Santa Inés

Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.
Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: Ven y colócate aquí delante. Y les dijo: ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?
Pero ellos callaron.
Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano.
Él la extendió y su mano quedó curada.
Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él.

En los Evangelios, muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso por sanarlos. Se presenta públicamente como un luchador contra la enfermedad y que ha venido para sanar al hombre de todo mal. El mal del espíritu y el mal del cuerpo…

Cuántas veces vemos llegar al trabajo, -y todos lo hemos visto-, un hombre, una mujer, con la cara cansada, con la actitud cansada. ‘Pero, ¿qué pasa?’ ‘He dormido solo dos horas, porque en casa nos turnamos’, para estar cerca del niño, la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela. Y la jornada continúa con el trabajo. Estas cosas son heroicas. ¡Son las heroicidades de las familias! Esas heroicidades escondidas, que se hacen cuando uno está enfermo, cuando el padre, la madre, el hijo, la hija están enfermos. Y se hacen con ternura y valentía.

La debilidad y el sufrimiento de nuestros afectos más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida, -educar a los hijos y los nietos a entender esta cercanía en la enfermedad en la familia- y se convierten cuando los momentos de enfermedad están acompañados por la oración y la cercanía afectuosa y atenta de los familiares.
La comunidad cristiana sabe bien que la familia, en la prueba de la enfermedad, no debe ser dejada sola. Y debemos agradecer al Señor por las hermosas experiencias de fraternidad eclesial que ayudan a las familias a atravesar el difícil momento del dolor y sufrimiento. Esta proximidad cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para las parroquias; un tesoro de sabiduría, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y hace entender el Reino de Dios mejor que muchos discursos. Son caricias de Dios. (Papa Francisco, 10 de junio de 2015).


¿Qué sentido tiene un pueblo en el que invocar el nombre de Dios no garantiza ya la fe en las promesas; en el que la falta de honor se disculpa por la necesidad; en el que el perjurio se justifica por la costumbre; en el que cada uno está dispuesto a soportar y hacer todo para dormir su propio sueño; en el que el amor a sí mismo y la búsqueda de su bienestar físico son considerados como el único deber social? (Sermón sobre los Mandamientos)

Si hablara palabras de parte de Dios
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si sé lo profundo de cada misterio
y no tengo amor,
de nada me vale
de nada me vale.

De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor la vida
es arar el aire.
De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor las manos
no ayudan a nadie.

Si tengo la fe que mueve montañas
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si doy lo que tengo, incluso mi vida
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.


Santa Inés fue una joven mártir cristiana que vivió en Roma a finales del siglo III y comienzos del IV, durante las persecuciones del emperador Diocleciano. Nació en una familia cristiana y, desde muy temprana edad, consagró su vida a Cristo, prometiendo permanecer fiel a Él con un corazón puro.
Cuando aún era adolescente rechazó casarse con un joven pagano, declarando que su único Esposo era Jesucristo. Esta firme confesión de fe provocó su denuncia ante las autoridades. Al negarse a ofrecer sacrificios a los dioses romanos, fue sometida a diversas humillaciones y finalmente condenada a muerte.
Santa Inés afrontó el martirio con gran valentía y serenidad, dando testimonio de su amor a Cristo hasta el final. Murió alrededor del año 304. Su nombre, que en latín evoca la palabra agnus (cordero), se asoció desde los primeros siglos con la pureza y la inocencia, símbolos que la Iglesia conserva hasta hoy.
Es venerada como patrona de la pureza, de las jóvenes y de las novias.