Los setenta y dos volvieron y le dijeron a Jesús llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.Él les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: ¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!
Este pasaje nos muestra el corazón de Jesús desbordante de alegría y gratitud al Padre. Es un momento íntimo en el que Él reconoce que el misterio del Reino no se revela a los poderosos o autosuficientes, sino a los sencillos, a los pequeños de corazón. Esa elección divina rompe nuestra lógica: Dios no se deja atrapar por el orgullo del saber, del tener y poder, sino que se entrega ante la humildad de la fe confiada. Sólo desde la sencillez podemos recibir la gracia de conocer al Padre y vivir en comunión con Él.Cuando Jesús declara “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”, nos está diciendo que la fe es un privilegio. Muchos antes soñaron con ver al Mesías y no lo vieron; nosotros, en cambio, podemos reconocer su presencia en la Palabra, en la Eucaristía y en la vida de la comunidad cristiana.La invitación de este evangelio es clara: cultivar un corazón pequeño y humilde para acoger a Dios, agradecer el don de la fe que se nos ha regalado, y abrir los ojos a la presencia de Cristo en nuestra vida cotidiana.San Francisco de Asís es un ejemplo de quien vivenció a Dios desde la humildad y el corazón abierto a su bondad.
Exponer nuestras miserias a nuestro Padre que está en los cielos, con humilde confianza. No hacer al rezar, violentos esfuerzos por elevarnos a altas consideraciones; cuando él nos llama y nos atrae, seguir el rastro de su gracia, ir a él con la sencillez de un niño pequeño, que se deja conducir de la mano. (Memorial 18-19)
Hazme un corazón de barro, rompe el corazón de piedra. Dale las vueltas que sean, pero hazlo a tu manera. Dame un corazón sencillo, hazme un corazón como el tuyo. Usa la forma que quieras, pero hazlo igualito que el tuyo. Como quieras, Señor. ¿Cómo quieres que sea? Dale la forma, Jesús. Hazlo a tu manera. Que tenga tu paciencia, tu amor, que tenga tu voluntad; que tenga tu libertad; que reine esa paz con Dios;que tenga lo que me falta, que sobre lo que no tengo. Hazme un corazón de barro. Es todo lo que yo quiero. Que tenga tu sencillez, siempre tan lleno de luz, perdonar como perdonas. Mira qué bien lo haces Tú. Hazme un corazón de niño, un corazón limpio y puro. Dale vueltas con tus manos y hazme un corazón como el tuyo.Hazme un corazón de barro, rompe el corazón de piedra. Dale las vueltas que sean, pero hazlo a tu manera.