Jesús subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso.Ellos fueron hacia él y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
Hoy te pido, Señor, en este rato de oración, que me hagas ver la grandeza de la elección. Me has elegido porque me amabas. Y me has elegido para que enseñe a amar a los demás. Me has elegido para crear entre los hombres y mujeres de este mundo una familia, la familia de los hijos de Dios. Bonita tarea. Preciosa misión.
Antes de llamar a sus discípulos Jesús subió al monte. ¿Qué hacía Jesús en el monte? ¿Respirar aire puro? ¿Mirar la belleza de los campos en primavera? Todo eso es posible, pero la clave nos la da el evangelista Lucas cuando nos dice que el monte era el lugar privilegiado de Jesús para orar. Jesús se pasó la noche orando. La elección de los apóstoles era un asunto muy importante y Jesús se pasa la noche dialogando con el Padre, barajando los nombres que iba a elegir al día siguiente. Esto que Jesús hizo con los primeros apóstoles lo hace Jesús siempre con aquellos que va a elegir. Y nos debe dar devoción el pensar que, antes de elegirme a mí, Jesús ha orado por mí al Padre.“Los llamó para que estuvieran con Él”.Antes de enviarlos a predicar deben prepararse. ¿Dónde? ¿En las escuelas de Jerusalén? No. En la escuela de Jesús. Lo que han aprendido estando con Él, escuchando sus palabras, imitando su estilo de vida, eso va a ser el objeto de su predicación. Les llamó para que le siguieran. El seguimiento de Jesús forma parte esencial de su llamada.Señor, quiero darte gracias por haberme llamado, por haberme tenido presente en ese diálogo que has mantenido con Dios, tu Padre. Realmente yo he sido una persona muy importante para ti. Y quiero que me perdones mi falta de entrega y entusiasmo en esta hermosa tarea que me has encomendado. Lamento el no haber estado a la altura de mi vocación. Siento mucho el haberte defraudado. Ayúdame a compensar, desde ahora, el tiempo perdido. Quiero responder con una entrega generosa a tanta delicadeza, tanto afán, tanto cariño y tanto mimo.
Miren a los apóstoles: ¿cuántos son? Son doce. ¿Cuál es su tesoro? La pobreza. ¿Cuáles son sus armas? La mansedumbre y la paciencia. Y, sin embargo, estos pobres pescadores de Galilea confunden a la sabiduría de los sabios, derriban el orgullo de los poderosos y transforman el mundo. (Sobre la renovación de promesas clericales, 1815)