San Nicolás de Tolentino

Colosenses 3, 1-11
Salmo 144, 2-3.10-13b

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:
¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!

¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas.
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!

Jesús abre nuestros ojos a la realidad. Estamos llamados a la felicidad, a ser bienaventurados, y lo somos desde el momento en que nos ponemos de la parte de Dios, de su Reino, de la parte de lo que no es efímero, sino que perdura para la vida eterna. Nos alegramos si nos reconocemos necesitados ante Dios, y esto es muy importante: “Señor, te necesito”, y si como Él y con Él estamos cerca de los pobres, de los afligidos y de los hambrientos. Nosotros también lo somos ante Dios: somos pobres, afligidos, tenemos hambre ante Dios. Somos capaces de alegría cada vez que, poseyendo los bienes de este mundo, no los convertimos en ídolos a los que vender nuestra alma, sino que somos capaces de compartirlos con nuestros hermanos.

Las Bienaventuranzas de Jesús son un mensaje decisivo, que nos empuja a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales y pasajeras, a no buscar la felicidad siguiendo a los vendedores de humo —que tantas veces son vendedores de muerte—, a los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza.

El Señor nos ayuda a abrir los ojos, a adquirir una visión más penetrante de la realidad, a curarnos de la miopía crónica que el espíritu mundano nos contagia. Con su palabra paradójica nos sacude y nos hace reconocer lo que realmente nos enriquece, nos satisface, nos da alegría y dignidad. En resumen, lo que realmente da sentido y plenitud a nuestras vidas.

¡Qué la Virgen María nos ayude a escuchar este Evangelio con una mente y un corazón abiertos, para que dé fruto en nuestras vidas y seamos testigos de la felicidad que no defrauda, la de Dios que nunca defrauda! (P. Francisco, 17 de febrero 2019)


La verdadera felicidad sólo está en Dios, en nuestra unión con él, en la eterna contemplación de sus atributos y de su gloria. (Sobre el fin último)

Felices aquellos, los de puro corazón,
los que en cada mañana te sonríen con pasión
y te dicen, mirándote con gozo:
«Tenga usted un día hermoso
más amable, más dichoso».

Felices los de limpio mirar,
que no saben de envidias,
los de nunca condenar,
los que nunca te cargan de tristeza
ni te enrostran tu pobreza,
que conocen tu belleza.

Felices los que nunca descansan
en la lucha por la paz,
una paz verdadera, de justicia y libertad;
los que entregan su vida sin medida
por un mundo sin heridas,
sean felices cada día.

Felices los que buscan verdad,
los que luchan por dar
a cada hombre dignidad;
los que al miedo salvaje dan derrota,
dan su sangre gota a gota
y en la tierra son semilla que brota.

Felices los que dicen: «hermano»
con nobleza y sin doblez;
los que saben que el barro
se ha pegado a nuestros pies;
que conocen la pena más profunda,
la alegría donde abunda
y la entrega más fecunda.

Felices los que olvidan tu error
y te saben distinto
y te abrazan sin rencor,
porque ven que tu corazón palpita,
que en tu alma siempre habita
algún sueño que se agita.

Felices los que saben sufrir junto
a tu lado en el dolor
y te dan una mano
que te aprieta con calor;
los que nunca se ríen de tu llanto,
porque sólo un nuevo canto
es su alegría y su encanto.

Felices
los de gran corazón,
que comparten la vida,
regalando un nuevo don;
Y te dan de su pan
y te dan de beber
y a su mesa te sientan
y te llaman hermano.


NICOLÁS DE TOLENTINO (1245-1305) fue un fraile agustino italiano, conocido por su vida de oración, austeridad y caridad hacia los pobres. Nació en Sant’Angelo, ingresó joven a la Orden de San Agustín y se distinguió por su humildad y celo pastoral. Fue predicador y confesor muy buscado, dedicando su vida a la reconciliación de los pecadores y a la atención de los necesitados. Se le atribuyen numerosos milagros, tanto en vida como después de su muerte. Murió en Tolentino y fue canonizado en 1446, siendo considerado patrono de las almas del purgatorio.