San Bernabé

Jesús envió a sus discípulos, diciéndoles: Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios.
Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.
No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.

Jesús envía a sus discípulos sin seguridades materiales. No les pide imprudencia, sino confianza. El misionero debe aprender que la obra es de Dios y que Él proveerá lo necesario.
A veces queremos tener todo resuelto antes de dar un paso. Jesús nos invita a caminar confiando en que Dios va abriendo el camino mientras avanzamos.
El oro, la plata, las provisiones y las túnicas representan todo aquello a lo que nos aferramos para sentirnos seguros. Quien depende demasiado de las cosas termina siendo esclavo de ellas. Cuanto más equipaje llevamos en el corazón, más difícil es seguir y transmitir a Jesús.
El discípulo no se presenta como un poderoso ni como alguien superior. Va ligero, humilde y cercano a la gente. La fuerza del Evangelio no está en los recursos que poseemos, sino en el testimonio que damos.
Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué «equipaje» innecesario llevo en mi vida?
  • ¿Qué miedos me impiden confiar más en Dios?
  • ¿En qué pongo mi seguridad?
  • ¿Qué cosas debería simplificar para seguir a Jesús con más libertad?


Camina con sencillez por las humildes vías de la obediencia, vive al día, sin prever demasiado, y sin querer otra cosa que lo que Dios quiere. Alégrate de tener la certeza de hacer su adorable voluntad haciendo lo que los superiores te dicen, y en consecuencia, que su juicio sea siempre tu regla. (Al Hno. Etienne, 12 de febrero de 1843)

Dame una fe sencilla,
como risa de niños cuando juegan,
como gota de rocío que se rueda,
como cruz de rústica madera.

Dame una fe sencilla,
que se siente a la mesa de los pobres,
que se alegre de alegrar sus corazones
y que llore también con sus dolores.

Una fe así, parecida a ti.
Sencilla, como fue a la tierra tu venida,
como fueron tus historias campesinas,
como fue tu hogar en Palestina.

Dame una fe sencilla
para curar con esperanza la tristeza,
para cantar por el perdón en esta guerra,
para avivar el pábilo que humea.

Dame una fe sencilla,
que no le da espacio a la mentira,
que no logra acomodarse a la injusticia
y no calla lo que sabe que da vida.

Una fe así, parecida a ti.
Sencilla, como fue a la tierra tu venida,
como fueron tus historias campesinas,
como fue tu hogar en Palestina.

Sencilla, como tu mirada compasiva,
como aquellas aldeas recorridas,
como el amor que te llevó a dar la vida,
a dar la vida, a dar la vida.


Bernabé era judío, de la tribu de Leví, y había nacido en la isla de Chipre. Después de la resurrección de Jesús, vendió un campo que poseía y entregó el dinero a la comunidad cristiana, mostrando una gran generosidad.
Bernabé tuvo un papel decisivo al acoger y presentar a San Pablo ante los cristianos de Jerusalén, cuando muchos todavía desconfiaban de él por haber perseguido a la Iglesia. Más tarde, ambos emprendieron largos viajes misioneros anunciando el Evangelio en diversas regiones del Imperio Romano.
Fue enviado a la comunidad cristiana de Antioquía, donde colaboró en el crecimiento de la Iglesia. Allí fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’.
Después de una diferencia de opinión con Pablo acerca de llevar o no a Juan Marcos en una nueva misión, ambos siguieron caminos distintos, aunque continuaron trabajando por el mismo Evangelio.
Según una antigua tradición, Bernabé regresó a Chipre y allí murió mártir, probablemente apedreado, hacia el año 61.