Natividad de la Virgen María


Novena anual por la beatificación de Juan María

Tema 9º día: EUCARISTÍA
Lema: Un encuentro con Jesús

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Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel», que traducido significa: Dios con nosotros.

Todo nacimiento es fuente de alegría. Si, además, somos conscientes de que la vida es un regalo que recibimos de Dios, el corazón se llena de agradecimiento. Dios nos llama a la vida, con el sueño de hacernos participar de su misma vida, hasta disfrutar de ella eternamente.
Si esto es así en cualquier nacimiento, la Iglesia celebra de manera especial la fiesta de la Natividad de la Virgen María. Ella, a quien el ángel llama «llena de gracia», es decir, llena del amor de Dios, es el espejo en el que nos podemos ver todos.  Todos estamos llenos de Dios, de su amor, de su gracia.

En María vemos claramente cómo todos venimos a este mundo con una misión.  Ella, la de ser la madre de Jesús, misión muy delicada, ya que tuvo que aceptar llevarlo en su seno, corriendo el riesgo de ser apedreada.  Además, la responsabilidad de educarlo, de enseñarle las pequeñas y grandes cosas de la vida. Una misión llevada siempre en segundo plano, de manera oculta. Y, sin embargo, de cuánta trascendencia. Su mérito fue poner toda su vida al servicio de Dios, escuchar sus llamadas, seguir su voz, muchas veces sin entender lo que estaba pasando. María guardaba todo en su corazón con la confianza de saberse en manos Dios, que es quien conduce la historia.

Aprendamos de su sí, de su entrega, de su confianza. Hagamos de nuestra vida un sí. Celebremos su cumpleaños con esta consciencia y agradecimiento, la consciencia de haber sido llamados a la vida para una misión, colaborar con Dios en la felicidad de sus hijos queridos. (Jacqueline Rivas, Hesed)

En María se encarnó la Palabra de Dios que trajo la salvación al mundo.
Salvando las distancias, en Juan María germinó la semilla menesiana y surgió este árbol bajo el cual se cobijan tantos niños y jóvenes.


Recordando mis propias necesidades, aprovecho esta ocasión para pedir a los chicos que van a tener la dicha de hacer la comunión el 8 de septiembre, en el que se celebra la fiesta de la natividad de la Santísima Virgen, que la hagan a mi intención. Es el día de mi nacimiento y de mi bautismo, no me nieguen, queridos niños, esta muestra de interés y de afecto. Yo hago lo que puedo para ayudarlos a ser santos, lo que siento es no poder hacer más. Ayúdenme a santificarme. Pidan al buen Dios que me dé fuerzas, ánimo, las luces que me hacen falta en el puesto en que Él me ha puesto, del cual soy indigno y que soy muy poco capaz de cumplir. Pídanle que me perdone las faltas de las que me hecho culpable a lo largo de mi corta vida, que me parece ya muy larga, para que cuando llegue el momento en que me presente delante de Él para darle cuenta, tenga piedad de mi pobre alma según su gran misericordia. (Renovación de consagración, 1809)

Queremos seguir tus huellas,
caminar por tus caminos,
sembradores de estrellas,
y norte de lo divino.

Desde la infancia tu mirada se pobló,
de urgencias, mares, primaveras y de sed,
son muchas sombras que llenar del sol de Dios,
así pensaste, Juan María la Mennais.

Amor ardiente, la esperanza vertical,
el pulso tenso, siempre indómita la fe,
proa al futuro y a sembrar de fuego el mar,
tal navegaste, Juan María la Mennais.

Como familia que se anuda en el amor,
honda la entrega y soterrada en sencillez,
los ojos altos, la mirada en «Sólo Dios»
tal nos soñaste Juan María la Mennais.

Extenderemos tu palabra germinal,
combatiremos sin jamás desfallecer,
seremos yunque, hoguera, viento, manantial,
como tú fuiste Juan María la Mennais.

La fiesta de la Natividad de la Virgen María, recuerda el nacimiento de la Madre de Jesús. La Iglesia la celebra porque con su nacimiento comienza a cumplirse el plan de salvación: María será la elegida para dar al mundo al Salvador.
No se conocen datos históricos exactos sobre el día y lugar de su nacimiento, sólo que sus padres se llamaban Joaquín y Ana. La tradición cristiana conmemora con alegría su nacimiento, pues su vida es signo de esperanza y de la cercanía de Dios. Esta fiesta invita a agradecer el don de María y a imitar su fe, humildad y disponibilidad al plan divino.

En la intimidad de la Última Cena, Jesús expresa un deseo profundo: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes” (Lc 22,15). No se trata sólo de un ritual. Es el momento en que el amor se vuelve pan, en que la entrega se hace alimento, en que la presencia se hace eterna. Cada vez que celebramos la Eucaristía, actualizamos ese encuentro: Cristo se nos da entero, se parte y se reparte para habitar en nosotros. Nuestro fundador nos recuerda que comulgar no es sólo un gesto exterior, sino una transformación interior: unir nuestro espíritu al suyo, dejar que sus pensamientos vivan en nosotros, y hacer que sea Él quien vive en nuestro corazón. En este día de la novena, que el misterio de la Eucaristía nos renueve en la fe y en la misión, y que este encuentro con Jesús sea fuente de comunión, de entrega generosa y de amor transformador.

He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios» Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

La eucaristía como encuentro profundo con Jesús y alimento de nuestra fe. La Misa es la actualización de la Última Cena, donde Cristo mismo se nos da como alimento y se entrega por amor.

¿Qué es comulgar? No es sólo unir nuestro cuerpo al cuerpo sagrado de nuestro Salvador, es también unir nuestro espíritu a su espíritu, nuestra alma a la suya. Ahora bien, esta unión no puede tener lugar nada más que cuando entramos en los sentimientos de Jesucristo, es decir, en la medida en que sus juicios sean nuestros juicios, sus pensamientos nuestros pensamientos, sus deseos nuestros deseos; de modo que ya no seamos nosotros quienes vivamos, sino que sea Él quien vive en nosotros” (S II 473)

«Querido Jesús, gracias por estar con nosotros en la Eucaristía. Ayuda a que podamos encontrarte en el pan y el vino, y que nuestra fe se fortalezca con tu presencia.
Tú eres el pan que se parte y se comparte, y nos enseñas a hacer lo mismo con los demás. Ayuda a que seamos también pan para los que nos rodean, compartiendo nuestro amor y nuestra compasión con quienes lo necesitan.
En la comunión, queremos unirnos a ti de manera especial. Ayuda a que podamos sentir tu presencia en nuestros corazones y que nuestra unión contigo sea cada vez más fuerte.
Queremos ser uno contigo, Jesús, y vivir en común unión con todos los que te aman. Amén.»