San Felipe Benizio


Rut 2, 1-3. 8-11; 4, 13-17
Salmo 127, 1-5

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen.
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludamos en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen «padre», porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco «doctores», porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

Jesús rechaza de forma terminante todo lo que sea vanidad, orgullo, ambición, deseos de situarse por encima de los demás. Miserias humanas que se manifiestan en vestimentas, honores públicos, puestos de preferencia y privilegios, títulos, y distinciones, lo que es más grave en los hombres que pretenden representar el Evangelio de Jesús.
Es indudable que Jesús detesta que quienes pretenden ser líderes en la comunidad, se aprovechen de semejantes formas de conducta pública, basados en la idea de que así representan con más autoridad a Jesús de Nazaret.
Es verdad que decir esto no es agradable. Pero, si no decimos ni esto, entonces borremos este capítulo del Evangelio. Acojamos el legado que nos ha dejado el Papa Francisco, que, con su estilo de relaciones, su magisterio y testimonio, ha mostrado que es posible.


La conducta del padre me indignó aún más que todo lo demás. La señorita Le Breton ni siquiera se dignó responderme una palabra. ¡Y los hombres que lanzaron con mano impía, pensamientos de apostasía al corazón de esta pobre muchacha, los hombres que le aconsejan que rompa toda relación con el superior, a quien ella ha jurado obediencia, celebran la Santa Misa tranquilamente todos los días! Hay algo del infierno en todo esto: tal ceguera es sobrenatural y es una punición clara de Dios. (Al Padre Ruault, 30-05-1835)

Basta de preguntarse por la vida,
basta de quererla comprender.
Tan sólo has de meterte en ella
y descubrirte
en la grandeza de su sencillez.

En un beso, una caricia,
en el agua por los pies,
en el olor a unas tostadas,
la mirada de un bebé.

Sal de ti, que todo te afecte,
ríe, duerme, sufre, siente.
No te das cuenta,
vive el presente.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Basta de compararse con el otro,
basta de no amarse en el caer.
Tan solo has de ser tú y si me dejas
me volverás a ver.

En la canción de una sonrisa,
en las arrugas de la piel,
en el blanco de la nieve,
en el hambre y en la sed.

Sal de ti, que todo te afecte.
Llora, quiere, grita, calla.
No te das cuenta, la vida pasa.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Son los fracasos de una vida entregada
sin los límites del tiempo y del espacio,
lo que irá transformando tu existencia
en una plenitud enamorada.

Es tan sencillo, es muy sencillo, muy sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que todo un Dios parezca ser un pan.
Que nuestro Dios se haga aquí presente,
convirtiendo el ahora en toda la eternidad.

¡Un, dos, tres!


FELIPE BENIZIO (1233-1285) fue un religioso toscano, presbítero y superior general de la Orden de los Servitas. Provenía de una familia noble y estudió en París y Padua, donde se doctoró. Fue ordenado sacerdote en 1258 y muy pronto asumió cargos de responsabilidad en la Orden. Se cuenta que cuando su nombre figuró como sucesor del papa, huyó y se escondió en una cueva. Fue comisionado por el papa para buscarle solución a las peleas entre güelfos y gibelinos. Murió con fama de santo en Todi. Fue canonizado por el papa Clemente X en el año 1671.