San José Gabriel del Rosario Brochero

Transcurridos los dos días, Jesús partió hacia Galilea. El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta.
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo.
Jesús le dijo: Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen.
El funcionario le respondió: Señor, baja antes que mi hijo se muera.
Vuelve a tu casa, tu hijo vive, le dijo Jesús.
El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y la anunciaron que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora se había sentido mejor. Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre, le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”. Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


«Un profeta no goza de prestigio en su propia tierra». Difícilmente estamos dispuestos a aceptar que alguien que ha crecido junto a nosotros, pueda llegar a ser más que nosotros y tenemos cierta tendencia innata a admirar mucho más a los que vienen de afuera que a los que son «de casa”.
Los galileos recibieron a Jesús habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, creyeron en él por las señales que hacía, quedando impresionados por sus milagros; pero no entendían ni aceptaban quién era él de verdad.

El oficial del rey que vivía a unos 25 kilómetros de Caná tenía a su hijo enfermo y no dudó en ir rápidamente hasta donde Jesús estaba para rogarle que le ayudara, porque su hijo estaba a punto de morir. Lo que nos demuestra que de alguna manera creía en él. Entonces le rogó que descendiese y sanase a su hijo. Dio por sentado que para sanar a su hijo Jesús tendría que ir hasta Cafarnaúm, pues no alcanzaba a creer que pudiera hacer un milagro desde la distancia.

Pero Dios está más interesado en fomentar la fe, antes que en librarnos de todos los problemas que pudiéramos tener. Por eso Jesús le dijo: “Si no ven señales y prodigios, no creen». La verdadera fe debe apoyarse en su Palabra, sin tener necesidad de señales o milagros. Jesús le dijo: “Vuelve a tu casa, tu hijo vive”. Y el hombre sin ver nada, creyó.

Así pues, el Señor atendió a la súplica del padre, pero no como él esperaba. No le acompañó hasta Cafarnaúm en donde estaba su hijo enfermo, tampoco hizo ninguna señal, ni apeló a ninguna emoción ante el pueblo. Lo único fue que le dio su palabra y el hombre volvió habiendo creído en la palabra de Jesús.

Y el evangelista añade que «creyó él con y toda su familia«. Es cierto que el padre ya había creído, pero lo que nos está dando a entender es que, después de esta experiencia, su fe había llegado a ser mucho más profunda, mejor fundamentada, tenía nuevas evidencias que la hacían mucho más segura y su conocimiento de quién era Jesús era totalmente nuevo. Por eso su fe se extendió a toda su familia.
¿Hay que ver para creer o creer para ver?

Cuando Juan termina su evangelio dice que «hay otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir, pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».
Dios espera que los hombres depositen su fe en su Palabra, si quieren ver y participar de todas aquellas cosas nuevas y maravillosas que él ha preparado.


MÁXIMA
Cree en la Palabra de Jesús.


¡Oh, Dios mío, si tuviéramos fe! ¡Esa fe viva, esa fe animada que penetra y que casi entiende los misterios celestes! ¡Esa fe que ve la aurora del día eterno! ¡La fe de Abraham! – ¡Oh, Dios mío, concédeme esa fe!  (Memorial 86)

Creer en ti señor
no es sólo la palabra vocación,
es desgastarse entre los hombres por amor.
Creer en ti es mucho más
que llevar tu nombre en mi voz,
es permitir que sea tu gracia
quien viva en mi corazón.
Creer en ti no es sólo pedir
por el pecador,
es el abrir mis brazos pronto al perdón.
Creer en ti no bastará
para cambiar la situación,
es transformarse en hombre nuevo
y anunciar la salvación.

Por eso, yo quiero creer en ti,
quiero que me sanes,
que me transformes,
me hagas feliz.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano,
y así es como siempre
yo te quiero amar.
Por eso yo quiero creer en ti,
seas tú mi esperanza,
mi fortaleza, mi plenitud.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano y así juntos
siempre hasta la eternidad.

Creer en ti señor
no es signo de debilidad,
es la confianza de que un día volverás.
Creer en ti no es el refugio
de quien vive en soledad,
es plenitud de vida nueva
de vida en comunidad.
Creer en ti señor
no es sólo para el mundo pedir paz,
es trabajar para que sea realidad.
Creer en ti no me asegura
que no pueda yo fallar,
más en ti he puesto mi esperanza
y me puedo levantar.
Y por eso yo quiero creer en ti,
quiero que me sanes,
que me transformes me hagas feliz.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano,
y así es como siempre
yo te quiero amar.


José Gabriel del Rosario Brochero (1840-1914), el «Cura Gaucho» de Córdoba, transformó Traslasierra combinando evangelización con desarrollo comunitario. Construyó caminos, escuelas, iglesias y acequias, impulsando la dignidad humana. Famoso por sus ejercicios espirituales, viajó en mula para llevar fe y progreso a zonas aisladas. 
Entendía que «la fe sin obras es como el mate sin yerba». No solo predicaba, sino que lideró la construcción de escuelas, capillas y caminos para conectar a los habitantes. Fomentó la agricultura, gestionó correos y bancos, promoviendo la educación y el trabajo, especialmente en Villa del Tránsito (hoy Villa Cura Brochero). Construyó una casa de ejercicios en la zona (1877), permitiendo a miles de personas acceder a la fe sin realizar el difícil viaje a Córdoba capital.
Murió en 1914, ciego y leproso, contagiado por los enfermos a quienes asistía, siendo un símbolo de entrega absoluta. Fue beatificado en 2013 y canonizado por el Papa Francisco en 2016.