Domingo de Pascua de Resurrección

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Estamos en el domingo de Resurrección y la Palabra de Dios nos invita a una fe arraigada en la experiencia del Resucitado. Los Hechos de los Apóstoles plantean de forma directa que la misión de anunciar la Salvación es un efecto provocado por la Resurrección. El mismo Resucitado es quien ha encomendado esta misión. El contenido de este anuncio no es otro que la acogida del perdón, que es la otra cara del amor.

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de la desorientación de ellos, de su búsqueda en torno al sepulcro, de sus interrogantes e incertidumbres. María Magdalena es el mejor prototipo de lo que le acontece, probablemente, en todos.

Este pasaje de Juan nos hace caer en cuenta que Jesús resucitado se anticipa a la luz. La frase “todavía estaba muy oscuro” nos remite a las tinieblas de los orígenes del mundo y sobre las que amanece la luz (Gn 1,1-5). Jesús será, en adelante, la luz que alumbra caminos nuevos, que despierta la fe y abre a la esperanza.

Cuando todavía estaba muy oscuro, la Magdalena va al sepulcro y ve que ahí no está el cuerpo de Jesús. Entonces corre a comunicar a los discípulos que “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. María sale de la comunidad hacia el sepulcro y vuelve a la comunidad a comunicar la noticia de la ausencia del cuerpo de su Señor… ya comprenderá que la presencia del Maestro es nueva. La decisión de volver a la comunidad es clave para todos y cada uno de nosotros, en especial, cuando no nos encontramos con el Cristo Resucitado, a donde fuimos a buscarlo. Pero también sabemos, que el mismo Resucitado, al encontrarlo nos referenciará a la comunidad, como lo hizo con María Magdalena. Resucitado y Comunidad es un binomio inseparable. No hay comunidad sin presencia del Resucitado, como no hay Resucitado sin comunidad. La experiencia del Resucitado es comunitaria y en la comunidad se experimenta al Resucitado.

No fue la fe de los discípulos la que fundó la realidad de la resurrección, sino la realidad del Resucitado la que fundó la fe. Una fe que hunde sus raíces en la amistad personal y comunitaria con Dios y en la que nos descubrimos hijos amados. Esta relación de hijos sólo se da a partir de nuestra unión personal con Jesús, que es el rostro visible de Dios Padre.

Que los discípulos “vayan, entren al sepulcro y crean”, es hacer la ruta que lleva a la fe. Crecer equivale a un camino progresivo de asimilación de la vida de Jesús, es decir, conocerlo hasta llegar a ser su amigo personal y su testigo. En esta amistad y testimonio se descubre el alcance del amor, la grandeza del perdón y la fuerza de la misericordia. Porque el único ámbito en el que progresamos en la fe es el «amor desinteresado».

Pedro vio al detalle la posición de los objetos. El discípulo amado, también vio y, además, creyó. No basta ver. Los conciudadanos de Jesús vieron muchos signos, pero pocos creyeron en Él. Hoy a nosotros nos puede pasar lo mismo: ver muchos signos de la presencia de Jesús Resucitado, pero no creer en Él. Incluso rezar, ir a misa, y no necesariamente creer en Jesús Resucitado. Creer en él es vivir como el vivió, es pensar como el pensó, es sentir como él sintió, es frecuentar las amistades que él frecuento, es sentir como él sintió; en una palabra, es vivir como el vivió, como lo expresaba Juan María de la Mennais.

A la luz de la vida de Jesús, el crecimiento en la fe no sigue una línea ascendente, sino descendente, que es lo propio y distintivo del amor. Crecer y madurar es ir hacia abajo, es humildad y sencillez, es abajamiento.  

Jesús y sus discípulos:
Hacía tiempo que venía preparándolos para este momento, pero nadie lo estaba. Muerte y resurrección les había anunciado. Aún en la incertidumbre quiere confirmar en la fe a los suyos. Les cuesta creer a unos más que a otros. La dinámica comunitaria será la red en la que la fe crecerá y se confirmará. El testimonio de unos y otros va confirmando en la fe al grupo. La experiencia comunitaria afirma y confirma.


Cuando Jesucristo, nuestro Señor, se apareció por primera vez después de su resurrección a sus discípulos, ¿qué les dijo? ¡La paz sea con ustedes! y esas son las palabras que yo les dirijo, o más bien la promesa que les hago en este momento en que van a contraer al pie del santo altar sus primeros compromisos. ¡Paz a ustedes! ¿Qué quieren, qué desean todos los hombres y qué han deseado ustedes mismos, qué han querido hasta ahora, sino la paz, un descanso lleno de felicidad, como dice el Profeta Isaías? (Sermón en una 1ª profesión, S.VII 2377)

Viene la magdalena por el sendero,
hay una tumba abierta y un jardinero.
Alguien dice su nombre y la Magdalena
siente que se terminan todas sus penas.

Este es el triunfo lindo,
muerte vencida.
Triunfo de Dios y el hombre,
triunfo e’ la vida.
Lara lara…
Triunfo de Dios y el hombre,
triunfo e’ la vida.

Juan y Pedro corriendo hacia su gente,
llevan la gran noticia del Dios viviente.
Venga, Tomás, y toque llagas y heridas,
créale a los demás, crea en la vida.

Hacia Emaús conversan los dos vecinos,
mientras se junta a ellos un peregrino.
Cuando se parte el pan, anochecidos,
hay un Cristo viviente, reconocido.

Larga noche sin pesca y los pescadores
echan redes, cansados de sus labores.
¡Qué cantidad de peces! Cruje la quilla.
Es el Resucitado que está en la orilla.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar, puedo reír,
puedo abrazar mi mayor enemigo
y mirarlo en ti.

Yo creo en tu resurrección
porque tengo paz en el corazón,
porque puedo entregarme
a pesar de todo este dolor.

Yo creo en tu resurrección
porque soy feliz junto a ti,
porque me amas tanto
que hasta moriste por mí.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar,
porque tengo tanto, tanto,
tanto para entregar.

Yo creo que tú, Señor,
vivirás en mí.
Yo creo que tú, Señor,
vencerás en mí.

Yo creo que tú, Señor,
morarás en mí
para siempre, para siempre,
Señor.

Yo creo en tu resurrección
porque ni el dolor, ni mi propio error,
ninguna angustia
podrá separarme de tu amor.

Yo creo en tu resurrección
porque todo lo puedo con tu amor,
Porque sé que cuidas de mi vida
mejor que yo.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar
Porque puedo entregarme
a pesar de todo este dolor.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar,
porque tengo, tanto, tanto,
tanto para entregar.

Yo creo en ti, Señor.
Yo creo en la fuerza de tu vida.
Creo que donde abundó el pecado
más sobreabundó tu gracia.
Creo en la fuerza de tu pequeña semilla
en nuestro corazón
que da el ciento por uno.
Creo que vives en nosotros.