26º Domingo durante el año

Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan».
«Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí».
El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento».
Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen».
«No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán».
Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».

«Jesús no quiere tomar posición frente al problema de ricos y pobres, tampoco quiere dar una enseñanza sobre la vida después de la muerte, sino que narra la parábola para advertir de la catástrofe inminente a las personas que se parecen al rico y a sus hermanos.
El pobre Lázaro es, por consiguiente, sólo una figura secundaria, una figura de contraste. Se trata de los seis hermanos y no se debería llamar la parábola ‘del hombre rico y del pobre Lázaro’, sino la parábola ‘de los seis hermanos’. Los hermanos supervivientes, que hacen juego con los hombres de la generación del diluvio, que gozaban de la vida, despreocupados, sin oír el mugido del diluvio que se acercaba (Mt 24, 37-39), son hombres de este mundo como su hermano difunto. Como éste, viven en un egoísmo sin corazón, sordos a la palabra de Dios, porque piensan que con la muerte todo se acaba.
Irónicamente Jesús ha sido objetado por tales escépticos hombres mundanos, que, si han de tomar en serio su amenaza, les tiene que presentar pruebas tangibles de una vida tras la muerte. Jesús quisiera abrirles los ojos, pero cumplir su petición no sería el buen camino. Un milagro no tendría sentido; aun el mayor milagro, una resurrección de entre los muertos sería en vano. Pues quien no se inclina ante la Palabra de Dios, tampoco será llamado a la conversión por un milagro”. (Jeremías, J.)

Al educar, nuestra voz ha de convertirse en voz profética, debemos pedir la gracia de «sentir» la injusticia social, la exclusión de los débiles, la herida sangrante del pecado estructural, con la misma fuerza con la cual Dios la siente. Tal es la hondura de los profetas: ellos están cercanos a la forma de conmoverse de Dios, han sentido con el corazón mismo de Dios, han penetrado en las mismas entrañas de Yahvé.

El pobre es una realidad sacramental, un signo de la presencia de Jesús, un ‘lugar teológico’ (revelación de Dios), en el pleno sentido de la expresión: “A partir del evangelio no es ya el hombre quien mendiga, sino Jesucristo que pide y recibe: Cristo es quien pide limosna en la necesidad de los pobres (Salvien)” (S.IX.p.2592)

El juicio definitivo que nos relata el Evangelio está fuertemente marcado en los escritos de Juan María de La Mennais: “En el último día se dirá a aquellos que no han practicado la misericordia con sus hermanos: no han traído aquí ningún sentimiento de humanidad, no encontrarán ninguno; han sembrado la dureza, la inhumanidad, recogerán las gavillas. Han huido de la misericordia, ella se alejará de ustedes. Han despreciado a los pobres, serán despreciado por Aquel que se ha hecho pobre por amor a ustedes”. (S IX.p.2586)

Juan María era sensible a lo que actualmente se le llama ‘estructura de pecado’: mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, manipulados por la voluntad de los hombres, funcionan de manera casi automática, provocando mayor rigidez de las situaciones de riqueza para unos, y de pobreza para otros.

Entonces, el sujeto ético de nuestro tiempo se concentra en lo siguiente: ¿Se puede considerar como verdaderamente bueno el hombre que acepta, al menos por su pasividad y su silencio, una situación social injusta?
Pues, no ayudar a saciar el hambre, es matar, según la fortísima expresión de los Santos Padres: “Cuando asistes al pobre, no es un favor que le haces sino una deuda que pagas. Estamos pagando una deuda de justicia al hacer una obra de misericordia (San Gregorio) No dándoles de comer, tú los has matado (San Ambrosio)” (S IX.p.2592)

Como el profeta Amós, Juan María ve en la injusticia social no tanto un problema humano, económico, sino una lesión teológica: Es Dios quien es maltratado: «La razón pesa en sus frías balanzas el trozo de pan que arroja al pobre. Dice: ‘Es suficiente para que no se muera. ‘Añade la blasfemia del corazón a la blasfemia del pensamiento.» (Memorial 55-56)

Hay un verdadero crecimiento, en cada uno y en todos, cuando se pasa de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas. Y este pasaje a condiciones más humanas se realiza por la expansión de conocimientos, la adquisición de la cultura y, especialmente, por la fe.

