Santo Tomás Becket

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.

Simeón no había hecho ninguna promesa para recibir un favor. La promesa se la había hecho Dios a él, pues le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías. Él esperaba con paciencia, pero no imaginaba que lo iba a reconocer en un pequeño niño que venía al santuario en brazos de su madre.

Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron también a él, para cumplir con lo que la ley ordenaba, Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios que había cumplido su promesa y ahora podía morir en paz.

Así como Simeón, necesitamos nosotros también tener ojos de fe para reconocer la presencia del Señor en nuestras vidas. A lo mejor se nos presenta en un niño de brazos, o en una persona necesitada que nos extiende la mano, o en un amigo que quiere escucharnos. Y como María debemos poner a los pies de Dios lo más preciado que tengamos, todo lo que somos, todo lo que soñamos. A José y María se les ha prometido un niño y, ahora que lo tienen, no se lo apropian, no se lo guardan, no se lo quedan… sino que lo llevan al Templo, lo ponen delante de Dios, que es una manera de reconocerle a Dios mismo: todo lo que tenemos es tuyo, no hay nada en nuestra vida, que no reconozcamos que a ti te lo debemos.

Navidad nos presenta una ocasión más que propicia para poner delante de Dios toda nuestra vida, para poner todos nuestros sueños en sus manos, para decirle a Dios “todo es tuyo, a Vos, Señor, te lo acercamos”

Delante del Pesebre, pidamos con Simeón esta Gracia única: la de saber esperar con fidelidad la visita de nuestro Dios, especialmente en los momentos en que Dios no llega, o parece que tarda. Quiera Dios que esta Navidad, el Señor nos encuentre en medio de su Templo, perseverantes en la oración y confiados en que al final, su presencia llegará y colmará de sentido nuestras vidas.


Esta virgen augusta y santa estaba dispensada sin duda de la ley de la purificación. Sin embargo se ha sometido, como las otras mujeres, y olvidado su gloria para no pensar más que a la gloria que el Señor recibiría de su obediencia. Que su ejemplo nos enseñe a ser constantemente fieles a todo lo que Dios pida de nosotros, que no es solamente una parte de nosotros mismos, algunos momentos de nuestra vida, sino todo nuestro corazón, todos nuestros deseos, todas nuestras acciones. No busquemos ningún pretexto para dispensarnos de observar sus preceptos, apresurémonos, por el contrario, a seguir incluso sus consejos dándole así una prueba sin cesar renovada de nuestra sumisión y de nuestra entrega. Dichosos los hombres animados de este espíritu, como el santo anciano Simeón, tienen a Jesucristo entre sus brazos y le pueden decir como la esposa del Cantar de los cantares “tenui eum nec dimittam”, se unen a él, saborean todas sus palabras, no dejan escapar ninguna, las recuerdan en su corazón, hacen de ellas su alimento y su fuerza y no quieren saber nada ni escuchar nada después de haber visto y escuchado a Jesucristo, salvación de Israel” (S 70 E 107)

Llevaron al niño a su tiempo
a ser consagrado en el Templo
según lo que estaba prescrito
en la ley del Señor.
Y entonces en aquel momento
fue un hombre piadoso hasta el Templo
sabía que no moriría sin ver al Señor.
Cuando vio a aquel niño
lo abrazó y bendijo a Dios
y alababa al cielo Simeón:

SEÑOR, SEGÚN TU SANTA PROMESA,
A ESTE SIERVO QUE TE REZA, 
PUEDES DEJAR IR EN PAZ
PORQUE, A TU SALVADOR HE VISTO,
LA LUZ DE LOS PUEBLOS CRISTO,
DE ISRAEL GLORIA SERÁ, GLORIA SERÁ.

Y los padres del niño admirados
bendecidos por aquel anciano
escuchaban como le decía a María algo más:
 “Habrá quienes por él caerán
mientras otros se levantarán
pero a tu corazón una espada lo atravesará”
Y la anciana Ana también dio gracias a Dios
porque vio a Jesús el Redentor.
Y así, volviendo a Galilea,
en Nazareth el Salvador
crecía en bondad y sabiduría
con la gracia de Dios.


Santo Tomás Becket (c. 1118-1170) fue un canciller inglés y luego arzobispo de Canterbury, amigo del rey Enrique II, que se convirtió en un férreo defensor de los derechos de la Iglesia, enfrentándose al monarca por la jurisdicción eclesiástica. Su conflicto culminó con su asesinato en la Catedral de Canterbury en 1170.
Nació en Londres en 1118, de padres normandos, y recibió educación eclesiástica, estudiando derecho en Bolonia y Auxerre. Trabajó para el arzobispo Teobaldo, destacando por su inteligencia y eficiencia, siendo enviado a Roma en misiones importantes. En 1155, el rey Enrique II lo nombró Canciller de Inglaterra, su hombre de confianza, viviendo una vida de poder y riqueza, aunque también generoso con los pobres. En el año 1162 fue nombrado Arzobispo.
Se opuso a las «Constituciones de Clarendon», que buscaban someter a la Iglesia al poder real, especialmente en el juicio de clérigos. Esto derivó en su asesinato. Fue canonizado en 1173 por el Papa Alejandro III por defender la Iglesia frente al poder. Su tumba se convirtió en un importante lugar de peregrinación en Inglaterra hasta su destrucción en 1538 por Enrique VIII.