Domingo 19º durante el año

Primera lectura: Sabiduría 18, 5-9
Salmo 32, 1.12.18-20.22
Segunda lectura: Hebreos 11, 1-2.8-19 o bien 11, 1-2.8-12

Jesús dijo a sus discípulos: No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.
Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.
Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!
Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.
Pedro preguntó entonces: Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?
El Señor le dijo: ¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa: Mi señor tardará en llegar, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que, sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva, pues la venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener encendida la llama del primer amor a pesar de los vientos inevitables que se vivían en las comunidades cristianas.

La primera llamada hace foco en la necesidad de confiar, no temer, porque el Padre, en su providencia, nos ha dado el Reino como herencia. No es mérito nuestro. Es don, gracia, regalo.

La segunda invitación es a desprendernos de aquello que nos ata a las realidades temporales y a hacernos un tesoro en el cielo, donde no hay ni ladrones ni polilla, porque allí donde esté nuestro tesoro estará nuestro corazón. Todos tenemos en claro que nada nos llevaremos de este mundo. Al papa Francisco le gustaba decir que jamás ha visto un camión de mudanza detrás de un coche fúnebre. Y es cierto, pues lo único que nos llevaremos será aquello que hemos dado, entregado, ofrecido. Las posesiones quedarán para otros. Las donaciones que hemos realizado, serán portadas como ofrendas gratas al Padre Dios.

La tercera llamada es a tener ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Son dos imágenes muy expresivas, que indican la actitud que han de tener los criados (aunque para Dios somos hijos es hijas) que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle la puerta de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia, en nuestras comunidades y en la vida propia hay momentos en que las tinieblas invaden. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia, comunidad, vida personal avejentada, cansada, cuestionada, desacreditada…

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de quienes nos decimos cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos hemos sido educados, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, en tiempos de sinodalidad, parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable, abiertos a los problemas del mundo actual, y cercanos a los hombres y mujeres de hoy.

Para finalizar, nos trae una nueva bienaventuranza repetida tres veces, como indicando su importancia: ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada, sea la hora que sea, y ocupados en su trabajo (misión)! Esta bienaventuranza es para todos, para ti y para mí, pues el Señor Jesús nos quiere encontrar (porque siempre viene a nuestro encuentro) ocupados en nuestra misión, no nos quiere encontrar ni abusando de nadie ni descuidando la misión, sino haciendo con responsabilidad lo que se nos ha confiado. ¿Estás viviendo así o estás ‘distraído’ con otras realidades? (ideas de Pagola).

Jesús y sus discípulos:
Las situaciones vitales que van viviendo juntos son oportunidades de formación, los trata con ternura, los invita a no temer, a confiar en el Padre más que en los bienes de esta tierra, a estar siempre alertas, despiertos y en actitud de vigilante espera; a no dejarse dominar por las pasiones ni abusar de los más débiles. Estas son las relaciones que el Padre quiere que vivan sus hijas e hijos, desde ahora.


Pero la humana fragilidad es tal, que después de haberse levantado, se vuelve a caer, y es necesario en consecuencia no permanecer por tierra, hacer un nuevo esfuerzo para levantarse. Así, entre ustedes a lo largo del año que se acaba, algunos habrán descuidado el velar sobre ellos mismos con suficiente cuidado; no habrán sido fieles en poner en práctica todos los medios de santificación que se les había indicado; su fervor se habrá debilitado, su vocación será titubeante, sus pasiones, de las que se enorgullecía haberlas vencido, habrán revivido y he aquí que vienen al retiro enfermos, heridos e imaginándose, quizá, que no hay remedio para ellos. Pensamiento impío. Es el demonio quien lo pone para acabar de consumar su ruina. Hijos míos, el tiempo de un retiro es el tiempo de los milagros”. (S VII p. 2223. Apertura del retiro –frutos)

Aprovecha
que tenemos el regalo de la vida;
que un «te quiero» está a tiempo todavía;
que hay «perdónames» que curan las heridas.

Aprovecha
que tus ojos son capaces de un «te amo»;
que tus manos pueden dar un buen abrazo
y tus pasos pueden ir en busca de tu hermano.

Aprovecha
que puedes dar amor con tus palabras
y una flor avivar antiguas llamas,
antiguas llamas.

Porque la lluvia acarició tu madrugada,
porque de nuevo Dios a la puerta te llama;
porque no sabes lo que pasará mañana,
aprovecha para amar.

Aprovecha
que las cosas importantes son tan simples;
que jugar con tus pequeños es posible;
que decirles que los amas los define.

Aprovecha
ese pudor del hastío de los días.
Desempolva viejas alegrías,
tan sencillas.

Porque la lluvia acarició tu madrugada,
porque de nuevo Dios a la puerta te llama,
porque no sabes lo que pasará mañana,
aprovecha para amar.

Porque aún no se rompió el cordón de plata,
porque el orgullo no ha acabado con el alma,
porque seguimos en la escuela de la gracia,
aprovecha para amar.