San Pío V, papa

Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.
Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido.
Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.


“El servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía”.
Es una tentación creernos el centro de la misión, buscar reconocimiento o medir la propia valía por el poder o el éxito que tengamos. Cuando uno se sabe enviado, deja de apropiarse de la obra y aprende a transparentar a Aquel que lo envía. Así, la grandeza no está en sobresalir, sino en parecerse al Maestro, que sirve, se abaja y se entrega.

Juan María de la Mennais insistía en que el educador es un “instrumento” en manos de Dios, llamado a hacer el bien sin buscarse a sí mismo. El educador menesiano es enviado a los niños y jóvenes para ser signo sencillo y cercano del amor de Dios.

Jesús no rebaja nuestra dignidad, sino que la orienta. Nos muestra que la verdadera grandeza está en ser servidores fieles y enviados transparentes. Y allí, en esa sencillez vivida con amor, el educador menesiano encuentra su alegría más profunda, que es ser puente, nunca obstáculo, entre Dios y los corazones de aquellos que le han sido confiados.


Jesús, que has dicho, dejen a los niños vengan a mí, y que me has inspirado el deseo de conducirlos hacia ti, dígnate bendecir mi vocación, asistirme en mis trabajos y derrama sobre mí el espíritu de fuerza, de caridad y de humildad, a fin que nada me aparte de tu servicio y que cumpliendo con celo las funciones a las que me he consagrado, sea del número de aquellos a quienes has prometido la salvación porque han perseverado hasta el fin» (Regla 1823)

Sigue habiendo tantos pies que lavar,
sigue habiendo tanta oscuridad que iluminar,
tantas cadenas que romper…
Pan y vino para el pobre quiero ser.

Sigue habiendo tantos pies que lavar,
sigue habiendo tanta oscuridad que iluminar,
tantas cadenas que romper…
Fortalece, Señor, mi poca fe.


San Pío V (1504–1572), cuyo nombre de nacimiento era Antonio Ghislieri, fue un papa clave en la historia de la Iglesia por su firme impulso a la reforma católica tras el Concilio de Trento.
Nació en una familia humilde en Italia y entró en la Orden de Predicadores (dominicos). Se destacó por su vida austera, su gran disciplina y su defensa de la fe.
Fue elegido papa en 1566. Durante su pontificado se dedicó con decisión a aplicar las reformas del Concilio de Trento: promovió la formación del clero, impulsó la catequesis y buscó corregir abusos dentro de la Iglesia. Publicó el Misal Romano (1570), unificando la liturgia de la misa, y también el Catecismo Romano.
Tuvo un papel importante en la defensa de Europa frente al Imperio Otomano, especialmente al promover la coalición cristiana que triunfó en la Batalla de Lepanto. Atribuyó esta victoria a la intercesión de la Virgen María, fomentando la devoción al Rosario.
San Pío V murió en 1572 y fue canonizado en 1712.