San Bernardo de Claraval

Jueces 9, 6-15
Salmo 20, 2-7

Jesús dijo a sus discípulos: Muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros. Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: «¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?» Ellos les respondieron: «Nadie nos ha contratado». Entonces les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña».
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: «Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros».
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: «Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada».
El propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?»
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.

En la página del Evangelio de hoy encontramos la parábola de los jornaleros, que Jesús cuenta para comunicar dos aspectos del Reino de Dios: El primero, que Dios quiere llamar a todos a trabajar para su Reino; el segundo, que al final quiere dar a todos la misma recompensa, es decir, la salvación, la vida eterna.

La parábola cuenta de un hombre que al finalizar la jornada, paga a todos lo mismo, aún a los que habían trabajado pocas horas. Naturalmente, los obreros que fueron contratados al principio se quejan, porque ven que son pagados de igual modo que aquellos que han trabajado menos. Pero el jefe les recuerda que han recibido lo que había estado pactado; si después él quiere ser generoso con otros, ellos no deben ser envidiosos.

En realidad, esta «injusticia» del jefe sirve para provocar, en quien escucha la parábola, un salto de nivel, porque aquí Jesús no quiere hablar del problema del trabajo y del salario justo, ¡sino del Reino de Dios! Y el mensaje es éste: en el Reino de Dios no hay desocupados, todos están llamados a hacer su parte; y todos tendrán al final la compensación que viene de la justicia divina —no humana, ¡por fortuna! —, es decir, la salvación que Jesucristo nos consiguió con su muerte y resurrección. Una salvación que no ha sido merecida, sino donada, por la que «los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos» (Mt 20, 16).

Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar y fascinar por los «pensamientos» y por los «caminos» de Dios que, como recuerda el profeta Isaías no son nuestros pensamientos y no son nuestros caminos (cf Is 55, 8). Los pensamientos humanos están, a menudo, marcados por egoísmos e intereses personales y nuestros caminos estrechos y tortuosos no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor. Él usa la misericordia, perdona ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad que vierte sobre cada uno de nosotros, abre a todos los territorios de su amor y de su gracia inconmensurables, que sólo pueden dar al corazón humano la plenitud de la alegría.

Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de aquel jefe: la mirada con la que ve a cada uno de los obreros en espera de trabajo y les llama a ir a su viña. Es una mirada llena de atención, de benevolencia; es una mirada que llama, que invita a levantarse, a ponerse en marcha, porque quiere la vida para cada uno de nosotros, quiere una vida plena, ocupada, salvada del vacío y de la inercia. Dios que no excluye a ninguno y quiere que cada uno alcance su plenitud.


MÁXIMA
Dios es puro amor


Podemos llamarlo con el dulce nombre de Padre; y como él es nuestro padre, como somos de su raza, siguiendo la expresión enérgica de San Pablo, todos sus bienes son, por lo tanto, nuestros; su herencia es nuestra; tenemos derecho a ello; Tenemos la seguridad de que este magnífico legado no puede ser quitado mientras sigamos siendo verdaderamente sus hijos. (Renovación de las promesas del Bautismo, S.III, 135)

¿Cómo contarle  a mi gente
que sos el Dios de la vida,
que no estás con nosotros
jugando a la escondida?
¿Cómo contarle a mi gente
que respetás firmemente
la libertad que nos diste
y así vivir plenamente?
 
¡Parece mentira, Padre,
cómo te hemos usado!
Vos te hiciste cercano
y nosotros te alejamos.
¡Parece mentira, Padre,
cómo te hemos usado
para ocultar nuestros miedos
y oprimir tantos hermanos!

Si sos como la tierra
que sostiene nuestra vida.
Te buscamos en el cielo
y estás en cada esquina.
 
¿Por qué nos cuesta tanto,
Padre, aceptar con humildad
esta humanidad que somos,

tierra que anda en libertad?
 
¿Cómo contarle a mi gente
que no marcás el destino
y no estás repartiendo,
por todos lados premios y castigos?
¿Cómo contarle a mi gente
que no sos un gran mago,
sino que estás con nosotros
luchando mano a mano?
 
¡Parece mentira, Padre,
como te hemos usado!
para sembrar tanto odio
si en tu Nombre hemos matado.
¡Parece mentira, Padre,
como te hemos usado!
para echarte la culpa
y nunca hacernos cargo.
 
Si sos como el viento
soplando en todos lados,
alentando este sueño
de un mundo más humano.

¿Por qué nos cuesta tanto,
Padre, aceptar con humildad
esta humanidad que somos

tierra que anda en libertad?

¿Cómo contarle a mi gente
que no nos vas probando?
Porque confías en nosotros
están tus huellas en mi barro.
¿Cómo contarle a mi gente
que siempre te estás filtrando?
que estás en cada mirada,
en cada gesto, en cada abrazo.
 
¡Parece mentira, Padre
cómo te hemos usado!
hemos creado un ídolo
tomando tu Nombre en vano.
¡Parece mentira, Padre
cómo te hemos usado!                  
para crear jerarquías
y divisiones entre hermanos.
 
Si sos como el agua,
que tanto necesitamos;
venís a nuestro encuentro
en Jesús, tan humano.


Bernardo de Fontaine (1090-1153), conocido como BERNARDO DE CLARAVAL, fue un monje cisterciense francés, abad de la abadía del mismo nombre. Con él la Orden del Císter se expandió por toda Europa y ocupó el primer plano de la influencia religiosa. Participó en los principales conflictos doctrinales de su época y se implicó en los asuntos importantes de la Iglesia. A los 23 años, en el año 1113, ingresó como novicio en la Orden del Císter, acompañado por varios parientes y amigos. A los pocos años fue enviado a fundar el convento de Claraval donde ejerció como abad hasta el final de su vida. Fundó 68 monasterios, contribuyó a la veneración de María y fue clave para la fundación de la Orden de los Templarios. Fue un gran predicador, realizando numerosos viajes misioneros. Fue uno de los que organizó la segunda cruzada, que terminó en un rotundo fracaso. En 1174 el papa Alejandro III lo canonizó y en 1830 fue declarado doctor de la Iglesia.