San Cirilo de Jerusalén

Jesús dijo a los judíos: Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo.
Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.
Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados.
Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida.
Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán.
Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre.
No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.
Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

El amor divino, materno, entrañable y cercano de Dios lo descubrimos en Jesús. Él es el Hijo de Dios y, como los hijos se parecen a sus padres, así Jesús se parece a Dios, lo refleja y lo hace presente. Y si Dios no descansa y trabaja siempre, así hace Jesús, que se ocupa y se preocupa por nosotros siempre.

Esa preocupación y cuidado no puede detenerse a causa de leyes, que, si han sido creadas para bien del hombre (como la ley del sábado, que se preocupa de que tengamos el merecido descanso, de que no seamos esclavos de nuestras necesidades), es absurdo que se conviertan en un obstáculo para hacer el bien.

El amor verdadero no sabe de horarios. Una madre no dejaría de atender a su hijo a causa de una estrecha interpretación de la ley. Ningún padre deja de cuidar a sus hijos por ser feriado. Así hace Dios, que renuncia a su descanso tras el trabajo creador, para responder al que lo invoca, para auxiliar, defender, restaurar, liberar, iluminar.

No hay descanso para el amor, para el servicio, para hacer visible en nuestro mundo y en nuestro entorno ese cuidado paternal y maternal de Dios por toda la creación.


MÁXIMA
El amor no sabe de horarios


El que ama corre, vuela, nos dice el piadoso autor de la Imitación, se siente alegre, nada le pesa, nada le cuesta, nada le detiene; nunca pone como pretexto lo imposible; y a causa de esto, puede todo y hace muchas cosas que fatigan y agotan vanamente a los que no aman. (A los novicios de Saint-Méen)

Del amor divino, ¿quién me apartará?
Escondido en Cristo, ¿quién tocará?
Si Dios justifica, ¿quién condenará?
Cristo por mí aboga, ¿quién me acusará?

A los que a Dios aman, todo ayuda a bien;
esto es mi consuelo, esto es mi sostén.

Todo lo que pasa en mi vida aquí
obra para bien, pues cuida Él de mí.
En mis pruebas duras, Dios me es siempre fiel.
¿Por qué, pues, las dudas? Yo descanso en Él.

Plagas hay y muerte en mi alrededor;
ordenó mi suerte el que es Dios de amor.
Ni una sola flecha me podrá dañar;
mientras no permita, no me alcanzará.


Cirilo de Jerusalén (c. 315–386) fue un obispo y teólogo cristiano del siglo IV, reconocido por su enseñanza catequética y por defender la fe cristiana en tiempos de fuertes discusiones doctrinales. Nació alrededor del año 315 en la región de Jerusalén. Recibió una buena formación en la Sagrada Escritura y en la fe cristiana.
Hacia el año 348 fue ordenado obispo de Jerusalén. Su episcopado estuvo marcado por conflictos teológicos, especialmente por las disputas relacionadas con el arrianismo, una doctrina que negaba la plena divinidad de Jesucristo. Debido a estas tensiones y a conflictos con otros obispos y autoridades imperiales, Cirilo fue desterrado varias veces de su sede, pasando en total cerca de 16 años en el exilio. A pesar de las dificultades, se destacó como un gran maestro de la fe. Sus obras más conocidas son las Catequesis, una serie de enseñanzas dirigidas a los catecúmenos y a los recién bautizados, en las que explica el Credo de Nicea, los sacramentos y los fundamentos de la vida cristiana.
Participó en el Primer Concilio de Constantinopla en el año 381, donde se reafirmó la fe de la Iglesia frente al arrianismo.
Murió alrededor del año 386. Con el tiempo fue reconocido como uno de los grandes maestros de la Iglesia antigua y en 1883 fue proclamado Doctor de la Iglesia por León XIII.