Se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá.Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: Con sólo tocar su manto, quedaré curada.Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y desde ese instante la mujer quedó curada.Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme. Y se reían de él.Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.
Este pasaje del Evangelio reúne dos historias que parecen distintas, pero que en realidad hablan de una misma realidad: la fe que se atreve a esperar cuando ya no parece quedar esperanza.El jefe de la sinagoga llega a Jesús cuando todo está perdido. Su hija ya ha muerto. Humanamente no hay nada que hacer. Sin embargo, él se postra ante Jesús y le dice una frase que desborda confianza: «Ven a imponerle tu mano y vivirá». Su fe va más allá de toda evidencia.Mientras Jesús camina hacia esa casa donde reina el dolor, aparece otra persona desesperada. Una mujer que lleva doce años sufriendo una enfermedad que no solo la desgasta físicamente, sino que también la margina social y religiosamente. Ella ni siquiera se atreve a hablar. Cree que basta un simple roce con el manto de Jesús. Jesús se detiene, la mira y la llama con una palabra llena de ternura: «Hija«. No sólo le devuelve la salud, le devuelve la dignidad y el lugar que había perdido.Hay un hermoso contraste entre ambos personajes. Uno se acerca públicamente y suplica de rodillas. La otra llega escondida, desde atrás, casi con vergüenza. Pero Jesús recibe a los dos de la misma manera. A Dios no le importa si nuestra oración es fuerte o temblorosa, pública o silenciosa. Lo que busca es un corazón que confíe.Muchas veces nos invade la sensación de que algunas realidades ya no tienen remedio. Escuchamos o repetimos frases como: ‘Ya no hay vocaciones’, ‘Los jóvenes de hoy ya no creen en nada’, ‘La droga está destruyendo a toda una generación’, ‘Las familias ya no son como antes’, ‘No hay nada que hacer’. Sin darnos cuenta, esas afirmaciones van apagando la esperanza y nos llevan a resignarnos.La esperanza cristiana no consiste en negar las dificultades. Es verdad que vivimos tiempos complejos. Es verdad que existen problemas graves y que algunos parecen crecer cada día. Pero no saquemos la conclusión de que Dios ha dejado de actuar. El Señor sigue llamando, sigue sanando, sigue levantando personas, sigue haciendo germinar vida donde parece haber sólo tierra seca.
¿Quién contará las maravillas de su gracia y cómo su dulce y misericordiosa mano, toca poco a poco nuestro corazón, lo ilumina gradualmente y lo hace pasar de manera insensible, de las regiones de sombras de muerte, a la luz de la vida eterna? Sus operaciones son tan íntimas, tan variadas, que no sabríamos percibir, mucho menos desarrollar, sus encadenamientos misteriosos. (A la Señorita Jallobert)
Te necesitocomo el sol en mis mañanas,Como la lluviaque el grano hace crecer.Sin Ti la vida no florecey los días se hacen grises.Pero contigo todo vuelve a nacer.Aún en medio del desierto yo te alabo.Y si rugen las tormentas, yo tendré fe.Pues mi confianza puesta en Tino ha defraudado.Y que pase lo que pase,Tú siempre serás fiel.Aquí estoy, tómame,un instrumento quiero ser.Donde sea que tú quieras, llévame.