San Medardo

Lo seguían grandes multitudes que llegaban a Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.

“Son bienaventurados los simples, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los otros y por los propios errores, que se mantienen sencillos, que luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien.
Estas son las bienaventuranzas. No exigen gestos extraordinarios, no son para superhombres sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día. Para nosotros”. (Papa Francisco)

Bienaventurados los menesianos que viven humildemente, que no buscan la vanagloria, ni el poder, que están al servicio de la verdad y la vida, que luchan por construir el Reino a pesar de la fatiga y los fracasos. Bienaventurados cuando se sientan enviados entre los niños y jóvenes y no consideren su tarea sólo un trabajo a cobrar. Bienaventurados cuando los pequeños les importen y hagan todo lo que está en sus manos para ayudarles a crecer. Bienaventurados cuando aporten soluciones y no problemas.


Yo ignoro, como ustedes, cuáles son los designios de Dios sobre nuestra Congregación; pero sé que para que la bendiga y se perpetúe es necesario que todos ustedes estén animados de espíritu de fe, de humildad, de sencillez y de obediencia: eso es lo que no ceso de pedirle para cada uno de ustedes.” (Al H. Julien, 12 de mayo de 1844)

Felices aquellos, los de puro corazón,
los que en cada mañana te sonríen con pasión
y te dicen, mirándote con gozo:
«Tenga usted un día hermoso
más amable, más dichoso».

Felices los de limpio mirar,
que no saben de envidias,
los de nunca condenar,
los que nunca te cargan de tristeza
ni te enrostran tu pobreza,
que conocen tu belleza.

Felices los que nunca descansan
en la lucha por la paz,
una paz verdadera, de justicia y libertad;
los que entregan su vida sin medida
por un mundo sin heridas,
sean felices cada día.

Felices los que buscan verdad,
los que luchan por dar
a cada hombre dignidad;
los que al miedo salvaje dan derrota,
dan su sangre gota a gota
y en la tierra son semilla que brota.

Felices los que dicen: «hermano»
con nobleza y sin doblez;
los que saben que el barro
se ha pegado a nuestros pies;
que conocen la pena más profunda,
la alegría donde abunda
y la entrega más fecunda.

Felices los que olvidan tu error
y te saben distinto
y te abrazan sin rencor,
porque ven que tu corazón palpita,
que en tu alma siempre habita
algún sueño que se agita.

Felices los que saben sufrir junto
a tu lado en el dolor
y te dan una mano
que te aprieta con calor;
los que nunca se ríen de tu llanto,
porque sólo un nuevo canto
es su alegría y su encanto.

Felices
los de gran corazón,
que comparten la vida,
regalando un nuevo don;
Y te dan de su pan
y te dan de beber
y a su mesa te sientan
y te llaman hermano.


San Medardo fue un obispo francés muy venerado en la Iglesia, nacido hacia el año 456 en Salency, en la región de Picardía (actual Francia), y fallecido el 8 de junio de 545.
Desde joven se destacó por su bondad, generosidad y profunda fe cristiana. La tradición cuenta que, siendo niño, compartía con alegría sus bienes con los pobres.
Fue ordenado sacerdote y más tarde nombrado obispo de Vermand. Cuando esta sede desapareció por las invasiones bárbaras, trasladó su ministerio a Noyon y también gobernó la diócesis de Tournai. Se destacó por su celo pastoral, la evangelización de las regiones rurales y la reconciliación de personas enfrentadas. Tuvo gran influencia sobre la reina Santa Radegunda, a quien ayudó en su camino espiritual y consagró como religiosa cuando ella decidió abandonar la vida de corte para dedicarse a Dios.
San Medardo fue conocido por su misericordia, su cercanía a los pobres y su capacidad para pacificar conflictos. Tras su muerte, su tumba se convirtió en un importante lugar de peregrinación.