Nuestra Señora del Carmen

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con Él. ​​
Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.
Jesús le respondió: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

María es la primera en cumplir estas palabras de Jesús. Ella no es grande solamente porque fue su madre biológica, sino porque dijo: «Hágase en mí según tu palabra» y se dejó conducir por Dios. Antes de llevar a Jesús en su vientre, lo había llevado en su corazón por la fe y la obediencia. Por eso, cuando Jesús dice: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre… ése es mi hermano, mi hermana y mi madre», está describiendo, ante todo, a María.
En otro pasaje del Evangelio, Jesús  confirma esta idea: Cuando una mujer exclama: ¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!, Élresponde: Más bien, felices los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,27-28). Jesús no está corrigiendo a aquella mujer ni rebajando a María; está explicando por qué María es verdaderamente bienaventurada: porque escuchó la Palabra y la llevó a la práctica.

Este Evangelio también nos invita a preguntarnos cuál es el fundamento de nuestra pertenencia a la Iglesia. Lo que verdaderamente nos hace parte de la familia de Jesús es vivir como Él vivió, buscando en todo, la voluntad del Padre. Eso cambia nuestra manera de entender la fe. No somos seguidor de Jesús por ser bautizados, por ir a Misa, incluso por ser consagrados, sino por dejar que la voluntad de Dios oriente nuestras decisiones, nuestro modo de tratar a los demás, nuestra forma de trabajar, de perdonar y de amar. Somos sus familiares si buscamos vivir como Él vivió y nos enseñó.

Este texto también es una invitación a ampliar el corazón. En la familia de Jesús hay lugar para todos los que buscan sinceramente hacer la voluntad del Padre. La Iglesia está llamada a ser precisamente eso: una casa donde nadie se sienta extranjero, donde cada persona sea recibida como un hermano o una hermana.


María Santísima, a la que hemos propuesto elegir como patrona y especial protectora, esta Madre de bondad y de misericordia, siempre tan atenta a las necesidades de sus hijos, que conoce bien nuestra indigencia, nuestras debilidades y nuestras enfermedades; esta divina María siempre tan preocupada por favorecer todo lo que se hace para gloria de su Hijo, en este momento, en oración con nosotros, se asocia ya a nuestros trabajos; pide para nosotros el espíritu de humildad, de celo, de obediencia, de pobreza, de renuncia; y sin duda, que si no ponemos ningún obstáculo a la eficacia de sus plegarias, vamos a obtener por ella las mejores gracias, las más preciosas. (Apertura retiro de Saint-Méen, 1826) 

Madre de Misericordia,
Madre del Salvador,
Auxilio de los Cristianos
ruega por nosotros a Dios.

Virgen fiel y prudente,
Reina de la Paz,
Santa Madre de Cristo
que hagamos su voluntad.

Ven y reina, Madre de Dios,
Reina y Madre de la Creación
ven y reina en nuestro corazón
para que reine el Señor.

Madre del buen consejo,
Ideal de Santidad,
Reina del Santo Rosario
enséñanos a rezar.

Madre Inmaculada,
Madre del Creador,
Reina asunta a los cielos
llévanos contigo a Dios.


La Virgen del Carmen es una de las advocaciones marianas más antiguas y queridas de la Iglesia. Su origen se encuentra en el Monte Carmelo, en Tierra Santa, donde desde tiempos del profeta Elías algunos hombres vivían como ermitaños dedicados a la oración. En el siglo XII surgió allí la Orden del Carmen, cuyos religiosos tomaron a la Virgen María como su Madre y Patrona.
La tradición carmelita recuerda que el 16 de julio de 1251, la Virgen se apareció a San Simón Stock y le entregó el escapulario, signo de protección, de pertenencia a María y de compromiso de vivir siguiendo a Cristo. Desde entonces, la devoción se difundió rápidamente por Europa y luego llegó a América con los misioneros españoles.
La Virgen del Carmen es representada llevando al Niño Jesús en su brazo, recordándonos que María no reemplaza a Cristo, sino que conduce siempre hacia Él.

En Chile, la devoción comenzó a extenderse a fines del siglo XVI gracias a los misioneros agustinos y posteriormente a los carmelitas. Sin embargo, alcanzó una importancia extraordinaria durante la guerra de la Independencia. En 1817, antes de la batalla de Chacabuco, el general José de San Martín y el ejército libertador encomendaron la campaña a la Virgen del Carmen. Poco después, Bernardo O’Higgins hizo el célebre voto de construir un templo en honor de la Virgen si se alcanzaba la victoria definitiva. Tras el triunfo de la batalla de Maipú (1818), comenzó a cumplirse esa promesa con la construcción del actual Templo Votivo de Maipú. En 1923, el papa Pío XI la proclamó oficialmente Patrona de Chile.

También en Bolivia la Virgen del Carmen ocupa un lugar privilegiado en la historia nacional. Durante la lucha por la independencia, los patriotas la eligieron como protectora de su causa. El 16 de julio de 1809, día de su fiesta litúrgica, estalló en La Paz la revolución encabezada por Pedro Domingo Murillo. Aprovechando la procesión de la Virgen, los revolucionarios iniciaron el levantamiento contra el dominio español. Tras el éxito inicial, volvieron a sacar la imagen en procesión, colocándole un sable y el gorro frigio como símbolos de la libertad. Desde entonces comenzó a ser conocida como la «Virgen Revolucionaria». En 1851, el papa Pío IX la declaró Patrona de Bolivia, reconocimiento confirmado por el gobierno boliviano al año siguiente. Desde 1948, ostenta oficialmente el título de «Generala y Patrona de las Fuerzas Armadas de la Nación».