San Luis Orione

En aquel tiempo Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo.
Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar.
La muchedumbre quedó admirada, pero algunos de ellos decían: Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios.
Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.
Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque –como ustedes dicen– yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.
Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.
Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

El hombre estaba mudo: no podía hablar, expresarse, comunicarse. Cuando Jesús expulsa al demonio, recupera la palabra. Espiritualmente esto nos recuerda que el mal muchas veces nos quita la voz interior, nos paraliza, nos impide decir la verdad, pedir perdón, agradecer o anunciar a Dios. Cuando Cristo entra en la vida de una persona, devuelve la libertad y también la capacidad de hablar, de dar testimonio.

Pero el Evangelio también muestra la dureza del corazón de algunos. En lugar de reconocer el bien que Jesús realiza, lo interpretan mal y lo atribuyen al poder del mal. Esto revela una actitud que también puede aparecer en nosotros: cuando el corazón está cerrado, incluso el bien puede ser visto con sospecha. No es falta de signos lo que les impide creer; es una disposición interior que no quiere aceptar a Jesús.

El Señor responde con una lógica muy sencilla: un reino dividido no puede subsistir. El mal no se destruye a sí mismo. Con estas palabras Jesús afirma que su obra es claramente obra de Dios, porque su misión es destruir el mal y liberar a las personas.
Jesús viene a restaurar, liberar y unir. Cuando lo dejamos actuar en nuestra vida, recuperamos la palabra, la esperanza y la capacidad de vivir en comunión con los demás.


MÁXIMA
El mal divide, Jesús une


El demonio buscará con miles sugestiones pérfidas hacerles perder su divina vocación, haciéndoles concebir una alta idea de sus pobres talentos, se imaginarán que sería más fácil para ustedes elevarse a una condición más brillante, y enorgullecido por estas ilusiones, insensiblemente se disgustarán de sus deberes, le parecerán cada vez más penosos, cuando antes le parecían ligeros y dulces. (Instrucción sobre la vocación)

Libertador de Nazareth,
ven junto a mí, ven junto a mí.
Libertador de Nazareth,
qué puedo hacer sin Ti.

Yo sé que eres Camino,
que eres la Vida y la Verdad.
Yo sé que quien te sigue
sabe a dónde va.
Quiero tener tu vida,
seguir tus huellas, tener tu luz.
Quiero beber tu cáliz,
quiero llevar tu cruz.

Quiero encender mi fuego,
alumbrar mi vida y seguirte a Ti.
Quiero escucharte siempre,
quiero luchar por ti.
Y comenzar de nuevo,
te necesito libertador.
No puedo estar sin rumbo,
no puedo estar sin Dios.


Luis Orione, conocido como Don Orione, fue un sacerdote italiano nacido en 1872 en Italia. Desde joven mostró una gran sensibilidad por los pobres y un fuerte deseo de servir a Dios.
Ingresó al seminario y fue ordenado sacerdote en 1895. Muy pronto comenzó a dedicarse especialmente a los niños pobres, huérfanos y jóvenes abandonados, creando escuelas y oratorios para darles educación y formación cristiana.
Fundó la Pequeña Obra de la Divina Providencia, una congregación religiosa dedicada a ayudar a los más necesitados. Dentro de esta obra surgieron varias ramas, entre ellas los Hijos de la Divina Providencia y las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad. Su misión es clara: llevar a Cristo a los pobres y a los pobres a la Iglesia.
Don Orione se destacó también por su gran caridad en momentos de catástrofes, ayudando a las víctimas de terremotos y a muchas personas abandonadas, ancianos, enfermos y discapacitados.
Murió el 12 de marzo de 1940 y fue canonizado en 2004 por Juan Pablo II.