San Pedro Chanel, San Luis María Grignion de Montfort

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: ¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.
Jesús les respondió: Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.
Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.

Jesús dice: “mis ovejas escuchan mi voz”. En medio de tantas voces que confunden, dispersan o hieren, estamos llamados a ser mediadores de esa voz, para que no se pierda entre tanto murmullo y griterío.  No reemplazamos la voz de Cristo, creamos las condiciones para que los niños y jóvenes puedan escucharla.

Jesús dice: “yo las conozco y ellas me siguen”. Jesús no habla a la masa, sino que conoce a cada una. Así también, nosotros menesianos, estamos llamados a mirar a cada alumno como único, con su historia, sus heridas y sus posibilidades. Porque conocemos a Jesús, porque nos sentimos amados por él, somos capaces de ayudar a otros a hacer el mismo proceso. No somos voceros que repetimos lo que nos mandan decir, sino testigos del amor actuante de Dios en nuestras vidas.

Jesús dice: “yo les doy Vida eterna”. La misión no es pequeña: no educamos solo para este mundo, sino para la plenitud. Esto da una dignidad enorme a la tarea educativa. Cada gesto, cada palabra, cada corrección hecha con amor puede abrir horizontes de eternidad en el corazón de un joven.

Y finalmente, esta certeza: “nadie las arrebatará de mis manos”. El educador menesiano trabaja con esperanza, incluso cuando no ve frutos inmediatos, porque sabe que la obra no es suya, que los niños y jóvenes están en las manos de Dios. Esto libera de la ansiedad por el resultado y fortalece la fidelidad en lo cotidiano.


Ustedes forman ese pequeño rebaño que él ha bendecido y que el Buen Pastor se complace en conducir a los pastos más abundantes. (A los jóvenes sobre la comunión)

Tú entraste por la puerta
porque eres el guardián.
Las ovejas te conocen
cuando oyen tu hablar.

Tu voz guía mis pasos,
me conduces a descansar.
A pastos verdes me llevas,
junto al río de tu paz.

Tu voz me llama, yo te seguiré.
Ya no temeré la oscuridad.
Sé que tu mano fuerte
me cuidará
Y nadie de ti me arrancará
si tu voz me llama.
Y yo iré,
por sendas de tu amor caminaré.

Tú das la vida por los tuyos;
te entregaste por amor a mí.

El asalariado huye
cuando el lobo viene a herir.
Mas tú te quedas a mi lado,
no me dejas, estás aquí.

Tú conoces mis heridas,
cada lágrima, cada dolor.
Mas tu vida diste por mí;
me alcanzó tu amor.

Tu voz me llama y yo te seguiré.
Ya no temeré la oscuridad.
Sé que tu mano fuerte
me cuidará
Y nadie de ti me arrancará
si tu voz me llama.
Y yo iré
por sendas de tu amor caminaré.

Tú das la vida por los tuyos;
te entregaste por amor a mí.


San Pedro Chanel (1803–1841) fue un sacerdote y misionero marista francés, considerado el primer mártir de Oceanía.
Nació en Francia, en una familia campesina sencilla. Desde joven mostró una profunda fe y vocación religiosa. Fue ordenado sacerdote y, atraído por el espíritu misionero, se unió a la Sociedad de María (maristas).
En 1837 fue enviado como misionero a la isla de Futuna, en el Pacífico. Allí enfrentó grandes dificultades: una cultura muy distinta, resistencia de algunos jefes locales y condiciones de vida duras. Sin embargo, se destacó por su paciencia, bondad y cercanía con la gente, especialmente con los enfermos y los más pobres.
Su predicación comenzó a dar frutos, incluso en miembros de la familia del rey. Esto generó temor en el monarca local, quien veía en la conversión al cristianismo una amenaza a su autoridad. Por ese motivo, en 1841, ordenó su asesinato. San Pedro Chanel murió como mártir, perdonando a sus agresores. Con el tiempo, la isla entera se convirtió al cristianismo. Fue canonizado en 1954 y es considerado patrono de Oceanía y de las misiones.

San Luis María Grignion de Montfort (1673–1716) fue un sacerdote francés, gran predicador y uno de los santos más influyentes en la espiritualidad mariana.
Nació en Montfort-sur-Meu, en Francia. Desde joven mostró una profunda vida de oración y un gran amor por la Virgen María. Fue ordenado sacerdote y se dedicó intensamente a la predicación popular, recorriendo pueblos y campos para anunciar el Evangelio, especialmente entre los más pobres y sencillos. Su estilo era directo y apasionado, lo que a veces le generó incomprensiones y dificultades dentro de su propia época. A pesar de eso, perseveró en su misión con gran confianza en Dios.
Es especialmente conocido por su enseñanza sobre la consagración total a Jesús por María, que desarrolló en su obra más famosa, el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. También fundó dos congregaciones: los Misioneros Compañeros de María y las Hijas de la Sabiduría.
Murió joven, a los 43 años, agotado por su intensa actividad misionera. Fue canonizado en 1947. Su espiritualidad influyó profundamente en muchos cristianos, entre ellos Juan Pablo II, quien tomó de él su lema “Totus Tuus”.

Juan María tuvo mucha influencia de San Luis. Ambos tomaron el lema ‘Dios Solo’, que venía de Boudon. Como El santo, Juan María puso en el centro de su espiritualidad y de su misión a María y recomendaba a sus hermanos la más tierna devoción. Lo mismo podemos decir de la insistencia en el abandono total en manos de la Providencia y en un celo apostólico «gigantesco» para la salvación de las almas.
Gabriel, a su vez, fue continuador de la obra de San Luis, al hacerse cargo de sus obras en 1821.