Jueves de la 3º semana de Cuaresma

En aquel tiempo Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan».
«Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí».
El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento».
Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen».
«No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán».
Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán»
.

El rico ve todos los días a Lázaro, pero no lo mira. Se ha acostumbrado a su presencia. El dolor del otro no lo incomoda lo suficiente como para cambiar su vida. Esta es la gran advertencia de la parábola: el pecado puede ser simplemente no dejarse afectar.
En cambio, Lázaro —cuyo nombre significa “Dios ayuda”— no tiene nada, pero tiene a Dios. Su pobreza no es idealizada, pero sí reveladora: cuando todo falta, queda la confianza.

Después de la muerte, las situaciones se invierten. Lázaro es consolado; el rico se queda solo y aislado. No se trata de una venganza divina, sino de una revelación: la vida terrena ya estaba marcando una dirección. El corazón del rico estaba cerrado; el de Lázaro, abierto. El “gran abismo” del que habla Jesús no se crea en el más allá: se fue construyendo día a día con cada gesto de indiferencia.

Esta parábola interpela profundamente nuestra realidad. En nuestras ciudades hay muchos “Lázaros” a la puerta: personas solas, pobres, enfermas, descartadas. Quizás no hacemos el mal directamente, pero ¿vemos? ¿nos dejamos conmover?
Para quienes vivimos una espiritualidad cristiana esta parábola es un llamado a hacer visible el amor de Dios en gestos reales. La paciencia y la caridad de las que hablaba Juan María de la Mennais no son ideas abstractas: se traducen en atención concreta al hermano necesitado. Porque el infierno del rico empezó cuando dejó de mirar al pobre. Y el cielo de Lázaro comenzó cuando, en medio de su miseria, confió en Dios.


MÁXIMA
Abre tus ojos al sufrimiento ajeno


Aunque hubiésemos perdido el proceso, no hubiésemos echado a los pobres: son sagrados para nosotros. (Carta al H. Lucien Deniau, 15-05-1849)

¡Qué triste debe ser llegar a viejo
con el alma y las manos sin gastar!
¡Qué triste integridad la del pellejo
que nunca se jugó por los demás!
­¡Qué triste debe ser tener de todo
si hay tantos que se venden por un pan!
¡Qué triste soledad de cualquier modo
la que nace de la desigualdad!

Por eso estoy aquí cantando,
por eso estoy aquí soñando,
con el hombre feliz, el hombre nuevo,
el hombre que te debo, mi país. (bis)

­¡Qué lindo que es tender siempre la mano
y saber que es posible la amistad!
­¡Qué lindo procurar para mi hermano
lo mismo que procuro yo alcanzar!
­¡Qué lindo que es morirse con los otros
detrás de lo inhumano de un jornal!
­¡Qué lindo que es perderse en el «nosotros»
y juntos desde el pueblo trabajar!