Jueces 2, 11-19Salmo 105, 34-37. 39-40. 43
Se le acercó un hombre y le preguntó: Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?Jesús le dijo: ¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno sólo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos.¿Cuáles?, preguntó el hombre.Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.El joven dijo: Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.
El Evangelio no nos dice el nombre de ese joven, lo que sugiere que puede representar a cada uno de nosotros. Además de poseer muchos bienes, parece estar bien educado e instruido, y también animado por una sana inquietud que le impulsa a buscar la verdadera felicidad, la vida en plenitud. Por eso se pone en camino para encontrar una guía autorizada, creíble y fiable. Encuentra esa autoridad en la persona de Jesucristo y por eso le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” Pero el joven piensa en un bien que se puede ganar con su propio esfuerzo…Para ayudarlo a acceder a la fuente del bien y de la verdadera felicidad, Jesús le indica la primera etapa que debe recorrer, que es aprender a hacer el bien a los demás: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Jesús lo devuelve a la vida terrenal y le muestra el camino para heredar la vida eterna, es decir, el amor concreto al prójimo. Pero el joven responde que siempre lo ha hecho y que se ha dado cuenta de que no basta con seguir los preceptos para ser feliz. Entonces Jesús posa en él una mirada llena de amor. Reconoce el deseo de plenitud del joven en su corazón y su sana inquietud que le lleva a buscarla; por eso siente ternura y cariño por él.Le propone entonces un segundo paso a dar, el de pasar de la lógica del “mérito” a la del don: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo”. Jesús cambia la perspectiva: lo invita a no pensar en asegurarse el más allá, sino a darlo todo en su vida terrenal, imitando así al Señor. Es la llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas, al amor gratuito y total. Jesús le pide que deje todo lo que lastra el corazón y obstaculiza el amor. Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo sino un hombre libre y rico en relaciones. Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten sólo en una cosa entre otras. Nuestro tener demasiado y querer demasiado sofocan nuestro corazón y nos hacen infelices e incapaces de amar.Finalmente, Jesús propone una tercera etapa, la de la imitación: “¡Ven! Sígueme”… Seguir a Cristo no es una pérdida, sino una ganancia incalculable. Ese joven rico, sin embargo, tiene su corazón dividido entre dos amos: Dios y el dinero. El miedo a arriesgarse y a perder sus posesiones lo hace volverse a casa triste…Amigos, también a cada uno de ustedes Jesús les dice: «¡Ven! Sígueme». Tengan la valentía de vivir su juventud encomendándose al Señor y poniéndose en camino con él. Déjense conquistar por su mirada de amor que nos libera de la seducción de los ídolos, de las falsas riquezas que prometen la vida, pero traen la muerte. No tengan miedo de acoger la Palabra de Cristo y de aceptar su llamada. (Papa Francisco a los jóvenes, 06-08-21)
MÁXIMAAnímate a más
Dios quiere que sea un santo: ésta es la voluntad de Dios, la santificación. Ahora bien, yo no puedo llegar a ser santo más que en la medida que imite a Jesucristo y que ponga fielmente en práctica las verdades que él me ha enseñado, y las virtudes de las que me ha dado ejemplo. Tomo pues la resolución sincera de esforzarme, en el futuro, con la ayuda de la gracia, en ser humilde, dulce, paciente, obediente, casto, resignado como él. Y lo mismo que él se ha ofrecido totalmente por mí al Padre, quiero darme a él sin reservas ni compromisos. Dios quiere que yo sea un santo y yo también quiero serlo al precio que sea. (Sermón sobre la perfección, 1839)
Hace tiempo, tu Señor, en gran silencioescuchaste mis anhelos y proyectos.Mi camino lo creía definido,muy seguro avanzaba yo sin Ti.Pero un día tú rompiste el silencio,Tu palabra mis proyectos cuestiono.Me dijiste: dame espacio en tu vida;muchos planes he pensado para ti.Habla, Señor,Dime Tú lo que has pensado.Necesito oír tu voz y parecer.He tratado de hacer solo mi vida.Hoy quiero fundarla en tu querer.Tu palabra hoy me hizo despertar.Una profesión no es todocuanto debo ambicionar.Eso es bueno, me dijiste,pero quiero tus talentos,que al nacer yo puse en tilos dispongas, desde ahora, a servir.Me expresaste: Un apóstol yo te haréy en tu boca mi palabra yo pondré.Tú serás del perdido, la esperanza,del lejano, cercanía de mi amor.Quiero, Señor, hacer mío tu deseo.He llegado a comprender quién eres Tú.Agradezco que en mí, Tú te fijaras.Yo contigo quiero siempre caminar.