Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.Pero ellos no entendían estas palabras; su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.
Fue la segunda vez que Jesús habló de su pasión. Ellos tenían tanto miedo que no se atrevían a preguntarle sobre el tema. Es que ayer como hoy hablar de muerte asusta. En la vez anterior, para animarlos, subió con tres de ellos a un monte y se manifestó glorioso. Luego expulsó un demonio con el que nadie podía, demostrándoles todo su poder. Pero de allí a aceptar que el gran maestro muriese de mala manera, había mucho trecho.Pedro se había negado rotundamente a aceptarlo y por eso Jesús lo llamó ‘satanás’, el tentador. Tenía miedo. Jesús también tenía miedo. Llegó a sudar sangre en Getsemaní y a rogar al Padre no tener que pasar por el dolor. No era un superhéroe que las tiene todas consigo. Él sabía lo que le sucedería. Todos tenían miedo a la cruz.Y nosotros tanto como ellos. Nos cuesta aceptar el dolor en nuestra vida. Lo vemos como un compañero absurdo del camino. En que con él tocamos el misterio, lo que nos trasciende y no le encontramos explicación alguna. La razón no llega, pero sí la fe, que nos da la certeza de que Dios saca vida de él. Jesús varias veces habla de la cruz, de aceptarla y seguirlo con ella al hombro. No nos dice que nos sacará las cruces, que el dolor desaparecerá del mundo. Al contrario, le da un sentido redentor: A través de la cruz, nos salva. Parece muy simple, pero cuando nos toca, nos resistimos a aceptarlo.
Sin duda tendremos que sufrir en estas pruebas; ¡Bendito sea Dios! Después de todo, somos los discípulos de ese Jesús que ha vivido pobre, que fue humillado y condenado al suplicio de la cruz. Considerémonos pues, felices cuando Dios nos llama a llevar la imagen de su divino Hijo traicionado, ultrajado, crucificado; no vivamos más que de la fe pura, no toquemos la tierra más que con nuestros pies; que nuestros corazones se eleven y levantémonos hasta el cielo. (Apertura de un retiro a los Hermanos)
Siendo Dios fuiste tan humilde;hombre tú te hiciste,traicionado y rechazado.Siendo Dios tomaste mi lugar,cargaste en tus hombrosmis heridas y pecados.Fue por mí. Te entregastepara darme vida nuevay rescatarme.Al contemplarte en la Cruz,al contemplar tanto amor,no puedo más que adorarte,mi vida entregarte.