San Maximiliano María Kolbe

Josué 3, 7-10a.11.13-17  
Salmo 113A, 1-6  

Pedro se adelantó y le dijo: Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?
Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo».
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?»
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Pedro hace dos preguntas: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a un hermano? Y luego pregunta si siete veces. Al discípulo le debe haber parecido que con eso llegaba a cumplir las exigencias de Jesús.  Hay que tener en cuenta que siete es el número de la plenitud en el mundo bíblico, día también del reposo divino. Jesús eleva hasta la exageración la cantidad de veces, supera lo imaginado; decir ‘setenta veces siete’ es decir ‘siempre’. Y habla de perdonar a un siervo, no ya a un hermano. Se entiende que está diciendo ‘a todos’.

Jesús cuenta una parábola que da por sentada la cultura esclavista de la época, por lo que su relato es ese aspecto no escandaliza a nadie. Lo que sí admira es la actitud del amo que la protagoniza. Este Señor tenía un siervo que le debía una cantidad enorme, imposible de pagar. Y aquí Jesús juega con la exageración, porque esta situación difícilmente podía darse, tratándose de un siervo. Hay que tener en cuenta que el talento era más una medida de peso que una medida monetaria. Dependiendo de las épocas podía ser equivalente a entre 20 y 36 kg de oro o plata. Hubo incluso un talento pesado que equivalía a casi 60 kg. ¡Cada talento! Se entiende que se usaba más que nada como unidad monetaria entre naciones o entre grandes comerciantes. Difícilmente un siervo podía manejar esa cantidad. Un denario, en cambio, era la paga de un día. O sea que es enorme la diferencia entre una deuda y otra. Desconcierta que el beneficiario de tamaño perdón no sea capaz de perdonar a quien le debe el sueldo de unos meses; ni siquiera que sea capaz de darle un plazo.

Es que a Jesús le interesa hacer caer en la cuenta de la inmensa diferencia entre el perdón de Dios para todos y el perdón que podemos dispensar nosotros, aunque nos parezca enorme y se nos haga cuesta arriba. El amor de Dios para con nosotros es inconmensurable, pero tan callado que muchas veces ni nos damos cuenta. Y su amor no quedó en darnos la vida y un mundo donde habitar junto a otros, sino que, viendo nuestra rebeldía, envío nada menos que a su Hijo único. Como dice Juan: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Jn 3, 16)

Este amor de Dios debiera generar en nosotros una gran capacidad y disposición para realizar acciones liberadoras estimuladas por la misericordia, acciones de perdón sin darle tanta vuelta a las consideraciones de si conviene, si el otro se lo merece, si vale la pena etc. (Cf Salazar, Preach this week)


MÁXIMA
Perdona siempre


En nombre de Jesucristo, que se llama el Dios de la paz, en nombre de Jesucristo se los ordeno: Pongan a los pies de este altar sus resentimientos; ámense unos a otros como hermanos, como miembros de una misma familia; que los dulces lazos de caridad acerquen sus corazones y hagan de ellos un solo corazón en Jesucristo. Estén llenos de indulgencia unos con otros. ¡Oh, Dios mío! ¿Quién no necesita indulgencia para sí mismo? (Sermón buscando restablecer la paz en una parroquia)

Perdónanos, Señor,
si venimos a tu altar
y decimos que te amamos
sin amar a los demás.

Perdónanos, Señor,
nuestra falta de humildad,
nuestra falta de servicio
y por no ser signos de paz.

Perdónanos, Señor,
por juzgar a los demás,
cuando abrimos nuestros labios
y sólo brota la maldad.

Perdónanos, Señor,
cuando el odio puede más
y buscamos la venganza
antes que la caridad.

Perdónanos, Señor, hemos fallado.
Te pedimos, cambia nuestro corazón,
porque sólo con tu Espíritu podremos
hacer vida tu mandato del amor.
Nos pides perdonar pues, perdonando,
sólo así el perdón podemos alcanzar.
Es por eso, nuestro Dios,
hoy te rogamos,
nos bendigas con el don de perdonar.

Perdónanos, Señor,
por dejarnos arrastrar
por la ira y lastimamos
a los que queremos mal.

Perdónanos, Señor,
nuestra falta de bondad,
nuestra falta de paciencia,
comprensión y caridad.

Perdónanos, Señor,
si vivimos sin actuar,
por dejar abandonados
a los que sufren soledad.
Por no ver que estás ahí
en los que no tienen pan,
por ser tan indiferentes
en toda la caridad.

Perdónanos, Señor,
porque toca nuestra fe,
por dudar de tu Palabra,
por dudar de tu poder.

Perdónanos, Señor,
por nuestra inconformidad,
por no ser agradecidos
por la vida que nos das.


MAXIMILIANO MARÍA KOLBE (1894-1941) fue un fraile franciscano conventual polaco que murió voluntariamente en lugar de otro prisionero en el campo de concentración de Auschwitz. Fue un activo promotor de la veneración al Inmaculado Corazón de María. Fundó y supervisó la Ciudad de la Inmaculada, un complejo religioso cerca de Varsovia, con un monasterio, un seminario, una editorial y una estación de radioaficionados. Fue misionero en China, Japón e India. Luego regresó a Polonia, donde en 1941 fue arrestado. Cuando en julio de ese año un prisionero se escapó, 10 presos fueron condenados a morir de hambre. El padre Kolbe pidió morir por Franciszek Gajowniczek, argumentando que tenía hijos que cuidar. Fue canonizado por el papa San Juan Pablo II en 1971.