San Buenaventura

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

En la medida en que nos hacemos pequeños, Dios se hace grande en nosotros. En cambio, cuando nos creemos grandes, Dios no se manifiesta. El corazón lleno de yo, no deja paso a la presencia del Amor, ni nos deja comprender sus misterios.

“De nuevo el evangelio nos habla de humildad, de sencillez, de ignorancia, de hacerse niño. Jesús da gracias al Padre y lo alaba porque ha revelado su Misterio, porque nos ama. “El misterio de la fe” que es revelado no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos. Por este reconocimiento brota sencilla y elocuente, la oración de Jesús al Padre.

La Revelación tiene que ver con el corazón abierto, con el corazón que no pone en tela de juicio cada signo de la bondad de Dios, cada semilla de belleza que derrama en nuestro mundo, cada huella de su dolor encarnado en el dolor de tantos hombres y mujeres que sufren de cualquier manera y por diferentes causas. Por eso, conocer el misterio de Dios, es sabernos niños en los brazos del buen Dios, Padre-Madre.

Dios se revela constantemente, día a día nos está enseñando a vivir, nos enseña cómo tenemos que amar, pero hace falta que tengamos ese corazón sencillo y humilde. Sin esa actitud no podemos aprender a vivir. La arrogancia no es buena consejera y menos la que se cree dueña de los misterios insondables del mismo Dios.
Quienes comprenden el misterio del Reino no son siempre los más doctos, sino los humildes, quienes se dejan invadir por el Evangelio y la acción imprevisible del Espíritu.
¡Cuánto trabajo por hacer en este camino de la humildad del corazón!” (Webb Boosco)


Lo verán, no temo asegurárselos; Dios se los comunicará de un modo inefable, porque es a los pequeños y a los humildes, que Él revela sus secretos, mientras que se los oculta a los hábiles y grandes, como dice Jesucristo en el evangelio. (S.VII p.2318) 

¿Qué tendrá lo que es pequeño
que a Dios siempre tanto agrada?
Gotitas forman los mares
con sus paisajes de plata.
Puntitos llenan el cielo
en una noche estrellada.
De unos granitos de trigo
se hace un Dios en la hostia santa.

Y que hay más pequeño, nada.
¿Qué hay más grande y sublime
que el mar con sus ondas bravas,
que el cielo con sus misterios
y Dios a quien nadie alcanza.

¿Que tendrá una sonrisa
una atención prodigada,
con algo más de dulzura,
una sencilla palabra?
Dejar todo en el momento
en que a ti alguien te llama.
Decir un sí que nos cuesta,
sorber tal vez las lágrimas.

Tienen el poder de Dios
escondido entre sus mallas.
Por raíz el heroísmo
y por flor la exuberancia,
de todo lo que es virtud,
porque todo ahí se encuadra.
Y lleva oculta la grandeza
de todas las almas santas.

Aquellos que lo desprecian,
perlas al aire desparraman.
No harán nunca nada digno
de coronarse con palmas.
No harán mares, no harán cielos,
no harán dioses de las almas.

¡Qué tendrá lo pequeño
que a Dios tanto le agrada!


San Buenaventura (1217/1221–1274), cuyo nombre de nacimiento era Juan de Fidanza, nació en Bagnoregio. Ingresó muy joven en la Orden Franciscana y estudió en la Universidad de París, donde destacó por su brillante inteligencia y profunda vida espiritual. Fue discípulo de Alejandro de Hales y llegó a ser uno de los grandes maestros de la teología medieval.
En 1257 fue elegido Ministro General de los franciscanos. En un momento de tensiones internas, trabajó para mantener unida la Orden, promoviendo la fidelidad al espíritu de San Francisco y una vida equilibrada entre la contemplación, el estudio y el servicio.
Escribió numerosas obras espirituales y teológicas. Entre las más conocidas se encuentran el Itinerario de la mente hacia Dios, donde describe el camino del alma hacia la unión con Dios, y la Leyenda Mayor de San Francisco, que se convirtió en la biografía oficial del santo de Asís.
En 1273 fue creado cardenal por Gregorio X. Participó activamente en el Segundo Concilio de Lyon, que buscó la reconciliación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Allí falleció el 15 de julio de 1274. Fue canonizado en 1482 por Sixto IV y declarado Doctor de la Iglesia en 1588 por Sixto V. Es conocido como el «Doctor Seráfico», porque su enseñanza une una gran profundidad intelectual con un ardiente amor a Dios.