Santa Isabel de Hungría

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.
Él les dijo: Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entró cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: Háganlas producir hasta que yo vuelva.
Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: No queremos que este sea nuestro rey.
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más.
Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades.
Llegó el segundo y él dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más.
A él también le dijo: Tú estarás al frente de cinco ciudades.
Llegó el otro y le dijo: Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado.
Él le respondió: Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses.
Y dijo a los que estaban allí: Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más.
¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia.
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

El significado de esto es claro. El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y las monedas son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre, su perdón… en definitiva, tantas cosas, sus más preciosos bienes.
Este es el patrimonio que Él nos confía. ¡No sólo para custodiar, sino para multiplicar! Mientras en el lenguaje común el término «talento» indica una notable cualidad individual – por ejemplo, talento en la música, en el deporte, etcétera –, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos rendir.

El hoyo excavado en el terreno por el «siervo malo y perezoso», indica el miedo del riesgo que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo de los riesgos en el amor nos bloquea. ¡Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte! No nos pide esto Jesús, sino que quiere que la usemos para provecho de los demás. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijese: ‘Aquí está mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y úsalos abundantemente’.
Y nosotros ¿qué hemos hecho con ellos? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos.

Cualquier ambiente, también el más lejano e impracticable, puede convertirse en un lugar donde hacer rendir los talentos. No existen situaciones o lugares excluidos a la presencia y al testimonio cristiano. El testimonio que Jesús nos pide no está cerrado, está abierto, depende de nosotros. (Ángelus de S.S. Francisco, 16 de noviembre de 2014).


No dudo en decírselo, queridos hijos míos, que lo que más temo para ustedes, es que no teman y no se reprochen lo suficiente esa resistencia habitual a la gracia, ese desprecio secreto de los dones de Dios que los hace indignos de ellos… (Obstáculos a los frutos del retiro)

Cuánto amor me das,
cuanto amor recibo de ti:
Fuerzas para andar y para compartir.
Dios nos da cada talento
porque debemos trabajar
para que pueda su Reino
crecer cada día más.
Y aunque a veces siento como
mi talento esta enterrado,
Dios me mira firmemente,
me dice que él esta a mi lado.

Yo le entrego mi talento,
que me llene de su luz.
Todos somos instrumentos,
seguidores de Jesús.

Cuánto amor me das,
cuánto amor recibo de ti:
Fuerzas para andar y para compartir.
Él es sol de mediodía,
él es un nuevo comienzo.
Siento a Dios como camina,
ayudando en el sendero.


ISABEL DE HUNGRÍA (1207–1231) fue una princesa húngara que se destacó por su profunda fe, su amor a los pobres y su vida de caridad. Fue enviada de niña al castillo de Wartburg (Alemania) para casarse con el futuro duque Luis de Turingia. El matrimonio, celebrado cuando ella tenía 14 años, fue feliz y profundamente cristiano; ambos compartían una vida de oración y atención a los necesitados.
Isabel vivió con gran sencillez aun siendo noble. En tiempos de hambre y enfermedad abrió sus graneros, distribuyó pan a los pobres y fundó hospitales.
En 1227 quedó viuda al morir Luis durante una cruzada, y su situación cambió drásticamente. Despojada de bienes y presionada por la familia ducal, aceptó vivir con austeridad voluntaria. Se consagró como terciaria franciscana y dedicó sus últimos años al servicio total de los enfermos más abandonados, fundando en Marburgo un hospital donde ella misma cuidaba a los pacientes.
Murió joven, a los 24 años y fue canonizada apenas cuatro años después, en 1235, por su fama de santidad y caridad heroica. Es patrona de la caridad, de las obras sociales y de la Tercera Orden Franciscana.