Juan María presentará frecuentemente la imagen del pan que nos piden los niños y los jóvenes, en sus diferentes formas: pan – pan, pan – cultura, pan – Dios.
«Si de oriente a occidente tantas poblaciones alzan su voz y nos dicen: apresúrense a anunciarnos la buena nueva de la salvación; porque tenemos hambre y sed de ella, seremos dóciles a sus enseñanzas, no trabajarán en vano por nosotros; y si sentimos el dolor de no poder distribuirles el pan de la instrucción a tantos desgraciados que están privados de él, y que nos lo piden ¿de quién es la culpa? ¿Quién llevará ante Dios esta terrible responsabilidad? ¿No serán aquellos a los que, habiendo sido escogidos, señalados, nombrados por Dios, para extender su reino, para ser instrumentos de su misericordia y que, si se puede hablar así, han arrojado al viento su vocación divina, como una cosa de ningún valor, y no tendrán pues que dar ninguna cuenta?» (S VII 2228 –2230)

Personalmente, comunitariamente, institucionalmente, nuestra solidaridad real hacia los oprimidos y nuestra lucha por la justicia, exigen un estilo de vida pobre y la actitud del compartir. Pero también exige una espiritualidad enraizada en los lazos con el prójimo.
Ante la tentación, siempre presente, de una fuga-evasión individualista, nuestro Padre Fundador insistirá en los ‘lazos’ con los otros, en la convicción que nuestra salvación depende de la de los otros, del compartir nuestro tiempo, bienes, talentos, toda nuestra vida con los otros: La salvación de un Menesiano, como la de un sacerdote, está ligada a los demás; cuando al final de nuestros días, estemos allí, delante del supremo tribunal, ¿cuál serán nuestras excusas si vemos caer en desgracia a uno solo de los que hubiéramos podido salvar por nuestros caritativos cuidados y por el esfuerzo de nuestro celo? (S VII  2229)

Jesús y los pobres:
El vínculo es tal que llega a la identificación: lo que le hiciste a uno de mis hermanos a mí me lo hiciste. Jesús no se identifica con el rico, sino con el pobre, con el que necesita, con el que padece, con el que es víctima. Dios está del lado del que menos tiene. Dios no es parcial. Dios prefiere a los pobres. ¿Cuál es mi relación con los que menos tienen?

Jesús y los ricos:
Come con ellos, habla con ellos, los invita al seguimiento, les habla y los invita a tengan una mirada inclusora con los más pobres. Les advierte los riesgos que corren cuando las riquezas les ganan el corazón y que es imposible servir a dos señores. ¿Quién es tu Señor?


Uno no tiene nada que dar al miserable a quien falta de todo, y uno no rehúsa nada a su sensualidad, a sus placeres, a sus caprichos; se gasta sin medida, se juega con el oro y este oro es la sangre de los pobres. (S.IX p.2593)

Cuando el pobre nada tiene y aún reparte,
cuando un hombre pasa sed y agua nos da;
cuando el débil al hermano fortalece:
¡va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando sufre un hombre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar;
cuando amamos, aunque el odio nos rodee,
¡va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando crece la alegría y nos inunda,
cuando dicen nuestros labios la verdad;
cuando amamos el sentir de lo sencillo:
¡va Dios mismo en nuestro mismo caminar!

Cuando abunda el bien y llena los hogares,
cuando un hombre donde hay guerra pone paz;
cuando hermano le llamamos al extraño:
¡va Dios mismo en nuestro mismo caminar!