Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo.Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre.Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
María y el discípulo no están allí porque comprendan todo, sino porque aman. El amor les da la fuerza para quedarse junto al dolor de Jesús. En ese momento supremo, cuando parece que todo termina, Jesús realiza un último gesto de entrega: nos deja a su Madre y nos convierte en familia.“Mujer, aquí tienes a tu hijo… Aquí tienes a tu madre”.Estas palabras no son solamente un acto de ternura humana. Son un regalo para toda la Iglesia. María recibe una nueva misión: ser madre de todos los discípulos. Y el discípulo amado representa a cada uno de nosotros, llamados a recibir a María ‘en nuestra casa’, es decir, en la vida, en el corazón, en la fe cotidiana.Al pie de la cruz nace una pedagogía del amor fiel. María no huye del sufrimiento; permanece. El discípulo no entiende, pero permanece. También el educador cristiano está llamado a permanecer junto a los niños, los jóvenes y los más frágiles, aun cuando haya dificultades, cansancio o incertidumbre. La presencia fiel educa más que muchas palabras.Hoy Jesús sigue diciendo: “Aquí tienes a tu madre”. Recibir a María es aprender de ella la humildad, la escucha, la fortaleza y la confianza en Dios. Y también nos dice: “Aquí tienes a tu hijo”, porque María nos enseña a mirar a los demás con corazón maternal, especialmente a quienes más necesitan amor y esperanza.Que María, Madre al pie de la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles y educadores del corazón, capaces de permanecer junto a los que sufren y de anunciar, aun en medio del dolor, que el amor de Dios nunca abandona.
Es necesario que tu corazón llegue a ser semejante al corazón de María, que esté animado por el mismo espíritu de caridad, de humildad, de celo, de dulzura, de pureza de desprendimiento de las cosas sensibles, de modo que las perfecciones de esta divina Madre resplandezcan, en cierto modo, en todas las palabras como en todas las obras de su hija. Eso es lo que Dios pide de ti. Y como no pide nada que no podamos hacer ¿de qué gracias no va a enriquecernos para hacernos capaces de corresponder a miras tan altas? Permanece pues atenta para aprovechar de los socorros tan preciosos que va a concederte, o mejor, que te prodiga, para acercarte cada vez más al modelo que te ha dado, es decir, de María, quien fue llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. (A Chenu. R.446)
Dios te salve, María, sagrada María,señora de nuestro camino,llena eres de gracia, llamada entre todaspara ser la Madre de Dios.El Señor es contigo y tú eres la siervadispuesta a cumplir su Misióny bendita tú eres, dichosa te llamana ti, la escogida de Diosy bendito es el fruto que crece en tu vientre,el Mesías del pueblo de Dios,al que tanto esperamos que nazcay que sea nuestro Rey.María, he mirado hacia el cielo,pensando entre nubes tu rostro encontrar,al fin te encontré en un establo,entregando la vida a Jesús salvador.María, he querido sentirteentre tantos milagros que cuentan de ti;al fin te encontré en mi camino,en la misma vereda que yo;tenías tu cuerpo cansado,un niño en los brazosdurmiendo en tu paz.María, mujer que regalasla vida sin fin.Tú eres Santa, María, eres Nuestra Señora,porque haces tan nuestro al Señor.Eres Madre de Dios, eres mi tierna madrey madre de la humanidad.Te pedimos que ruegues por todos nosotros,heridos por tanto pecar,desde hoy, hasta el día finalde este peregrinar.María, he buscado tu imagen serenavestida entre mantos de luz;y al fin te encontré dolorosa,llorando de pena a los pies de una cruz.María he querido sentirteentre tantos milagros, que cuentan de ti;al fin te encontré en mi camino,en la misma vereda que yo;tenías tu cuerpo cansado,un niño en los brazos,durmiendo en tu paz.María, mujer que regalasla vida sin fin.Dios te salve, María, sagrada María,Señora de nuestro camino…