Auray, donde el padre Gabriel Deshayes llegó como párroco en 1805, será testigo del nacimiento de una familia carismática que, más de doscientos años después, continúa al servicio del Reino de Dios en numerosos países y de múltiples maneras.Allí, Gabriel comenzará a reunir a jóvenes para formarlos como maestros cristianos al servicio de los niños bretones de los muchos pueblos y ciudades de la región. Hasta ese lugar llegará Juan María para conocer la iniciativa y sumarse al proyecto.En Auray, en el año 1820, se organizará la congregación: recibirá un nombre, una divisa y una Regla de Vida. Los hermanos recibirán también el hábito religioso y harán el voto de obediencia.Dará comienzo así una historia de entrega y servicio que, como el grano de mostaza, crecerá hasta convertirse en un árbol donde muchos niños y jóvenes encontrarán cobijo.Hoy seguimos caminando por la senda trazada en Auray por el Espíritu y por sus fieles intérpretes: Gabriel Deshayes y Juan María de la Mennais. Ojalá nosotros seamos fieles al carisma heredado, vivido, transmitido por tantos menesianos a lo largo y ancho del mundo.Al respecto Juan María nos dice: Necesitamos espíritus maduros, capaces de tomar una decisión, que saben tomar partido, y quienes, una vez conocido el camino derecho, no se apartan de él porque encuentran un disgusto, o porque les den imprudentes consejos. Nos hacen falta almas fuertes, que estén por encima de un disgusto, un obstáculo, o un peligro, o de su propia debilidad. Nos hace falta gente sensata, que no se conduce por capricho, sino por reglas de fe y que no comienzan a edificar para dejar el edificio sin acabar. Necesitamos menesianos llenos de espíritu de sacrificio, que no tengan más que un deseo y un pensamiento, el deseo de ganar el cielo dándose a Dios sin reserva y sin vuelta, inmolándose cada día por su gloria. Que se los coloque aquí o allá, poco les importa; que el mundo los alabe o los maldiga poco les importa. ¡Dios sólo es su divisa!» (S. VII. 2296. Consejos para el retiro)
1.- ¿De qué manera mi trabajo diario se complementa con el de mis colegas para que nuestra misión sea, como en Auray, una «llama duradera» y no solo un esfuerzo individual?2.- Juan María y Gabriel entendieron que la misión de Dios es siempre más grande que los proyectos personales. Al unir sus «dos cunas» (Auray y Saint-Brieuc), no buscaron uniformidad, sino una comunión profunda tejida en la oración y la confianza mutua.En nuestra labor como educadores, ¿sabemos reconocer en el talento del otro un «don de Dios» que enriquece nuestra propuesta educativa, o lo percibimos como una amenaza a nuestra propia visión?3.- Ante las tensiones o el cansancio en nuestra comunidad educativa, ¿qué aspectos de nuestra organización nos impiden volver a ese origen de «Dios Solo» y confiar más en la fuerza de la fraternidad?.- Identifiquemos aquellos proyectos o gestos recientes en nuestra escuela que han sido verdaderos «kairós» (momentos de gracia), donde sentimos que, al igual que los fundadores, hemos dado un paso hacia una misión más compartida y renovada.