Santos Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.
Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret.
El ciego se puso a gritar: Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!
Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran.
Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti?
Señor, que yo vea otra vez.
Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado.
En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios.
Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

El paso de Jesús es el «paso» de la pascua, el inicio de la liberación. Cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Así el ciego, sin dejarse atemorizar, grita más de una vez a Jesús reconociéndolo como el Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, abriría los ojos a los ciegos.

A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Al escucharlo, «Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran» Jesús quita al ciego del borde del camino y lo pone en el centro de la atención de sus discípulos y de la multitud.

Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones complicadas, incluso en situaciones de pecado, como fue precisamente Jesús a tomarnos de la mano y a quitarnos del borde del camino para donarnos la salvación.
Por nuestra vida pasa Jesús; y cuando pasa, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser un mejor cristiano, a seguirlo, a confiar.

Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga?». El Hijo de Dios ahora está ante el ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios, dice: «¿Qué quieres que haga? ¿Cómo quieres que te sirva?». Dios se hace siervo del hombre pecador.

El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es atendido: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Él mostró su fe invocando a Jesús y queriendo encontrarse con Él de todos los modos posibles, y esto le dio como don la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Por ello el relato termina diciendo que el ciego «lo seguía glorificando a Dios» así se convierte en discípulo. De mendigo a discípulo.

También este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos. Siempre tenemos necesidad de salvación y debemos dar el paso: de mendigos a discípulos. El ciego se pone en camino siguiendo al Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel a quien querían hacer callar, ahora testimonia a gran voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y «todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios».
Jesús derrama su misericordia sobre todos aquellos con los que se encuentra: los llama, hace que se acerquen a Él, los reúne, los cura y los ilumina.
Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y sigámoslo alabando a Dios.


Él (Dios) no nos falla nunca; siempre está cerca de nosotros, para iluminarnos, consolarnos, fortalecernos. Si, pues, nos sentimos ciegos, afligidos y débiles, es para que recurramos a él con fe viva y con tierna confianza. (A Amable Chenu)

Al oír una multitud
que pasaba, él preguntó.
Le dijeron: Es el Señor,
Jesús de Nazaret, que pasa por aquí.

Bartimeo clama a gran voz:
¡Ten misericordia de mí!
¡Hijo de David, ten piedad!
Al oír suplicar el Señor lo llamo.

¿Qué quieres que te haga?, él preguntó.
Señor, quiero ver, respondió.
Al instante vio al Salvador
y alabando al Señor, le siguió a Jesús.

El mismo Jesús pasa hoy
para que puedas ver la luz
y salir de la oscuridad,
pues tendrás libertad,
gozo y paz te dará.


Santos Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo fueron 3 jesuitas españoles que dedicaron su vida a la evangelización de los pueblos indígenas del actual Paraguay, Argentina y sur de Brasil durante los siglos XVI y XVII. Su misión se desarrolló principalmente en las Reducciones Guaraníes, un proyecto misionero que buscaba proteger a los indígenas de los abusos coloniales y promover su desarrollo cultural, social y espiritual.
San Roque González de Santa Cruz (1576–1628) Nacido en Asunción, fue el primero en entrar a la Compañía de Jesús. Fue un misionero creativo, cercano a los guaraníes, profundamente respetuoso de su cultura. Fundó varias reducciones como Concepción, Todos los Santos, San Nicolás y Asunción del Ijuí. Su capacidad para dialogar y su santidad personal lo convirtieron en líder natural entre los misioneros. Murió mártir en 1628 en Caibaté, asesinado durante una revuelta promovida por un líder indígena hostil a las misiones.
San Alfonso Rodríguez Olmedo (1598–1628) Originario de Zamora (España), llegó joven a las misiones y trabajó junto a Roque González. Era conocido por su espíritu sereno, su humildad y su dedicación al catecumenado de niños y adultos. Acompañaba a Roque en la fundación de nuevas reducciones. Fue asesinado el mismo día que Roque, también en Caibaté, mientras predicaba.

San Juan del Castillo (1595–1628) Nacido en Belmonte (España) llegó a las misiones un tiempo después que Roque y Alfonso, colaborando especialmente en las reducciones de Yapeyú y Caaró. Cofue asesinado pocos días después que sus compañeros. Los tres misioneros fueron canonizados por san Juan Pablo II en 1988.