Santos Priscila y Aquila

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

Ayer Jesús nos decía que pidamos al Padre que envíe operarios a su mies, porque es mucha y los obreros son pocos. Hoy manda él mismo a misionar a sus más cercanos, los 12 que él ha elegido.
El evangelista los enumera uno por uno. No son un grupo anónimo; tampoco son unos santos. Cada uno tiene su historia, su carácter, sus límites y hasta sus contradicciones. Allí está Pedro, impulsivo; Mateo, el antiguo publicano; Tomás, el que dudará; y también Judas Iscariote, que terminará traicionándolo. Sin embargo, Jesús los ha llamado a todos ellos y les confía una misión.

Eso nos recuerda que Dios no espera personas perfectas para hacer el bien. Él llama a personas reales. No elige a los más brillantes ni a los más santos, sino que transforma a quienes responden con disponibilidad. La misión no nace de nuestras cualidades, sino de la confianza que Cristo deposita en nosotros.

El envío tiene un contenido muy concreto: anunciar que el Reino de Dios está cerca. Pero ese anuncio no se hace solamente con palabras. Jesús dice: «Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios«. Es decir, el Reino se hace visible allí donde la vida vence a la muerte, donde la esperanza derrota a la desesperación y donde el amor rompe las cadenas del mal.

El texto termina con una frase que nos ilumina: «Ustedes han recibido gratuitamente; den también gratuitamente.» El cristiano no es dueño de los dones que posee. La fe, el perdón, la esperanza, la capacidad de amar, todo lo hemos recibido como un regalo. Cuando olvidamos esto, comenzamos a buscar reconocimientos, prestigio o beneficios personales. Pero quien sabe que todo es gracia vive con las manos abiertas: recibe con gratitud y comparte con generosidad.


¡Sublime vocación! ¡Es la misma de Jesucristo! No ha dejado el seno de su Padre más que para hacer lo que ustedes hacen a ejemplo suyo. La escritura nos dice que ha pasado haciendo el bien, enseñando a los pobres, dando vista a los ciegos, enderezando a los rengos, curando a los enfermos. Y ustedes también enseñan la verdadera doctrina a los que la ignoraban completamente, y que, privados de sus enseñanzas siempre la desconocerían; y ustedes también hacen prodigios en el orden espiritual; esos niños a los que abren los ojos a las divinas luces, a los que enseñan a conocer a Dios y el camino que lleva al cielo. (Apertura del retiro a los hermanos)

Tengo una invitación
para continuar la historia
de mi vida y de los demás,
transformando este mundo
en mi hogar, para amar.

Yo lo escuché y digo que sí
a sus palabras que llegaron a mi alma.

Yo los envío,
son parte de esta historia (bis)

Vamos creando lazos
con Jesús a nuestro lado,
sintiéndonos hermanos,
caminando a la frontera sin dudar
para amar.

Menesiano, vení, digamos que sí,
a escribir otra página en la historia


Priscila y Aquila fueron un matrimonio cristiano de origen judío que vivían en Roma, pero debieron abandonar la ciudad cuando el emperador Claudio expulsó a los judíos. Se establecieron en Corinto, donde conocieron a San Pablo, con quien compartían el oficio de fabricar tiendas. Lo acogieron en su casa y colaboraron estrechamente con él en la evangelización.
Más tarde acompañaron a Pablo a Éfeso. Allí instruyeron con paciencia y sabiduría a Apolo, ayudándolo a comprender con mayor profundidad el Evangelio. Su hogar se convirtió en una auténtica iglesia doméstica, lugar de oración, acogida y formación de los primeros cristianos.
San Pablo los recuerda con enorme gratitud y los llama «mis colaboradores en Cristo Jesús», afirmando que incluso arriesgaron la vida por él (cf. Romanos 16,3-5).
La Iglesia los venera como modelo de matrimonio cristiano, de hospitalidad y de compromiso misionero. Su testimonio muestra cómo la santidad puede vivirse en la vida cotidiana, poniendo la familia, el trabajo y el hogar al servicio del anuncio del Evangelio.