con Él, en la oración. Pero, ¡ay qué poco apreciamos este don excelente, y qué gloriosa es esta prerrogativa! ¿Dónde se encuentran los cristianos verdaderamente convencidos de que para la oración no hay nada imposible, y que si tuviéramos un poco de fe transportaríamos montañas?  (Sobre la oración, S IV, 1463)

Creo, sencillamente.
Quiero disfrutar de la serenidad del creer,
desligar el creer del sentir.
Creo, mi Dios, y basta.

Creo en tus misterios
sin entenderlos.
Te creo en mí y en el pan blanco,
en el prójimo y en la creación,
sin verte en ningún lado.

Creo, Señor, sencillamente,
porque creer es confiar.
Y cómo me gusta creerte
sintiendo dudas, sintiendo dudas…

Digo que eres amor,
escucho que soy tu amado.
No siento y qué más da;
te quiero y eso basta.

Amo, Señor, sencillamente,
porque amar es entregarse.
Y cómo me gusta amarte
estando frío, estando frío…

Espero en tu palabra,
vivo en tu promesa,
gozo en ti lo que aún me falta.

Espero, Señor, sencillamente,
porque esperar es descansar.
Y cómo me gusta esperarte
sintiendo miedo, sintiendo miedo…

Creo, Señor, sencillamente.
Amo sencillamente.  Espero.
Cómo me gusta seguirte sintiendo dudas,
Estando frío, sintiendo miedo.
Cómo me gusta, cómo me gusta
creerte, amarte y esperarte.

Te sigo sencillamente…


EDITH STEIN o Teresa Benedicta de la Cruz (1891-1942) fue una carmelita descalza alemana de origen judío. Estudió filosofía y fue colaboradora del filósofo Edmund Husserl, fundador de la Fenomenología. Convertida al cristianismo decidió consagrar su vida como religiosa carmelita. Fue asesinada en el campo de concentración de Auschwitz. Es copatrona de Europa.


MIGUEL TOMASZEK y ZBINIEW STRZALKOWSKI fueron dos sacerdotes polacos de la orden de los Conventuales. Junto con Alessandro Dordi, sacerdote italiano, fueron asesinados por Sendero Luminoso en agosto de 1991 en la región de Ancash, Perú. A pesar de haber recibido numerosas amenazas, decidieron continuar con su labor misionera en la zona. Un cartel dejado por los asesinos junto a los cadáveres decía: “Así mueren los que hablan de la paz…”