San Fermín

Le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado.
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar.
La multitud, admirada, comentaba: Jamás se vio nada igual en Israel.
Pero los fariseos decían: Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: pLa cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

El evangelista transmite un milagro realizado por Jesús lo que provoca la admiración en sus oyentes. El pueblo sencillo ve las cosas sin malicia y su interpretación de los hechos se atiene a la realidad de lo que contemplan. La admiración conduce a los interrogantes y, desde ahí, el esfuerzo por encontrar su respuesta.

Curiosamente, cerca están los fariseos que, habiendo visto lo mismo, rechazan la realidad y la interpretan para negar lo que hay detrás de la acción de Jesús: la mano de Dios.

Si algo define claramente el paso de Jesús por este mundo fue que “pasó haciendo el bien” y, hacer el bien, significó dejarse afectar por la pobreza y la necesidad de la gente. Ve aquellas multitudes como “ovejas sin pastor”, desorientadas, necesitadas de luz para saber por dónde caminar.

Y surge en Él la compasión.
Y actúa: les lleva un mensaje donde queda patente la bondad de un Dios que ama a todos y solamente quiere el bien de sus hijos.

La labor de Jesús en la predicación del Reino es inabarcable. Se extiende por todas partes donde hay dolor, tristeza, necesidad material y espiritual. También nosotros en nuestro deseo de hacer el bien podemos sentirnos desbordados. Muchas veces nuestra actuación es muy limitada. Ante esa realidad no cabe la lamentación vacía mientras contemplamos el mal.

La realidad debe instarnos a obrar y cuando observemos la tarea que nos queda por realizar, y a la que no llegamos, no hemos de dejar lugar al desaliento. Hemos de levantar nuestro corazón a Dios para presentarle esa mies y pedirle que envíe obreros. Que nuestra acción imperfecta termine siempre en sus manos a través de una oración sencilla y confiada.


Esta falta de obreros es desoladora, y Dios sólo puede remediarla suscitando vocaciones. Recen conmigo para que nos envíe vocaciones. (Carta del 17 febrero 1850)

Señor, tú lo sabes, a menudo, a la vista de esta inmensa mies de la que habla el evangelio, te pido obreros para cosecharla, pero Señor, te pido al mismo tiempo escoger entre mil aquellos que tu encargarás de trabajar en esta obra que es la tuya. (S VIII p.2272-73)

Cristo está buscando apóstoles hoy,
que quieran ir con Él.
Quien dirá: Señor, contigo voy.
Te quiero responder.

Oh Señor, la mies es mucha
y obreros faltan ya.
No hay tiempo que perder.
Te entrego mi voz,
mis manos y mi corazón,
los días de mi vida, Señor Jesús.
Te entrego mi voz,
mis manos y mi corazón,
los días de mi vida, Amigo Jesús.

Cristo quiere mensajeros hoy,
que anuncien la verdad.
Quien dirá: Señor, aquí estoy,
para cumplir tu plan.

No temas, contigo voy a estar,
mi amigo siempre serás.
Cien veces por uno yo te doy
y la eternidad.


Según la tradición, San Fermín nació en Pamplona hacia finales del siglo III. Su padre era un importante ciudadano pagano. Fermín fue bautizado por San Saturnino y recibió una sólida formación cristiana. Muy joven fue ordenado sacerdote y, con apenas treinta años, consagrado obispo.
Lleno de celo apostólico, emprendió una intensa misión evangelizadora en diversas regiones de la actual Francia. Predicó el Evangelio con gran fruto y realizó numerosas conversiones.
Durante una persecución contra los cristianos fue arrestado en la ciudad de Amiens. Después de negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos, fue decapitado alrededor del año 303, obteniendo así la palma del martirio.
Aunque murió en Amiens, la ciudad de Pamplona lo reconoce como su primer obispo y principal patrono. Sus reliquias fueron veneradas durante siglos en Amiens, mientras que en Pamplona se desarrolló una profunda devoción hacia él.
Las fiestas de San Fermín comenzaron originalmente como celebraciones religiosas en honor del santo. Con el paso de los siglos se unieron a ferias comerciales y festejos populares, dando origen a las actuales fiestas de fama internacional.