San Agustín Zhao Rong

Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: Este es verdaderamente el Profeta. Otros decían: Este es el Mesías. Pero otros preguntaban: ¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David? Y por causa de él, se produjo una división entre la gente.
Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él.
Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: ¿Por qué no lo trajeron?
Ellos respondieron: Nadie habló jamás como este hombre.
Los fariseos respondieron: ¿También ustedes se dejaron engañar? ¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él? En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita.
Nicodemo, uno de ellos, que había ido a ver a Jesús, les dijo: ¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?
Le respondieron: ¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta.
Y cada uno regresó a su casa.

El enfrentamiento de los jefes religiosos y de los fariseos contra Jesús va en aumento. De forma que la tensión, la división y la crispación llega a la gente sencilla (óchlos), al pueblo humilde y de más baja condición. Nadie se preguntaba si Jesús tenía que morir porque eso es lo que Dios quería, porque así salvaría al mundo, porque Dios estaba ofendido por nuestros pecados… Lo que allí se planteaba es si tenían razón los dirigentes religiosos; o si quien tenía razón era Jesús.

Con Jesús estaba el pueblo. Contra Jesús estaban los “hombres de la religión”. Los argumentos del pueblo eran que Jesús era el Mesías, el Profeta, es decir, argumentos positivos. Los argumentos de los “dirigentes religiosos” eran que el Mesías no podía venir de Galilea, que de Galilea no podía salir un profeta, que el pueblo no conocía la ley religiosa y que además, el pueblo estaba maldito. Es decir, los argumentos de los entendidos de la religión eran negativos y de profundo desprecio hacia la pobre gente.

Ni siquiera se tuvo en cuenta la justa advertencia de Nicodemo: ¿Es que se puede condenar a alguien sin oírlo y sin darle ocasión de defenderse? La historia se repite: los que tienen poder, y más si se trata de poder religioso, siempre se creen en posesión de la verdad y con razones para condenar a quien no se somete a ellos. Jesús vivió en sus carnes está dolorosa historia.

Jesús es el Mesías esperado, deseado por todos los pueblos, anunciado por todos los profetas; él es nuestro libertador, él es nuestro Rey; queremos ser y seremos fieles a él para siempre. Lo que ha dicho, lo creeremos; lo que ha prohibido, lo evitaremos; lo que ha mandado, lo haremos; él reinará sobre nosotros en el tiempo; ¡y nosotros reinaremos con él en la eternidad! (Sermón sobre la resurrección)

Te suplicamos, Señor,
que manifiestes tu bondad,
salva a todos cuantos sufren
la mentira y la maldad.
Ten piedad de los humildes,
y a los caídos levanta
hasta el lecho del enfermo
acerca tu mano santa.
Entra en la casa del pobre
y haz que su rostro sonría,
para el que busca trabajo
sé Tú fuerza y compañía.

A la mujer afligida
dale salud y reposo,
y a la madre abandonada
un buen hijo generoso.
Encuéntrale Tú el camino
al hijo que huyó de casa;
al pescador perdido,
al vagabundo que pasa.
Que el rico te mire en cruz
y a sus hermanos regale;
que no haya odio ni envidias
entre tus hijos iguales.

Da al comerciante justicia,
al poderoso humildad;
a los que sufren paciencia
y a todos tu caridad.
Venga a nosotros tu Reino,
perdona nuestros pecados
para que un día seamos
con Cristo resucitados.
Tú Señor, que puedes esto
y mucho más todavía,
recibe nuestra alabanza
por Jesús y con María.


Agustín Zhao Rong nació hacia el 1746 en China, en el contexto del Imperio Qing. Era soldado del ejército imperial y participaba en la custodia de prisioneros cristianos durante las persecuciones contra la Iglesia. Mientras custodiaba al obispo misionero Jean‑Gabriel Taurin Dufresse, quedó profundamente impresionado por su fe y su serenidad. Ese testimonio lo llevó a interesarse por el cristianismo y convertirse. Tras su conversión fue bautizado con el nombre de Agustín y, con el tiempo, ingresó al seminario y fue ordenado sacerdote.
Durante una nueva persecución contra los cristianos fue arrestado por su fe. Murió martirizado en 1815 en China, permaneciendo fiel a Cristo. Fue canonizado en el año 2000 por el papa Juan Pablo II, junto con el grupo conocido como los Mártires de China, que dieron la vida por la fe entre los siglos XVII y XX.