Deuteronomio 10, 12-22 Salmo 147, 12-15.19-20
Mientras estaban reunidos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y al tercer día resucitará. Y ellos quedaron muy apenados.Al llegar a Cafarnaúm, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron:¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto? Sí, lo paga, respondió.Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?Y como Pedro respondió: De los extraños, Jesús le dijo: Eso quiere decir que los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti.
La frase de Jesús, “Los hijos están exentos de pagar”, nos invita a entender nuestra relación con Dios desde la perspectiva del amor y la confianza, no desde la obligación o el miedo. Cuando Jesús pide a Pedro que pague el impuesto al Templo lo hace para no escandalizar a los demás y para mostrar que, siendo hijos de Dios, nuestra relación con Él no se basa en un pago o en un cumplimiento externo, sino en la gratuidad del amor divino. Como buenos hijos, no estamos llamados a pagar por los bienes que Dios nos da, porque todo lo que tenemos —vida, fe, gracia, dones— es un regalo que proviene de su infinita generosidad. La verdadera actitud de un hijo es la de agradecimiento y confianza, sabiendo que todo lo que necesitamos ya está al servicio de su amor por nosotros.Por otro lado, Jesús nos muestra con su ejemplo que la verdadera humildad y sencillez son valores fundamentales. Él, siendo el Hijo de Dios, eligió insertarse plenamente en la sociedad de su tiempo, sin reclamar privilegios ni ventajas especiales. Se hizo uno más entre la gente, compartiendo su vida, sus dificultades y sus esperanzas. Esto nos enseña que, como seguidores de Cristo, debemos vivir con sencillez y humildad, sin buscar privilegios o ventajas que puedan alejarnos del ejemplo de Jesús.En una sociedad donde algunos usan su poder económico, político o social para evadir responsabilidades o imponerse a los demás, la comunidad cristiana está llamada a ser diferente: un espacio donde prevalezca la justicia, la honestidad y la igualdad. No debemos ser de los ‘avivados’ que se las ingenian para saltarse las obligaciones, sino de los que actúan con integridad y respeto por las leyes y por los demás.Que esta reflexión nos motive a vivir con autenticidad, reconociendo que somos hijos amados de Dios, llamados a vivir en sencillez, gratitud y justicia, sin buscar privilegios ni ventajas indebidas. Así, nuestra comunidad será un reflejo del amor y la humildad de Jesús, y un testimonio vivo de su mensaje en el mundo.
MAXIMAVivamos como hijos amados por Dios
Como cristianos podemos llamarlo con el dulce nombre de Padre. Y puesto que Él es nuestro Padre, somos de su raza según la fuerte expresión de Pablo, ‘ustedes son raza de Dios’; todos sus bienes son, pues, nuestros. Su herencia es nuestra. Tenemos derecho a ella. Tenemos la certeza de que esta magnífica herencia no puede sernos arrebatada mientras continuemos siendo verdaderamente sus hijos. (Renovación promesas del bautismo)
Nada temeré, Señor,contigo a mi lado.Mi mano en tu mano con fuerzaalentando mi paso,con tu aliento habitando mi alma,animando mi canto,renovando mi vida,sintiendo que somos tus hijos amados.Nada temeré, Señor,contigo a mi ladoescuchando tu vozque con amor me ha nombrado,renaciendo otra vez de esa aguaque tu Espíritu ha avivado,renovando mi vida,sintiendo que somos tus hijos amados.