Bautismo del Señor

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se resistía, diciéndole: Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!
Pero Jesús le respondió: Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo. Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.

A los cristianos nos costó (¡y nos cuesta!) ir entendiendo quién es Jesús. Algunos de sus gestos nos sorprenden, como sorprendieron al mismo Juan Bautista. Si Juan es solo el precursor, el anunciador, ¿por qué Jesús se hace bautizar por él?
Mateo nos da una respuesta con su estilo judío: Dios lo había dispuesto así. Juan se niega, pero Jesús insiste. Será la manifestación pública, por parte del Padre de su Hijo muy querido, la presentación en sociedad de quién es realmente Jesús de Nazaret.

Los cristianos creemos en un Dios Trinidad, en un Dios comunión, en un Dios solidario con su pueblo, que se abaja y se pone en la fila, como todos, hasta compartir el bautismo de conversión proclamado por el Bautista. No lo necesita, pero se solidariza con el pueblo, se hace uno con ellos, asume la necesidad de conversión y de un nuevo estilo de vida que prepare el camino desde el interior de cada uno hacia la dimensión social y comunitaria.

El hecho del bautizo de Jesús dejó claro, al salir del agua, quién es él. Jesús es realmente el Hijo de Dios. «Se abrieron los cielos», es una expresión que físicamente no tiene sentido, pero que significa que Dios está cerca de las personas, que entre Dios y los seres humanos no hay un abismo insalvable, que Dios está cerca de nosotros en la persona de Jesús.  
Incluso, algunas traducciones van más allá, y dicen que los ‘cielos se rasgaron’, indicando que nunca más se volverán a cerrar, que quedarán abiertos para siempre, pues lo que se rasga ya no se puede suturar bien (el velo del Templo también se rasgó, cuando murió Jesús). Ya no hay separación entre Dios y las personas, que desde ahora el acceso a Dios es directo y ya no son necesarias las ofrendas sacrificiales en el Templo. 

El Espíritu de Dios «descendiendo como una paloma» expresa cómo la vida de Dios abarca el mundo entero, que su gracia baja a nuestra vida concreta y es capaz de habitarnos. Dios no está fuera, está en nosotros.  
La «voz del cielo» significa que Dios nos quiere hablar, que tiene algo que decirnos, que no se contenta con venir, sino que tiene muchas cosas que revelarnos y la primera es que Jesús es su Hijo muy querido, en quien tiene puesta toda su predilección.
Así, Jesús es presentado “en sociedad” por el Padre. Es presentado como su Hijo muy querido, como su predilecto. Los ojos del Padre están en el Hijo. De esta manera el Padre nos invita a mirar al Hijo, a escucharlo, a actuar como él, a dejarnos conducir por él. Quién ve al Hijo ve al Padre.

Estamos llamados a ser como Jesús, los hijos amados de Dios. Las palabras llenas de ternura que el Padre le dirige a Jesús, van también destinadas a cada uno de nosotros: Tú eres mi hijo, mi hija; a ti te amo con todo mi corazón; tú eres mi predilecto, mi predilecta. ¿Nos lo creemos?

La única gran vocación de todos los cristianos es ser imágenes de Jesús, tanto y en cuanto nos lo permita la humana debilidad. Todos los cristianos estamos llamado a dejar que el Espíritu de Dios moldee en nosotros la imagen del Hijo. No somos nosotros los que ‘moldeamos’, a Jesús en nosotros, es Dios, por medio del Espíritu. Nuestra tarea es remover los obstáculos para facilitarle al Espíritu la misión de ‘modelaje’. Él es el artista; yo el ‘material’ (madera, cera, hierro, roca, bronce, acero, arcilla, etc.) donde él talla la imagen del Hijo. ¿Me dejo trabajar por Dios?

El Padre y el Hijo:
El Padre contó con la libertad de María y la complicidad de José para que su Hijo viniera al mundo. Preparó su recepción en la intimidad de una familia. Al crecer el niño descubre que su misión es estar en las cosas del Padre. Sin entender muchos sus padres acompañan este proceso. En el Bautismo el Padre presenta a su Hijo en sociedad: es su Hijo amado, muy querido, su predilecto. Ahora será el Hijo quien manifieste al Padre como aquel que ama sin condición a sus hijos e hijas y lo hará con gestos y palabras. 


«Hemos sido consagrados por Dios en nuestro bautismo; separados de la masa de la corrupción y purificados por la sangre de Jesucristo, nos hemos convertido en sus miembros; participamos de sus méritos, de sus perfecciones y en cierta medida de su naturaleza misma. En el momento en que recibimos el sacramento de la regeneración, Dios hubiera podido decirnos, como a su Verbo, el eterno objeto de sus complacencias y de su amor: ‘Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy’; han sido revestidos de santidad; marcados con el sello con el que reconozco a mis hijos y desde ahora tienen derecho a mi herencia, nada podrá quitársela, con tal que no rompan nunca los lazos de fe, esperanza y caridad que unen a Mi todo su ser. Sí, hermanos míos, estas tres virtudes son como los tres votos que nos consagran al Señor porque ellas le someten nuestro espíritu, nuestra alma, nuestros sentidos. He aquí, hijo mío, las tres condiciones esenciales de toda clase de consagración a Dios.» (A. 278)   

Él es mi Siervo, a quien sostengo,
es mi elegido, mi predilecto.
Mi Santo Espíritu sobre Él he puesto,
para que al mundo traiga el derecho.
Él es la Alianza que atrae a las gentes,
libra a cautivos, sana invidentes.
Su luz disipa cualquier tiniebla.
Todos los pueblos por Él se encuentran.

Él es mi hijo, al que amo tanto,
mi predilecto, en quien me complazco.
Él es mi hijo.

Jesús viniendo de Galilea
pidió el bautismo a quien dijera:
“Mirad, que viene quien sus sandalias
yo no soy digno de desatarlas”.
Y en aquel río se bautizaba,
se abrían los cielos y el Padre hablaba,
porque su reino ya se iniciaba.
En Jesucristo, Dios se nos daba.

Jesús, Cordero y Hermano nuestro,
eres camino que lleva al cielo;
por ti Dios Padre, es Padre Nuestro,
si practicamos tu amor fraterno.
Incorporados por tu bautismo
somos tu Iglesia, tu Cuerpo, Cristo,
que, con la fuerza del Santo Espíritu,
tu luz llevamos, luz que es Dios mismo.