Santa Teresa del Niño Jesús

Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: ¡Te seguiré adonde vayas!
Jesús le respondió: Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Y dijo a otro: Sígueme.
Él respondió: Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.
Pero Jesús le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos.
Jesús le respondió: El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.

Jesús sabe que no es fácil acompañarlo en su vida de profeta itinerante. No puede ofrecer a sus seguidores la seguridad y el prestigio que pueden prometer los letrados de la ley a sus discípulos. Jesús no engaña a nadie. Quienes lo quieran seguir tendrán que aprender a vivir como él.

Mientras van de camino, se le acerca un desconocido. Se lo ve entusiasmado: «Te seguiré adonde vayas». Antes que nada, Jesús le hace ver que no espere de él seguridad, ventajas ni bienestar. Él mismo «no tiene dónde reclinar su cabeza». No tiene casa, come lo que le ofrecen, duerme donde puede.
No nos engañemos. El gran obstáculo que nos impide hoy a muchos cristianos seguir de verdad a Jesús es el bienestar en el que vivimos instalados. Nos da miedo tomarlo en serio porque sabemos que nos exigiría vivir de manera más generosa y solidaria. Somos esclavos de nuestro pequeño bienestar. Tal vez, las crisis económicas nos podrían hacer más humanos y más cristianos.

Otro pide a Jesús que le deje ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. Jesús le responde con un juego de palabras provocativo y enigmático: «Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios».
Estas palabras desconcertantes cuestionan nuestro estilo convencional de vivir. Hemos de ensanchar el horizonte en el que nos movemos. La familia no lo es todo, pero tampoco hay que descuidarlo. Hay algo más importante. Si nos decidimos a seguir a Jesús, hemos de pensar también en la familia humana: nadie debería vivir sin hogar, sin patria, sin papeles, sin derechos. Todos podemos hacer algo más por un mundo justo y fraterno.

Otro está dispuesto a seguirlo, pero antes se quiere despedir de su familia. Jesús lo sorprende con estas palabras: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no es apto para el reino de Dios».
Colaborar en el proyecto de Jesús exige dedicación total, mirar hacia adelante sin distraernos, caminar hacia el futuro sin encerrarnos en el pasado.

El papa Francisco nos ha advertido de algo que está pasando hoy en la Iglesia: «Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, sacándonos de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados y egoístas, para abrirnos a los suyos». (José Antonio Pagola – Cómo seguir a Jesús)


Sigue muy firme en tu vocación y no escuches los consejos de los que tratan de desviarte de ella: no basta con haber comenzado bien, hay que perseverar hasta el fin para obtener la corona. Ruega a la Santísima Virgen, pídele mucho desde el fondo del alma, que muestre hoy más que nunca que es tu buena madre, preservándote de toda inconstancia. (Al H. Eleazar, 25 de julio de 1848)

Jesús, te seguiré,
donde me lleves iré.
Muéstrame ese lugar donde vives.
Quiero quedarme contigo allí.

Escuchando tus palabras
algo nuevo nace en mí.
Es que nadie nos había venido
a hablar así.
Ahora veo claro:
La verdad está en ti.

Hoy he visto como se aman
los que viven junto a ti.
Hace tiempo que sediento
había querido amar así,
Ahora siento que tu amor
viene hacia mí.

Hoy he visto a los leprosos sanos
y a los ciegos ver.
Hasta el pan multiplicaste
para darnos de comer.
¡Oh, maestro bueno,
todo lo haces bien!


Santa TERESA DEL NIÑO JESÚS, también conocida como Santa Teresita de Lisieux (1873-1897), fue una joven carmelita francesa. Ingresó al Carmelo a los 15 años y vivió allí con gran sencillez, ofreciendo a Dios los pequeños actos de cada día con un amor inmenso. Llamó a este camino la “pequeña vía”, basada en la confianza y el abandono en el amor de Dios. Murió a los 24 años de tuberculosis, dejando como testimonio su autobiografía Historia de un alma. Fue proclamada doctora de la Iglesia en 1997 por su profunda espiritualidad centrada en el amor.